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jueves, 22 de agosto de 2013

Ceguera de Saramago, ceguera mía



      No había antes leído ninguna otra novela de Saramago. Conocía, claro, sus opiniones, la profesa ideología comunista del célebre Premio Nobel portugués ya fallecido. Bueno, el comunismo, en tanto que venenosa ideología totalitaria camuflada bajo nobles aspiraciones idealistas, me parece, en sus distintas formas, una espantosa amenaza para la Humanidad. De manera que, cuando una persona muy amiga me regaló su “Ensayo para la ceguera”, afilé mi más faccioso colmillo retorcido para por todos lados ver desde el principio esa novela como horrible.
       
   Y bien… ya desde las primera páginas me pareció un libro del todo fabuloso. Una misteriosa epidemia de ceguera azota un país. Los primeros afectados son puestos en cuarentena e internados –de ahí toma Saramago a sus personajes- pero la masiva propagación de la ceguera hace incontenible la crisis, devastando la sociedad y volcando patas arriba la existencia de todos, en un angustiosísimo descenso a los infiernos colectivos que mostrará los más crueles mecanismos de la supervivencia.
       
   De alguna manera basada en las anteriores Diario del año de la peste de Daniel Defoe y en La Peste de Camus, -que le aproveche el dato a cualquier profesional que me lo copietee- consigue levantar Saramago un relato vibrante, desazonante y atravesado de emoción como pocos, dotado de un vigor narrativo y de una fuerza dramática de difícil comparación. Cómo consigue esto Saramago, a pesar de utilizar un narrador omnisciente, en apariencia distanciado de la acción, que cuenta casi siempre de forma indirecta, queda a beneficio de  la maestría y la pericia plenas con que sabe el autor exprimir los mejores mecanismos narrativos: extraordinarios y estratégicos diálogos, destreza multiangular del narrador, sabia composición de escenas conmovedoras llenas de ternura, el rebosar de detalles humanísimos y poéticos, el buen alternar de la acción junto al jugoso reposar de la misma.
     
   Aunque quepa ponerle serio reparo a uno de los nudos medulares del argumento (cómo, estando tan maltrechos, dolientes y enfermos los ciegos, pueden los “ciegos malos”, que no son cuatro, erigir el espeluznante Terror que sobre todos los demás aplican),  la intensidad emocional y la riqueza narradora de la formidable y espantosa parábola que Saramago enhebra y construye, resultan literariamente deslumbrantes, absorbentes, una verdadera gozada de lectura para cuantos reverencian la palabra escrita. Chapeau, en suma, para este Ensayo sobre la ceguera, mago Saramago. Pues como te digo una co, te digo la o.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

martes, 12 de octubre de 2010

And the winner is... Vargas Llosa

     
     Vale, yo también me alegro de que a Vargas Llosa le hayan dado el Nobel. No tanto por el Premio, que a mí plín, como por hacerme rememorar de nuevo todo lo que uno disfrutó en tiempos leyéndole. La ciudad y los perros, La Tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la Catedral me contagiaron el gusto y la querencia que en mí pueda haber hacia las palabras. No deseaba uno nunca terminar del todo esos libros. Hicieron mi escueto mundo mucho más amplio e intenso. Nada más lógico, pues, que sentirse agradecido hacia él, aun cuando el expresarlo sea ya en sí un poco ocioso. No se va a encontrar uno a don Mario mañana caminando por Berlín Park, que es el parque de mi barrio, para en persona decírselo. Las diminutas hormiguitas les somos perfectamente ajenos –salvo como números en su grandiosa contabilidad- a los Dioses y a sus olímpicas alturas. Quizás deba ser así. Por eso sostengo yo –con un énfasis digno de que el meollo que contiene mi approach revelara algo verdadero- que los fracasati únicamente debemos elogiar, con derroche caníbal de adjetivos encomiásticos, a anónimos fracasati como nosotros mismos.   
    
     ¿Qué le gustaría al muá que Vargas Llosa hiciera ahora –mantengamos la ficción, mon amis, de que el mundo entero estuviera en vilo ante lo que ahora voy yo a decir- y que ni de coña el ya (como si antes no lo fuera) Peruano Universal va a hacer? Mandar el premio  de las narices a tomar por retambufa, que se lo metieran por do les entre. La ceremonia esa debería resultarle vomitiva a todo escritor que se considere digno de portar sobre su persona el nombre de esa profesión. Era grotesco ver a García Márquez con el liqui-liqui y a Don Camilo y su frac, a San José Saramago tan entorchado, cada uno con su trouppe, (perfectamente absurdo recordar entonces lo maravillosos que algunos libros suyos son), que no cabían en sus EGOS infladísimos de gozo, venga a dar cabezadas y reverencias y genuflexiones sin fin, como endomingadas cortesanas, ¿ante quién?  Pero, en todo caso, ¿no debería precisamente ser al revés?
    
     Pero la ensalivada aceptación de los Premios –y más ensalivada cuanto más supuestamente críticos dice el premiado de turno ser con esta “injustísima sociedad- es una de las señas de identidad de estos tiempos que sobrevivimos: el Reinado de la Mugre.
     No hace tantos años, por ejemplo, Woody Allen seguía tocando el clarinete en su antro de siempre, con su cutre banda de siempre, la misma noche que debía recibir el gran Premio, o Marlon Brando mandaba a una linda apache a recoger el suyo. No, no me imagino yo a Vargas Llosa enviando al pobre Guillermo Fariñas a leer el discurso de celebración en Estocolmo.