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viernes, 27 de julio de 2018

Lydia Lozano y su compi de Facultad, yo: vidas cruzadas también




Querida Lydia:
      Es seguro que para nada te acordarás de mí y que menos aún que nada te dirá mi nombre. “Jo-se-An-to-nio-del-po-zo, y éste quién cuyóns es”. Es lógico. Si pasamos aquella vez más de un año entre cuatro paredes juntos -no revueltos- y ni siquiera entonces advertiste mi penosa presencia,  cómo habrías ahora, encaramada a la espiral de tu enorme éxito, ya toda una reina del periodismo y de la televisión, reparar en un blog inmundo de este inframundo, por mucho que en las estrellas ciberesféricas pretendamos los blogueros residir. Y sin embargo, Lydia, cruzo los dedos porque una extravagante conjunción de asteroides haga posible que esta carta llegue a tus manos. ¿Te acuerdas, Lydia, de aquella encrucijada en la que yo tanto te ayudé? He pensado que quizás estés ahora tú en condiciones de devolverme aquel favor. No hay más que verte en la pantalla, siempre dispuesta a colaborar en las más benéficas causas de los desfavorecidos por la Fortuna, o sea, para qué irse más lejos, yo mismo con mi triste mecanismo, Lydia.
    Sí, seguro que de sobra habrás ya caído: yo, mejor dicho, la torva sombra que me constituye, estudié contigo durante los dos primeros años de la carrera en la Complutense madrileña. La mayoría de los que entonces eran mis compañeros más cercanos han acabado de funcionarios, y cuando de Pascuas a Ramos nos juntamos en tabernones rústicos de Legazpi y por ahí, para ponerle algo de brillo a nuestras rutinarias existencias te rememoramos todos en muy similares términos: es que Lydia y sus  amiguitas, es que se veía ya… Lydia era otra cosa, joder. Tendrías que ver, Lydia, cómo entonces por un momento fulguran esos mustios semblantes, contagiados todos un poco vicariamente de tu Triunfo. Chocamos siempre los vasos de cerveza rubia bien altos en tu honor, como en la polka de la cerveza, aquella del año la polka, claro. Brindo a solas yo ahora porque sea capaz esta misiva, impropia en extensión para la ley de hierro del Internet, I know, de atraparte en los efluvios de su seducción, y que no puedas soltarte de ella hasta el mismo punto final. Me va tanto en ello. Al fin y al cabo versa la misma sobre todo de ti, de refilón de mí, de soslayo un poco de los secretos y mentiras de todos, creo.
    Y es que,  acaso para la clase entera, desde luego para nosotros lo eras entonces, en efecto, eras otra cosa, eras… el glamour personificado, que me parece que entonces ni conocíamos esa palabra. El glamour… estridente, entiéndeme. Pero al lado de nuestras pellizas que debían oler a establo, de nuestra ropa de baratillo y sin gusto, de los trasquilones que gastábamos, venga a fumar Ducados todos como condenados en algún penal del buen gusto, al lado de todo eso, tus finos jerseys policromados sobre una piel bronceada hasta en febrero, tus pantalones fruncidos con los últimos cuadros escoceses, el cascabel de tus pulseras, el ingenio de tus peinados, el elegante antifaz de tus Rayban, el aroma british de tus colonias…  todo un emblema de la sofisticación coleando en el aire de una chavala rumbosa y rubicunda que a aquella partida de pueblerinos dejaba petrificados.
   Un glamour en vendaval. Flameaban el escándalo de tus risas interminables que llenaban ellas solas el aula, el dinamismo de ajetreo con que ibas y venías, ese taconeo decidido de botas caras, el tono extravagante de tu voz estruendosa –a veces, perdóname Lydia, poblada de roncos ecos de cantina-  que a menudo se rompía como una porcelana, no sé, ese crujido y ese cóctel informe de distinción y vehemencia algo truhana a aquel atajo de paletos nos resultaba irresistible.  Ibas ya como quince años mentales por delante de nosotros, que sólo empollábamos aparatosos manuales uno tras otro entre la niebla de los Ducados mientras te bastaba a ti tu estilo –éste sí en verdad ducal- para saber con nitidez abrirte ya entonces tu propio camino. Claro, te contemplábamos fascinados, pero a distancia, como intimidados por la tempestad de tu empuje. Tenías mundo y rimmel. Nosotros teníamos pueblo y algunas películas de cine.
