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viernes, 23 de agosto de 2013

Ceguera de Sean Penn



   

   Habíamos dejado (post de 14-1-13) a San Sean Penn de Malibú embutido en el flamígero chándal bolivariano, posando de viuda doliente durante las últimas horas del Comandante Chávez. Murió el Caudillo, vinieron las trifulcas y sucesiones del postchavismo, arribó inmaduro Maduro… pero ya de la rabia del multimillonario actor yanqui nunca por el momento más supimos.
   
   Así es que cuando el otro día me llegó el dvd de una peli por él mismo dirigida, Cruzando la oscuridad (1995), volví a afilar mi más retorcido colmillo faccioso, bien predispuesto a poner a la cinta y a su director a caer de un chávez. Claro que, como con Saramago me pasó lo que pasó (ver post de ayer), me dije entonces “detente bala”, no vayas a deslumbrarte de nuevo y ante Sean Penn hayas simbólicamente de retractarte. 
    
   Pues bien… desde los primeros compases no dejé de burlarme de la película. ¡Qué soberbia estupidez más presuntuosa sin cesar allí! Verás: un guaperas recupera la libertad, tras seis años en prisión por el atropello accidental de una niña. El padre de ésta ve llegado el momento de la venganza. Penn pretende hacer con eso todo un desgarrador drama acerca de la culpa, y de la necesaria redención y del humano perdón, y lo que consigue es todo un irrisorio engrudo.
       
   Nada está bien elaborado en esta grandilocuente película, nada resulta creíble sino grotesco y forzado. Pone en escena Penn a Nicholson y a Angélica Houston, atormentados padres de la niña, tratando de aprovechar la metacinefilia que sobre su relación personal todo el mundo conoce, y hasta el ridículo les fuerza en personajes hinchados de nada y en enfáticas escenas romas de verdadero contenido, que queriendo ser dramáticas, por infundadas dan risa.

     
   El clímax del despropósito estalla al final, en la incalificable –por insostenible- persecución entre Nicholson y el guaperas que accidentalmente atropelló a su hija, y la estulta resolución que le da Penn a la misma… casualmente sobre la misma tumba de la niña muerta. En fin, San Sean Penn de Malibú, que mucho me reí con tu bobo bodrio y que comprendí mejor al cabo –al menos por esta Cruzando la oscuridad- por qué le das tú de esa manera al chándal bolivariano y a esas cosas.   


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

domingo, 22 de julio de 2012

Oh, Diane, Diane, al fin solos


     
    Siempre me gustó mucho Diane Keaton, porque la encontré adorable en Annie Hal –éramos tan jóvenes-, porque estaba, y muy bien, en El Padrino, porque me la reencontré en ese golpe bajo que es Baby, tú vales mucho, porque el reencuentro fue ya toda una celebración en Misterioso asesinato en Manhattan, sobre todo porque es una actriz que sabe sonreír  sólo con los ojos, sin mover los labios. Esos ojos en almendra que se encendieran desde adentro.
   Entonces cayó en mis manos hará un par de meses el libro de sus memorias, “Ahora y siempre”. Lo picoteé un poco por la mitad, con intención sobre todo de ver los santos y… del todo me atrapó. Me dije, alto, alto, esto merece ir despacio y con buena letra lectora. Lo saboreé entonces de principio a fin, sin prisas, como deben hacerse las cosas que merecen la pena.
    
    Bueno, lo encuentro un libro maravilloso, y esto dicho de un libro de memorias, mayor mérito aún resulta. Escrito a raíz de la muerte de la madre, es en efecto un repaso de su vida y de su carrera pero llevado a cabo con una agilidad y con una destreza literarias más que cautivadoras y repletas de logros narrativos y expresivos.
   Es fantástico el tono desenvuelto y en apariencia liviano con que Keaton retrata –siempre en acción- las figuras de sus íntimos (familiares, pero también entre otros W Allen, Al Pacino, Warren Beatty, Jack Nicholson) así como su propia peripecia: sus inseguridades, la bulimia, la autocrítica, la maternidad tardía y bajo adopción, el dolor por la enfermedad y muerte de los padres, la vida). Siempre encuentra Keaton un recurso expresivo vívisimo y nada grandilocuente para trasladarnos con eficacia literaria esa emoción, esa reflexión.
    
    No sé, para mí alguien que escribe de su hijo, “me encantan tus ojos color chocolate, de alegría impenetrable, sólo tienes que entornarlos al sonreír para que el mundo parezca un buen lugar” o “los recuerdos son sólo momentos que se niegan a ser ordinarios” o ante la manta azul marino que cubre el cuerpo muerto de su padre “al menos estaba envuelto en el color del mar al atardecer” –hay decenas de fragmentos así de inspirados-  es una persona que posee un don singular.
    Tan bien escrito está el libro que, quizás al principio por pura envidia, llegó a escamarme tanta pericia. Una persona que escribe con esa maestría  ha desperdiciado su vida si –y de nada de eso se hablaba allí-, siéndole del todo factible como lo sería en su caso tras el éxito profesional, no ha desarrollado ese enorme talento en al menos un puñado más de obras.  Además, que si Diane Keaton, sobre las cualidades interpretativas que ya le adornaban, atesoraba también ese consumado dominio escritor, empezaba a cobrar para mí el perfil de una diosa demasiado perfecta para estos tiempos tan descreídos.  
   Encontré, tanto en la dedicatoria como en los agradecimientos, dos nombres repetidos (David Ebershoff , Bill Clegg), que por el Internete se sabe que corresponden a dos reputados escritores a quienes quizás haya que felicitar por haber puesto todo su arte al servicio de lo que Diane les iba contando. Las vivencias, los sentimientos, la vida que en el libro brotan, discurren y palpitan son los de Diane, y  fueron ellos quienes supieron darle esa forma tan artística. Me alegré en el fondo de  que fuera así, paladeé el libro como la extraordinaria obra literaria que para mí es,  pues hallaron ambos la fórmula mágica para tras las páginas hacerme a la vez partícipe de la intensa sensación de hallarnos allí  Annie Hall y yo al fin solos, y tan divinamente, oiga. 


Post/post: gracias a Bego por sonreir ayer conmigo, por bloggear a mi lado, GRACIAS.