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viernes, 17 de septiembre de 2010

Historia de Silvia (Postrimerías del Verano II)

     
    
     El Verano, las vacaciones escolares, el atolondrado despuntar de la adolescencia, la irrupción del otro sexo y... el temblor único del primer amor, ¿no? Sucesivos eslabones encadenados en el discurrir de la vida de casi todos. De acuerdo, pero… ¿y Verano y primer desamor? ¿No se dan acaso, en el mismo auge del estío, aguaceros terribles, como el de anoche en los madriles que todo lo arrastran consigo? ¿No se repite año tras año también el estruendo intimidante de las tormentas de verano? ¿Fue una de esas tormentas la que yo viví con Silvia, mi compañera de clase, durante el verano que siguió a la excursión del colegio a la Playa de San Juan?
  
  Mejor júzgalo tú, fiel lector. A Silvia le habían suspendido las matemáticas. Se quedó sin vacaciones. Yo no iba a marcharme a ningún lado tampoco, aunque, claro, no me importaba lo más mínimo. Vivíamos en el mismo portal y yo la veía cada tarde, con sus trenzas, jugando a la rayuela en el patio de enfrente. Bueno, sería más justo decir que yo la espiaba, agazapado tras los visillos de mi habitación, que daba al patio en que ella jugaba. Me moría de vergüenza sólo de pensar que ella pudiera descubrirme, porque ella era rubísima y algo más alta que yo, que era ya entonces un chico un poco birria.
    
     La veía jugar y cada tarde me decía, venga, valor, José Antonio,  ahora saldrás a la calle, te harás el encontradizo y le dirás, “ Chica Rubia de Celeste Diadema, si quieres, yo puedo ayudarte con las ecuaciones, ¿sabes?, no son tan antipáticas, te lo aseguro. Y luego, si tú quisieras, nos meteríamos con los logaritmos, no son tan horribles, de verdad. Estarías aquí, en este cuarto de estar, a mi lado”. Yo quería estar muy cerca de ella siempre. Pero nunca terminaba de atreverme.
    
     El sol, un oro fundido derramándose sobre su melena, la hacía  más rubia todavía aquella tarde calurosa. Silvia miró alrededor, como si adivinase que desde algún lado yo la observaba, como una cierva en alerta que abrevara en el aire el inconcreto rumor de mi pesar. Y fue como si el aire me devolviera también a mí entonces el boomerang de su ánimo . "No entiendes nada, Chico Birria. Hay veces que sólo quieres que te dejen en paz. Jugar tranquila en el patio, y nada más.Bueno... y mirar ahora mismo como encesta ese Chico tan Mono".  Glups, yo tragué saliva tras la ventana. 
    
     Por el otro lado del patio, en efecto, apareció en ese momento un chico de nuestra edad, con ropas deportivas y una pelota de baloncesto en la mano. Ágil y raudo como un alevín de héroe, con un torso de músculos ya bien apuntados, aquel chico aceleraba con su ímpetu los latidos de la tarde. Empezó a tirar desde todos lados a canasta. De gancho, en suspensión,en carrera, de un lado, desde el otro. Canasta. Canasta. Canasta. El tío no fallaba ni una.
  
     Hasta que notó sobre sí la mirada clara de Silvia. Le sobrevino entonces un sudor frío, como si algo invisible le atacase. Empezó a fallarlas todas, tirase como tirase. Ni una sola le entraba. El atleta aquél empezó a ponerse más y más colorado y yo, tras los visillos, me sonreí. Entonces, chasqueando la lengua, Silvia se levantó. Se ajustó con decisión la diadema. “Pásamela, anda”. Dio apenas dos pasos y se paró, sin dejar de mirar la canasta. Y desde allí, desde los siete metros, ella saltó muy alto y enhebró un triple estratosférico, que sublevó con limpieza las mallas a su paso. A Chico tan Mono le temblaron un poco las piernas.
    
     “Te has fijado, ¿no? Pues hazlo tú igual. Y no pienses en mí, bobo, que te pones bien feo.”, le dijo. Le lanzó entonces la pelota al cuerpo, pero Chico tan Mono la atrapó con fuerza esta vez, y enarboló delante de Silvia una sonrisa que ni Burt Lancaster. Yo ví entonces como Silvia le sonreía también y se ponía a tirar canastas a su lado. Chocaban los cuerpos -las manos, las cinturas, la piel- entre sí riéndose, como si se toparan por casualidad. Desolado, cerré los ojos y  dejé caer la frente contra el cristal.  “Silvia, Silvia, por qué siempre os gustan los guapos. Es tan injusto. Dime, por qué, por qué”.  Y un trueno atroz  resquebrajó entonces la bochornosa tarde de aquel verano infausto.