     No, no te hacían falta los libros, quizás es que te los machacabas todos por las noches. Aunque debía eso en todo caso ser muy de noche en la propia noche, porque hasta nuestros sitios, como olas rompiéndose contra un archipiélago, llegaba el fragor de tus risotadas cuando muchos días les contabas ya entonces, a las compis que a tu lado se arremolinaban haciéndote círculo, la última disco que la misma noche anterior a las tantas habías frecuentado, “y a que no sabes quién estaba allí y con quién está liado”… ¡No me digas!, clamaba alguna, y su pasmo y el estrépito de tu risa eran todo uno. Ya te movías de lujo en la cosa esta de las agencias del cuore. Algo en suma de icono imposible tenías para nosotros, nuestra Kim Novak particular, que podías tú entonces, discúlpame la menudencia, Lydia, muy a gusto rivalizar con la Novak también en la turbadora firmeza de tus turgencias, tan turgentes, excusse moi.
    Bueno, pues hubo un día, Lydia, imposible que te acuerdes, claro, -cuántos años han pasado ya, por favor- hubo un día, digo, en que, como dirían los antiguos folletones, nuestros destinos más aún se entrecruzaron. Llegabas tarde al examen de Introducción a la Economía y tu sitio habitual estaba ya ocupado, así que tuviste que sentarte en cualquier lado. Sí, aquel melenas borroso y con la cara atiborrada de espinillas que apenas se movía a tu lado era yo. Dios mío, lo recuerdo ahora y todavía, por encima de las paletadas inmisericordes de tierra que nos echan encima los años, al punto me viene aquel anonadante perfume tuyo ese día. Olías a… serían violetas violentadas, no sé, en mi vida había olido yo algo con ese poderío, que más que una colonia parecía un imán, de cómo tiraba de uno hacia ti aquel olor centrifugándote a la vez el cerebro. Hostias, que había que rellenar el examen y estaba yo como un bobo, con los ojos entrecerrados e inclinado hacia ti como la torre de Pisa, con sonámbula intención nada más que de adherirme a ti, tal era el sortilegio diabólico de aquella fragancia. Recuerdo que paseó por allí el profesor, el mítico Sánchez-Ramos, su mostacho de morsa canosa, seguro Lydia que de él si te acuerdas, y mientras a ti te sonrió, me largó a mí un bufido que al menos me sacó de mi sopor zombie.
     Empecé a escribir como loco, loco por recuperar todo el tiempo perdido en el éxtasis pituitario. No es por nada, Lydia, pero la curva de Philips y la ley de los rendimientos decrecientes y la utilidad marginal del último bien consumido, todo aquello me lo sabía yo de carrerilla. Zas, cuatro folios en un pis-pás. Levanté luego la vista hacia ti. No llevabas ni medio folio escrito. Me sonreíste pícara y me hiciste una mueca de película de espías después. Empezaste a arrimar tu silla (con aquellas odiosas… manoplas, creo que se llamaban esas tablas adosadas para escribir sobre ellas) a la mía. Puse mis folios a tu vista y te dejé copiar todo. Yo creo que el profe, Sánchez-Ramos, aunque éramos en el aula más de ochenta, toleró tu copieteo. Te le habías, con la onda desarmante de tu simpatía, ganado antes, claro. El resultado de todo aquello, lo que son las cosas ahora que las repienso, tuvo valor anticipatorio y simbólico de nuestras posteriores trayectorias. A mí, por esas cosas de Kafka que tiene la Universidad, aquel cabrón me cateó, y a ti, no podrás jamás decirme a la cara que miento, Lydia,  te aprobaría, digo yo, porque te vimos ese día con él a su lado en el Dodge-Dar que el muy marxista gastaba por entonces. No me diste, ni entonces ni después, las gracias, Lydia, pero yo lo entiendo, que andabas siempre liadísima con no se qué inaplazables inauguraciones de antros de perdición, que eran para ti, ya se ve, trampolines de salvación. Además, que el vernos alguien a ti y a mí, tan disímiles, charloteando, hubiera sido como contemplar en vivo una profanación. Tampoco yo habría sabido bien qué decirte, y si hubieras llevado puesto otra vez aquel perfume, yo que sé, igual se hubiera abalanzado sobre tu espalda el Cro-magnon que entonces uno un poco era. O sea que hiciste bien. De esa forma es como puedo ahora cargarme de razón histórica y con justicia pedirte el favor de que al principio te hablé, el único que de verdad me mueve a escribirte esta larga carta, que con todo el alma anhelo que como sea  te llegue y que hasta aquí te tenga en vilo.
   Te dejo ya mi son: Verás, Lydia, he escrito VEINTE RELATOS DE AMOR Y UNA POESÍA INESPERADA. Soy su autor: sé que algunos de ellos están bien. Necesitan los pobres un empujón. ¿No me comprarías un ejemplar y, caso de que te gusten, no me los recomendarías entre tu inmenso mundo?  Sería así menor mi pena y las violetas violentadas de la memoria como violines estradivarius en la misma seguirían sonándome. “Sálvame”, te digo yo a tí ahora. Y nada más, Lydia, que esto  era cuanto quería yo transmitirte. Y un abrazo, de parte de este ya ni pelanas que una vez estudió a tu vera. Tuyo siempre, José Antonio del Pozo. 

