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martes, 12 de octubre de 2010

And the winner is... Vargas Llosa

     
     Vale, yo también me alegro de que a Vargas Llosa le hayan dado el Nobel. No tanto por el Premio, que a mí plín, como por hacerme rememorar de nuevo todo lo que uno disfrutó en tiempos leyéndole. La ciudad y los perros, La Tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la Catedral me contagiaron el gusto y la querencia que en mí pueda haber hacia las palabras. No deseaba uno nunca terminar del todo esos libros. Hicieron mi escueto mundo mucho más amplio e intenso. Nada más lógico, pues, que sentirse agradecido hacia él, aun cuando el expresarlo sea ya en sí un poco ocioso. No se va a encontrar uno a don Mario mañana caminando por Berlín Park, que es el parque de mi barrio, para en persona decírselo. Las diminutas hormiguitas les somos perfectamente ajenos –salvo como números en su grandiosa contabilidad- a los Dioses y a sus olímpicas alturas. Quizás deba ser así. Por eso sostengo yo –con un énfasis digno de que el meollo que contiene mi approach revelara algo verdadero- que los fracasati únicamente debemos elogiar, con derroche caníbal de adjetivos encomiásticos, a anónimos fracasati como nosotros mismos.   
    
     ¿Qué le gustaría al muá que Vargas Llosa hiciera ahora –mantengamos la ficción, mon amis, de que el mundo entero estuviera en vilo ante lo que ahora voy yo a decir- y que ni de coña el ya (como si antes no lo fuera) Peruano Universal va a hacer? Mandar el premio  de las narices a tomar por retambufa, que se lo metieran por do les entre. La ceremonia esa debería resultarle vomitiva a todo escritor que se considere digno de portar sobre su persona el nombre de esa profesión. Era grotesco ver a García Márquez con el liqui-liqui y a Don Camilo y su frac, a San José Saramago tan entorchado, cada uno con su trouppe, (perfectamente absurdo recordar entonces lo maravillosos que algunos libros suyos son), que no cabían en sus EGOS infladísimos de gozo, venga a dar cabezadas y reverencias y genuflexiones sin fin, como endomingadas cortesanas, ¿ante quién?  Pero, en todo caso, ¿no debería precisamente ser al revés?
    
     Pero la ensalivada aceptación de los Premios –y más ensalivada cuanto más supuestamente críticos dice el premiado de turno ser con esta “injustísima sociedad- es una de las señas de identidad de estos tiempos que sobrevivimos: el Reinado de la Mugre.
     No hace tantos años, por ejemplo, Woody Allen seguía tocando el clarinete en su antro de siempre, con su cutre banda de siempre, la misma noche que debía recibir el gran Premio, o Marlon Brando mandaba a una linda apache a recoger el suyo. No, no me imagino yo a Vargas Llosa enviando al pobre Guillermo Fariñas a leer el discurso de celebración en Estocolmo.