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domingo, 25 de septiembre de 2016

Goethe y el Sálvame in Hospital (Estampas Hospitalarias VIII)

     


   Se había llevado mío figlio consigo una novela de Göethe al Hospital, acaso para alumbrarse en el interior mismo de la Ballena Gris: Las afinidades electivas. Vano empeño, por supuesto, ante la competencia que para hacer frente al difuso malestar de la convalecencia, ofrecen el móvil o los pasatiempos del ordenador. Y fuera del Hospital igual, seamos sinceros: un libro clásico resulta hoy, en la Era Icónica, un intragable latazo incluso para universitarios. Entre los desaforados ronquidos de uno y los angustiosos silencios de otro –los vecinos de habitación que tuvimos-, en los tiempos muertos lo de Goethe me lo zampé yo, que para eso mis amigos verdaderos me quieren como escritor. Es un libro interesante –como novela sólo a medias- que se lee bien, aunque, lo reconozco, para la sensibilidad de hoy resulte un pelín discursivo.
      Y… ¡sorpresa mayúscula!, porque trata sobre… ¡sobre lo mismito de lo que farfullan y mascullan a diario los Paladines Fules de la Telebasura! La otra tarde, for example, se explayaban a gusto en el Sálvame sobre que el Conde Lequio y la Hormigos, o Lequio y la Moldes, no sé bien, que es que, no es que estuvieran enamorados, qué va, es que por mero azar se encontraban, se miraban… y no podían ya sino pensar y proceder allí mismo a la coyunda, que era algo superior a ellos, que desatábase entre ellos una química brutal que, por encima de razones y sentimientos, más allá de su autodominio, les impelía a allí mismo magrearse y aparearse, esto es,  la jodida y determinista química, esas fuerzas ciegas de atracción y repulsión que desencadenan inexorablemente los elementos minerales, como marco explicativo y determinante de los topetazos y encontronazos de las personas, ante las que la supuesta libertad y moral humanas resultan bobas ilusiones. ¡De eso mismo, con otros tantos aristócratas por protagonistas, trata Las afinidades electivas!
    ¿Cuál es entonces la pequeña diferencia, si una y otra trabajan con temas universales? El registro en que ambas obras se hacen, y sus consecuencias para el consumidor: si la Telebasura se reboza con gusto en un facilongo registro soez que nada serio requiere y que a lo más bajo de su consumidor convoca, animalizándolos, esto es, aplastándolos, el Arte se esfuerza por buscar un registro depurado y exigente que persigue la elevación, también moral, de la persona que al mismo se enfrenta, ensanchando al cabo su horizonte espiritual.



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MI OTRO LIBRO ES:
LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS (10 E por correo ordinario): Armando, un hombre desolado, con la sensibilidad en carne viva, al que pone su mujer de patitas en la calle -pues ha encontrado ella otro más alto, más guapo, más fuerte que él- y que necesita ahora re-armarse, hallar su lugar en el mundo. Su malaventura, sus buenaventuras también, su divertida peripecia sentimental. ¿Hallará su lugar al sol?
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martes, 7 de octubre de 2014

Y de repente, Karmele Marchante



   Tras la pública llamada del Líder de la Oposición Socialista al espacio Rey de la Telebasura, ahora los cabecillas pensantes de la intentona separatista catalana utilizan a una de las Musas Averiadas de esa Mugre Televisada como principal reclamo de su intimidatoria campaña del puerta a puerta: le voilá Karmele Marchante, tan cargante, marchante ahora de Mas&Junquera, genio y figura del Oasis por venir. Es la apoteosis de la Telebasura.
      
   No es banal, repitámoslo, en modo alguno el numerito: el que antes que a Intelectuales que merezcan ese nombre, la Política recurra a los Figurantes de la Telebasura, para buscar en ellos la legitimación simbólica y popular –por contagio de su dudoso carisma entre el Pueblo- de su Discurso, me parece el más nítido síntoma de la regresión cultural que vivimos, -Sociedades de la Telebasura- la mejor expresión del aire y del “anti-espíritu” de estos tiempos pútridos y mefíticos. Se convierte así la Telebasura, repárese, en la Instancia Legitimadora Clave del meollo y del entramado social.

     
   Por lo demás convendría recordar una de las generales de la ley: Democracia es que llamen a tu casa temprano… y que sea el lechero. Dudosa Democracia es que llamen… y sea Karmele Marchante, esa feriante. Como cantábamos in illo témpore: pum, pum, quién es,  Karmele Marchanteee... abre la muralla (del Oasis), al corazón de la Telebasura, abre la muralla, al diente de la serpiente cierra la muralla y así en el Oasis. Eso de ir casa por casa atornillando e intimidando al personal, máxime si es en un territorio reducido, es una presión intolerable que debería estar prohibida por ley. ¿Si están tan seguros de la aplastante Voluntad del Pueblo, por qué tienen que ir los separatistas –¡también una Consejera de Mas en persona!- uno a uno peinándose a los ciudadanos? Que además sea Karmele Marchante, pertrechada con la mandanga separatista, a quien te encuentres aporreando la puerta de tu casa… es que te aterroriza… doblemente. 




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

lunes, 28 de julio de 2014

El curso en que amamos a Lydia Lozano



   
   
   Hondos arcanos del Internete, que encierran el mismo  insondable misterio de las estrellas, pues la Ciberesfera así de mágica a veces es: el pasado martes 22, ve tú a saber pur qué, de ser cierta la información que a los blogueros globeros nos proporciona Blogger,  una inusual muchedumbre desbordó de golpe la estancia de este blog, quiero creer que para leer con apasionado interés este post mío del 17-1-2011, hasta el punto de obtener ese día el muá uno de los mejores registros de visitas en estos casi cuatro años ya de dale-que-te-pego al blog.
   Lo comparto contigo lector, primero, por presumir de los tesoros que el fondo de este blog oculta, en parte también por tenerte al corriente de su trasfondo, y en parte por pura superstición de escritor fracasati que a todo se agarra, sí,  y si como se dice, dinero llama a dinero, por qué no lectores habrían de llamar a lectores, y yaque… por qué no  habrían de llamar éstos a fervientes solicitadores del mío pobre libro. Quimeras de anónimo escritor, dirás, no sin razón. Redunda además mi texto en un lance autobiográfico muy querido para mí, que también a uno mismo, Proust venido a ná, complace mucho el recrearlo. Va:

   Querida Lydia:
      Es seguro que para nada te acordarás de mí y que menos aún que nada te dirá mi nombre. “Jo-se-An-to-nio-del-po-zo, y éste quién cuyóns es”. Es lógico. Si pasamos aquella vez más de un año entre cuatro paredes juntos -aunque no revueltos, aclarémoslo de inmediato, no vaya esto por estratosférica carambola a caer en manos de la Gemio y te la líe ella parda- y ni siquiera entonces advertiste mi penosa presencia,  cómo habrías ahora, encaramada a la espiral de tu enorme éxito, ya toda una reina del periodismo y de la televisión, reparar en un blog inmundo de este inframundo, por mucho que en las estrellas ciberesféricas pretendamos los bloggeros residir. Y sin embargo, Lydia, cruzo los dedos porque una extravagante conjunción de asteroides y demás cuerpos celestes, la más fantástica que se diera nunca, hiciera posible que esta carta llegara a tus manos. Leerías entonces esto que ahora mismo estoy escribiéndote: ¿te acuerdas, Lydia, de aquella encrucijada en la que yo tanto te ayudé? He pensado que quizás estés ahora tú en condiciones de devolverme aquel favor. No hay más que verte en la pantalla, siempre dispuesta a colaborar en las más benéficas causas de los desfavorecidos por la Fortuna, o sea, para qué irse más lejos, yo mismo con mi triste mecanismo, Lydia.
     
   Sí, seguro que de sobra habrás ya caído: yo, mejor dicho, la torva sombra que me constituye, estudié contigo durante los dos primeros años de la carrera en la Complutense madrileña. La mayoría de los que entonces eran mis compañeros más cercanos han acabado de funcionarios, y cuando de Pascuas a Ramos nos juntamos en tabernones rústicos llenos de humo de Legazpi y por ahí, para ponerle algo de brillo a nuestras rutinarias existencias te rememoramos todos en muy similares términos: es que Lydia, y sus  amiguitas, es que se veía ya… Lydia era otra cosa, joder. Tendrías que ver, Lydia, cómo entonces por un momento fulguran esos mustios semblantes, como si el mismísimo pincel de Velázquez,de bruces ya en el túnel del tiempo, tuviera que venir quinientos años después a pintarnos de nuevo, contagiándonos todos un poco vicariamente de tu triunfo. Chocamos siempre los vasos de cerveza rubia bien altos en tu honor, como en la polka de la cerveza, aquella del año la polka, claro. Brindo a solas yo ahora porque sea capaz esta misiva, impropia en extensión para la ley de hierro del Internet, I know, de atraparte en los efluvios de su seducción, y que no puedas soltarte de ella hasta el mismo punto final. Me va tanto en ello. Al fin y al cabo versa la misma sobre todo de ti, de refilón de mí, de soslayo un poco de los secretos y mentiras de todos, creo.
    
     Y es que,  acaso para la clase entera, desde luego para nosotros lo eras en aquel año de gracia, en efecto, eras otra cosa, eras… el glamour personificado, que me parece que entonces ni conocíamos esa palabra. Pero al lado de nuestras pellizas que debían oler a establo, de nuestra ropa de baratillo y sin gusto, de los trasquilones de las crenchas infames que gastábamos, venga a fumar Ducados todos como condenados en algún penal del buen gusto, al lado de todo eso, tus finos jerseys policromados sobre una piel bronceada hasta en febrero, tus pantalones fruncidos con los últimos cuadros escoceses, el cascabel de tus pulseras, el ingenio de tus peinados, el elegante antifaz de tus Rayban, el aroma british de tus colonias…  todo un emblema de la sofisticación coleando en el aire de una chavala rumbosa y rubicunda que a aquella partida de pueblerinos dejaba petrificados.
     
   Y lo más: es que eras un glamour en vendaval. Flameaban el escándalo de tus risas interminables que llenaban ellas solas el aula, el dinamismo de ajetreo con que ibas y venías, ese taconeo decidido de botas caras, el tono extravagante de tu voz estruendosa –a veces, perdóname Lydia, poblada de roncos ecos de cantina-  que a menudo se rompía como una porcelana, no sé, ese crujido y ese cóctel informe de distinción y vehemencia algo truhana a aquel atajo de paletos nos resultaba irresistible.  Ibas ya como quince años delante de nosotros, que sólo empollábamos aparatosos manuales uno tras otro entre la niebla de los Ducados mientras te bastaba a tí tu estilo –éste sí en verdad ducal- para saber con nitidez abrirte ya entonces tu propio camino. Claro, te contemplábamos fascinados, pero a distancia, como intimidados por la tempestad de tu empuje. Tenías mundo y rimmel. Nosotros teníamos pueblo y algunas películas de cine.
     
   No, no te hacían falta los libros, quizás es que te los machacabas todos por las noches. Aunque debía eso en todo caso ser muy de noche en la propia noche, porque hasta nuestros sitios, como olas rompiéndose contra un archipiélago, llegaba el fragor alborotado de tus risotadas cuando muchos días les contabas ya entonces, a las compañeras que a tu lado se arremolinaban haciéndote círculo, la última disco que la misma noche anterior a las tantas habías frecuentado, y a que no sabes quién estaba allí y con quién está liado… ¡No me digas!, clamaba alguna, y su pasmo y el estrépito de tu risa eran todo uno. Ya te movías de lujo en la cosa esta de las agencias del cuore. Recuerdo que tenías un hermano de profesor en la Facul, que me daría  más tarde a mí clase, una auténtica lumbrera que se lo sabía todo de la Semiótica. Y algo en suma de icono deseado e imposible a la vez tuviste aquel año para nosotros, que eras nuestra Kim Novak particular, y podías tú, discúlpame la menudencia, Lydia, muy a gusto rivalizar con la Novak también en la turbadora firmeza de tus turgencias, tan pujantes.
    
     Bueno, pues hubo un día, Lydia, imposible que te acuerdes, claro, -cuántos años han pasado ya, por favor- hubo un día, digo, en que, como dirían los antiguos folletones, nuestros destinos más aún se entrecruzaron. Llegabas tarde al examen de Introducción a la Economía y tu sitio habitual estaba ya ocupado, así que tuviste que sentarte en cualquier lado. Sí, aquel melenas borroso y con la cara atiborrada de espinillas que apenas se movía a tu lado era yo. Dios mío, lo recuerdo ahora y todavía, por encima de las paletadas inmisericordes de tierra que nos echan encima los años, al punto me viene aquel anonadante perfume tuyo ese día. Olías a… serían violetas violentadas, no sé, en mi vida había olido yo algo con ese poderío, que más que una colonia parecía un imán, de cómo tiraba de uno hacia ti aquel olor centrifugándote a la vez el cerebro. Ostias, había que rellenar el examen y estaba yo como un bobo, con los ojos entrecerrados e inclinado hacia ti como la torre de Pisacon sonámbula intención nada más que de adherirme a ti, tal era el sortilegio diabólico de aquella fragancia. Recuerdo que paseó por allí el profesor, el mítico Sánchez-Ramos, su mostacho de morsa canosa, seguro Lydia que de él si te acuerdas, y mientras a ti te sonrió, me largó a mí un bufido que al menos me sacó de mi sopor zombie.
     
   Empecé a escribir como loco, loco por recuperar todo el tiempo perdido en el éxtasis pituitario. No es por nada, Lydia, pero la curva de Philips y la ley de los rendimientos decrecientes y la utilidad marginal del último bien consumido, todo aquello me lo sabía yo de carrerilla. Zas, cuatro folios en un pis-pás. Levanté luego la vista hacia ti. No llevabas ni medio folio escrito. Me sonreíste pícara y me hiciste una mueca de película de espías después. Empezaste a arrimar tu silla (con aquellas odiosas… manoplas, creo que se llamaban esas tablas adosadas a la derecha para escribir sobre ellas) a la mía. Reconozco que por un momento, trastornado por aquella soga de violetas esenciales alrededor de mi cuello que sólo hacia ti me tironeababa, pensé… pero Lydia, leches, si estamos en medio de un examen, cómo nos lo vamos a montar aquí y ahora, quizás luego, luego. Otra mueca tuya y ya lo entendí bien. Puse mis folios a tu vista y te dejé copiar todo. Ahhh, aquel perfume tuyo como un remolino de vértigo justo encima de mis napias, qué turgencia de curvas, qué utilidades crecientes y anti-económicas me estaban a mí entonces aguijoneando.
     
   Yo creo que el profe, Sánchez-Ramos, aunque éramos en el aula más de ochenta, toleró tu copieteo. Te le habías, con la onda desarmante de tu simpatía, ganado antes, claro. El resultado de todo aquello, lo que son las cosas ahora que las repienso, tuvo valor anticipatorio y simbólico de nuestras posteriores trayectorias. A mí, por esas cosas de Kafka que tiene la Universidad, aquel cabrón me cateó, y a ti, no podrás jamás decirme a la cara que miento, Lydia,  te aprobaría, digo yo, porque te llevó ese día a casa en el Dodge-Dar que el muy marxista gastaba por entonces. No me diste, ni entonces ni después, las gracias, Lydia, pero yo lo entiendo, que andabas siempre liadísima con no se qué inaplazables inauguraciones de antros de perdición, que eran para ti, ya se ve, trampolines de salvación. Además, que yo muy bien lo comprendí, y el vernos alguien a ti y a mí, tan disímiles, charloteando, hubiera sido como contemplar en vivo una profanación. Tampoco yo habría sabido bien qué decirte, y si hubieras llevado puesto otra vez aquel perfume, yo que sé, igual se hubiera abalanzado sobre tu espalda el Cro-magnon que entonces uno un poco era. O sea que hiciste bien. Además de esa forma es como puedo ahora cargarme de razón histórica y con justicia pedirte el favor de que al principio te hablé, el único que de verdad me mueve a escribirte esta larga carta, que con todo el alma anhelo que como sea  te llegue y que hasta aquí te tenga en vilo.
    
     Así es que, Lydia, yo me alegro mucho de tu éxito. Los lectores de mi inmundo blog saben que soy yo fan total del Sálvame, muy principal programa donde descollas tú sobremanera. Hasta el baile Chuminero  que has puesto tan de moda, que en cualquier otra quedaría indecoroso, -la otra tarde te ví en la tele bailándolo sobre un cajón en plena calle Preciados, a ver quien más es capaz de hacer eso delante de la gente y sin avisar- reviste en ti perfiles de elegancia. Te dejo ya mi son:
     
   Verás, Lydia, tengo yo escritos más de cincuenta relatos de románticas hechuras casi todos y  vagan los pobres como almas en pena por mi covacha, condenados a una cruel oscuridad. Como no tengo yo contacto alguno, las editoriales ni se dignan siquiera a contestarles algo. Soy su autor: sé que no son del todo pésimos. No quebraría su penuria tanto mi moral si no viera uno publicados a diario, es decir dados a luz con plena bendición editorial, toneladas de incalificables engendros que por libros pasan. He pensado que tú, Lydia, si levantas un teléfono, podrías bautizar los míos, aunque fuera en parroquia de barrio, y sería así menor mi pena, y las violetas violentadas de la memoria como violines estradivarius en la misma seguirían sonándome. Sálvame, te digo yo a tí ahora.
     
   Y nada más, Lydia, que esto  era cuanto quería yo transmitirte. Que te dure de verdad el éxito y consigas tú también muy pronto un Ondas. Que sobre todo seas tú feliz. Oye, y un abrazo, de parte de este indocumentado que una vez estudió a tu vera. Tuyo siempre, José Antonio del Pozo.  





LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

                              

viernes, 11 de octubre de 2013

Kiko Rivera, hacia el Coronel Kurtz de Apocalipsis now




   Le ví la otra noche de refilón en el Sálvame del lujo. Como un pequeño buda caído, tirado sobre el sofá, cariacontecido rumiaba Kiko Rivera su desdicha, más que eso, su horror, su horror. Ostras, se acariciaba el mondo cráneo igual que Marlon Brando en Apocalipsis now.  Bueno, exactamente igual no, parecido digamos. De extra en Torrente a vago remedo de Brando coppoliano, la carrera artística del Little Ecce Homo desde luego va, me dije.  Por más que esa alusión icónica al mítico Coronel Kurtz fuese sobre todo nítida demostración de la sucesiva degeneración de las puras Formas Ideales que decía Platón, no dejó de maravillarme aquel acariciarse la chola lironda del hijo de Paquirri y Pantoja.
    
   Hum, el Coronel Kurtz, aquel ex - boina verde en el Mekong, que como Lope de Aguirre en el Amazonas, sumido en el furor y en la locura totales de la guerra, había organizado su propio ejército, dejándose incluso adorar por los indígenas. Sus frases medio nietzschianas en la espesura de la jungla, potentísimas: “No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror. El horror. El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral deben ser amigos… Se necesitan hombres con principios que al mismo tiempo sean capaces de utilizar sus instintos, sus instintos primarios para matar. Sin sentimientos, sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a sí mismos. Porque juzgar es lo que nos derrota”.
    
   Bueno, Kiko Rivera dolíase de su personal horror entre los manglares de Jéssica Bueno, ese otro vietnam. No ha pasado poco el hombre, pensémoslo bien: Jéssica, tras mucho meter y sacar con el apolíneo tenista Feliciano López, entre otros, prendada quedó al parecer del mondo Kiko. Tener el pobre que convencerse de que así fue así pasó eso, bueno. Apalancarse al cabo Kiko contra el cuerpo flemático de Jéssica, que así debió ella ordenarle para proveer el consiguiente embarazo. Soportar luego ambos dos la pena por el aborto del niño que llevaba ella ya en el vientre, con lo que hubiera debido ese dolor unirles. Sobreponerse y volver a acoplarse de nuevo a ella, a su cuerpo de mírame-y-no-me-toques, para de nuevo embarazarla, que seguro que así ella se lo dictó. Y luego, tras la felicidad indecible que consigo le trajo la criatura, la alegría sin nombre por tener entre los brazos la viva carne de su carne, de golpe, a los muy pocos meses, la traidora fuga de Jéssica con su hijo tras los rizos de un futbolero con posibles. Oh, Kiko Rivera, cómo no comprender tu aflicción.
    
   Contaba Kiko que a los tres meses de su amancebamiento con la Bueno, dictaminó ella que no quería ya nunca más yacer junto a él, directamente enviándolo al destierro de un sofá,  justo en esas horas de la noche en que más se ansía y se supira por el abrazo y el latigazo del cuerpo de la amada. ¡Habráse visto ostracismo más cruel para un hombre ardiente!

   
   Ya digo, repachingado en un sofá de falso luxe, acariciándose el pelado cerebelo con lejanas reminiscencias de Brando, declamaba Kiko algo acerca del asco. De tener alguna luz más simplemente hubiera dicho: el horror, el horror… y de sobra hubiéramos comprendido todos la cruz sin luz de tu infortunio, Kiko.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

lunes, 8 de julio de 2013

Sexo, verdades y cintas de video




   El video de las desdichadas Noor del Pakistán casi sin querer nos remite, claro, al video digital de doña Olvido Hormigos, la célebre concejal yebení, como si quisiera adrede la actualidad confrontar una vez más Oriente y Occidente, tan cerca en la Aldea global y a la vez tan lejos. Por supuesto que hay orientes dentro de Occidente, y que se dan también occidentes dentro de Oriente, pero interesa ahora quizás mostrar como parecidos hechos pueden en este perro mundo, que tiene mucho de Torre de Babel,  acarrear las más opuestas coincidencias.
      
   Si la difusión de las imágenes de unas jóvenes sonrientes y danzantes bajo la lluvia supuso para las Noor la pena máxima, su terrible asesinato,  la propagación de un mucho más íntimo y descarnado video manual significó la suma Gloria, el pasaporte a la Celebridad –y a la gansa pasta- de la rumbosa edil yebení. Vida y muerte, Eros y Tánatos, las pulsiones primarias de la existencia, una vez más revueltas en una doble síntesis en apariencia casi  antagónica.
       
   A las pobres jóvenes pakistaníes nadie puede ya devolverlas a esta vida. Puede que ese sencillo y natural acto festivo suyo, que luego les costara la vida, sea reivindicado con fuerza y emoción a través del tiempo, a la par que sus nombres, por miles de hombres y mujeres amantes de la vida en paz y contrarios a la violencia. ¿El éxito de Olvido Hormigos, esa cutre Mme Bovary del Reinado de la Mugre contemporáneo, la marinera tela y hasta el telar de oro que se esté ella levantando con el candelabro de la Telebasura, son en verdad Vida?
    
   No lo sé. Sabrá Olvido mejor olvidar que yo. La otra tarde me asomé un rato a seguir sus andanzas en el Sálvame Telecinco de cada día –el escritor ha de siempre serle fiel a sus “musas”, se lo leí a Umbral- y, uff, qué trago, casi hasta la lágrima me compadecí yo, que soy menos que nada, de ella. Se ve que el rijoso teatrillo que montan lo exige, pero el despropósito semi-porno que para ella le han montado esos crápulas es que no tiene nombre.
  
   Exige al parecer asimismo el guión que las hienas enfurecidas que conforman los fijos del cotarro a placer la volteen, arrastren y despellejen, y con qué gusto se aplican a la tarea esos carroñeros. A duras penas puede Olvido mantener el tipo ante el cúmulo de obscenas truculencias que esas fieras corrupias a la cara le escupen. Parece pronta a salir de allí llorando en cualquier momento. A lo mejor es todo esto una argucia más del guión, yo que sé. Daba pena verla allí así.

   
   No hay montón de dinero, por goloso que éste sea, que pueda pagar una tan extrema humillación. Anda, Olvido, házles una peineta a los telecincos y mándales al cuerno. Vuelve a ser la inocente Nada que alguna vez fuiste; el olvido –hoy más que nunca- todo lo cura. Vuelve a ser esa niña despreocupada y radiante que pueda bailar en paz bajo una hermosa lluvia provinciana. Rescata tu propia Noor, que aquí por suerte no ha de pasarte nada.



 LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

lunes, 25 de marzo de 2013

Mercedes Milá, que ha escrito libro, y qué libro


  
      Presentaba este viernes Milá, la Reina de la Telebasura, su libro en el prime time del Sálvame de luxe, ese sagrado recinto de la excelencia literaria. El título encierra ya una lección summa en sí: “Lo que me sale del bolo”. Genial, oyes. ¿Y de qué va? Pues va, play atención, please, de la recopilación de los mejores post de los cinco años del blog que bajo idéntico título Milá escribe.
    
     Las orejas del resentido y faccioso bloguero anónimo, puedes imaginarlo, caro lector, se erizaron repentinamente. “La historia es preciosa. Yo no sabía escribir. Me daba una vergüenza horrible escribir y siempre me iba a la radio. La directora de la web me dijo por qué no escribes algo, lo que sea. Pensé que quizás me sirviese para aprender. Hace cinco años. Desde entonces he publicado más de 400 post ¡No me lo creo ni yo!”.
      
      Sooo, bloguero, alto, que el parrafito no tiene miaja de desperdicio. En el principio enmarca ya Milá el parto, por su cuenta y sin riesgo categorizándolo dentro del reino de la Belleza. ¿Seguro que es una historia… preciosa? ¿Es ése el adjetivo mejor a la cosa? Ah, que Milá es que no sabía escribir, tócate los gabilondos. Y luego…oooh, 400 post en cinco años, como otros tantos golpes de Truffaut, qué barbaridad más increíble. Muchos de los post de Milá son nada, nada milanesa. 400 post milaneses en 5 años. Le asaltó al bloguero anónimo y resentidísimo la tentación de compararse, y de establecer alguna conclusión sobre la Justicia en este mundo, pero para qué.
        
     Pero es que la cosa proseguía. Resulta que “gracias a una de las seguidoras del blog, el libro está aquí. Ella me ha ayudado a elegir los post porque yo no me veía con fuerzas. Por eso le dedico el libro. Con ella voy a presentar el libro y todo”. Eso son, perdóname lector, seguidores de un blog y no los anónimos que uno por aquí tiene. Normal que a Milá, por otra parte, tras tamaño sacrificio en aprender la escritura, a la hora de elegir sus mejores post le abandonasen ya las fuerzas. Cómo no en solidaridad dedicarle entonces a esa seguidora el libro. ¿Y la editorial? ¿Publicar, aunque de esta manera, un Milá? ¡Aunque lo hubiera escrito entero en realidad la susodicha seguidora! ¿Es o no la vida maravillosa, lector?
     
   Bueno, no, repitamos con Milá y cía, este mundo está podrido por el Capitalismo rampante, que permite robar a los pobres para dárselo a los ricos y tal y tal Pascual Maragall, yes.                 

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Jefe de la CIA, su mujer y otras cosas de meter




   Tras la primorosa declaración pública de amor de Obama a su mujer en la celebración de la victoria electoral (“No sería el hombre que hoy soy sin la mujer que quiso casarse conmigo.  Michelle, nunca te he querido más ni me he sentido más orgulloso que al ver al resto de los Estados Unidos enamorado de ti”),  que de alguna forma lo vincularía a las “bárbaras” palabras de Boadella que el otro día espolvoreábamos aquí –excepcionales hombres de teatro ambos- , el revelado lío del generalote americano Petraeus, nada menos que ex –jefe de la CÍA, con su hatajo de suripantas, nos devuelve de bruces al Sálvame nuestro de cada día en este Reinado de la Mugre
     
   Es por un lado la historieta más vieja del mundo: tío de 60 años, casado y en prominente puesto de Poder; arribista tiparraca de 40 tacos y de buen ver, casada también, que con la excusa de querer hacerle una biografía lo que le hace es… casi una biopsia. Vamos, que se le arrima, le roza un par de veces como el que no quiere la cosa los pechos contra la espalda y… tiarrón que muerde el polvo. Aparecen luego en el cacao más rabizas, y más generalotes salidotes, pero the essential ahí está, como la Puerta de Alcalá.
    
   Esas armas letales de algunas mujeres fatales y esa vulnerabilidad extrema de todo varón que se precie de serlo. Qué patéticos monigotes debemos resultar los tíos, vistos desde el punto de vista supremo de estas sabias hurgamanderas. Ya se sabe, el sexo, tan fascinante, que diría Elisa Beni, bueno no, que ella me diría que es que se lo pasan de cuyóns y tal. ¿El que haya por medio cónyuges traicionados y acaso sufrientes? Bah, resabios moralistas del conservadurismo más caduco. Bah, pelillos a la mar de la post-modernidad, bizarras pleitesías a lo que Tom Wolfe llamaba “la marea del Sexo”, auténtica divinidad de nuestra Era ante la que todos nos postramos. Hablamos de sexo, claro, pues a ningún sentimiento hondo, de esos que engrandecen a las personas, arribamos tras estas vulgares historietas. Descubierto el fregao,  sin dignidad ni grandeza alguna, cada figurante escapa por su lado, y si te he visto… maldita sea la hora.
     
   Claro, si uno de los generales más laureados del ejército de EE UU, si la principal cabeza de los servicios secretos más poderosos del Planeta, con toda su ejemplarísima trayectoria a la espalda, con las ingentes capacidades de autodominio y de madurez emocional que la crucial responsabilidad de su puesto le requiere y exige, resbala y hoza, a las sesenta castañas, en ese banal lodazal, entonces… es que los del Sálvame cada tarde tienen razón y son ellos los mejores cronistas de estos tiempos bajos y desdichados en los que está ya todo y del todo perdido. 
  
    (Y MAÑANA, fiel lector, mientras el mundo a nuestro alrededor pareciera derrumbarse,  como para Armstrong aquel día en la Luna, como para Félix Baumgartner en el espacio interestelar ayer, mucho, mucho más que para el general Petraeus con su hetaira en su  punto G, ha de ser para mí un gran día. Y creo que a estas alturas del blog, tú ya sabes por qué. Ven, anda. Gracias a todos y a cada uno de vosotros, amigos)

viernes, 22 de junio de 2012

Del increíble sucedido entre Rosa B y Jorge J en el Sálvame


   
     
  Más doloroso aún resultó asistir al por otro lado bien elocuente diálogo –todo un dictamen moral del Reinado de la Mugre- que ambos Artistas en público desarrollaron:
   
    -“dime una cosa, Rosa, ¿tú eres una mujer metafórica?” (a sabiendas de la transcontinental ignorancia de la Diva la inquirió el muy mamón zorro. La Diva torció en este punto los morros).
    - “¿y eso qué es lo que es?” (respondióle de un tirón y nada azarada la Diva, sin perder la compostura delante del zorro mamoncete, que empezó a troncharse).
   -“tu di que si, tu di a todo que si” (entre risas el avieso zorro le aconsejó, desdoblándose en aúlico asesor de la Rosa, como ensañándose con la boba en la propia superioridad libresca).
  -“¡Noo-o-o-o-o… porque yo quiero saber lo que tú me estás preguntando!”, protestó entonces ella con tablas, sin lo más mínimo ruborizarse.
   -“¿Y a ti qué te parece la gente del mundo literario?”,  con esa larga cambiada, que era un tramposo capote, dio el pérfido zorro la larga cambiada… ante el que la Rosa, claro, con ancha sonrisa cómplice sobre el rostro ahora, embistió. Hizo primero un silencio… que aumentó la general expectación.
  -… ¡que son muy raritos!, sentenció entonces la Diva, como si fuera el asteroide del Sálvame el canon de la normalidad, tanto física como éticamente hablando. La gente rió la gracia y en efecto, en aquel contexto, que era, no lo olvidemos, el de la máxima audiencia pública, tenía el diagnóstico de la Rosa valor de ley: los raros son los literarios.
  -“¿por…?” estiró el astuto raposo la cuestión.
  -“porque siiií, …. a ver, es que… están tan metidos en su historia, que luego no saben cuál es la Historia”, y con esa pasmosa revolera sobre la Dialéctica entre la Intersubjetividad del Individuo en relación con el despliegue Fenomenológico de la Objetivación de la Razón Histórica en el contexto de las sociedades Postmodernas, al personal del estudio, al taimado Jorge Javier, al Principito y al zorro de Saint-Exupéry si desde algún lugar pudieron escucharla también, a uno mismo, a todos nos dejó petrificados la Diva Benito. Hosanna, Rosa B.



Post/post: gracias a Ruiz, a Jackie, a Juante, a Juan Risueño por leer la rosa y su espina conmigo, por bloggear ayer a mi lado, a Stark24, a Horny brunette amteurs, seguidores ya del blog, augüita clara todos para seguir yo escribiendo,GRACIAS.