Ahora que, aunque sea todavía con los dedos cruzados, parece que podemos respirar más tranquilos todos, ahora que parece ya librada y con victoria la batalla vuestra en las entrañas mismas del monstruo más voraz que pueda imaginarse, ahora que en el silencio del anonimato –no conocemos ni uno sólo de vuestros rostros- habéis conocido el triunfo en una epopeya escrita con las letras altas de un coraje que no cabe en sitio alguno, que debiera ser inolvidable para siempre en el mundo entero, y antes de que el tigre histérico de la actualidad se cebe sobre gadaffianos endriagos, permitid que al menos este diminuto bloguero, desde el lúgubre ventanuco de su covacha en los confines de Europa, incline la cabeza monda y lironda ante vosotros y os rinda verdadera pleitesía, la que se debe a unos auténticos héroes que sin dudarlo expusieron sus vidas para salvar las de sus compatriotas, entre ellos la de una dulce japonesita que según el sanblogger soporta conmigo –unida esa mano a la de todos los que me leen- la vela pobre de este blog.
Retemblaron las Tierras de Extremo Oriente con violencia inusitada, revolviéronse contra todo las aguas profundas del mar del Japón con un furor desconocido, arrastrando en su estrago criminal vidas y cosas hasta hacer de ellas incontables y catastróficas escombreras. Se hizo trizas ante nuestros ojos un mundo entero armónico y bien trabado. Por si todo fuera poco las centrales nucleares, esas ingenierías humanas tan fabulosas cuanto riesgosas, y en su grado máximo concentradas ambas dimensiones, desarboladas por maremoto tan horrible, exhalaron de pronto su urgente amenaza apocalíptica. De forma tan extrema llamó el Destino a vuestra puerta, en manera tan exacerbada convocó el Hado el reclamo de vuestro arrojo: simples hombres contra… ¿contra qué?... contra una gigantesca maquinaria infernal y devastada a punto de reventar y de reventarlo todo con ella, contra el frankesteiniano dragón inmenso de alientos criminales.
Cómo no ponderar el cuajo de vuestra templanza para adentraros con desprecio del miedo y de la propia vida en esas horribles fauces, en el mismo corazón de las tinieblas radiactivas, salpicados por los venenosos humores borboteantes de la Bestia inclemente y sulfurosa, ser capaz de mirarle a los mismos ojos a la Bestia desatada en su cueva , en aquel paraje humeante, con las trazas de la peor pesadilla de ciencia ficción de golpe hecha realidad y que en cualquier momento podía explotar, el horror conradiano hecho realidad en esa colosal nave que expedía vaharadas de muerte lenta también, cómo no celebrar valentía tanta.
Es seguro que hay entre vosotros de todo, porque no se dan, por mucho que se parezcan como gotas de agua, dos personas iguales: hay entre vosotros, seguro, héroes heroicos, por así decirlo, de esos que gastan porte y lámina de homéricos titanes, de Aquiles, Ulises, Agamenones, Ajaxes homéricos de ojos rasgados –quién fuera ahora el genial bardo ciego que pudiera cantaros como merecéis- en esta otra guerra de Troya. Pero habrá también entre vuestro grupo, hombres y mujeres, personas de muy distintos humores: calladas, hurañas, juerguistas, despistadas, nerviosas, perfeccionistas, ansiosas, temerarias, misántropos, extrovertidas, en fin, la variedad de temperamentos que dánse entre los hombres, galvanizados todos por una común decisión ciega y rotunda de aplacar los vagidos reactores de la Bestia.
Me gustaría saber vuestros nombres japoneses y aprendérmelos de corrido, para a la inversa que los esquimales, que conocen ellos cincuenta vocablos diferentes para nombrar la nieve, tener yo uno muy largo, cincuenta jirones fundidos en uno solo, bufanda fukushima tejida con los retazos de vuestros nombres, con el que significar a mis amigos el supercalifragilístico de la entrega y la abnegación totales, y entendernos de sobra así. Qué profunda ironía guarda el hecho de que trataba sobre todo vuestra intrépida misión dentro de la cibernética central atómica en humos en transportar el agua fría que apaciguara las bocanadas mortíferas de la Bestia, en llevar el mismo hilo cristalino del líquido esencial que a otra escala me pedía, que nos pedía, aquí Javir ayer mismo para no hacer el Bestia.
Ahora que habéis en gran medida bordado una hazaña enorme, destinada a perdurar en los libros de Historia junto a las gestas más nobles y serias de la Humanidad, no me parecería del todo mal que los más bromistas de entre vosotros, al estilo de los cinematográficos Cazafantasmas ataviados, le arreárais unos cuantos manguerazos en todo el jeto al impresentable comisario Oettinger, ese cretino indigno, que sembró el pánico con sus baladronadas, -o mejor, meterle el pescuezo un rato en el núcleo vivo de la central-, al gobierno francés que acusó en falso, a la voluble frau Merkel que pensó sólo en elecciones y no confió tampoco en vuestro gesto supremo. Y ya de paso, si pudiérais también, oh, mis Cincuenta de Fukushima endiñarle un manguerazo más en todo el morro a Gadaffón, esa otra bestia parla, y ensoparle hasta hacerle tiritar los huesos sobre los modelitos radiactivos que él se gasta.
Hacedlo, hacedlo, tomaros ese mínimo desquite, venerables japas de Fukushima, y bendita sea vuestra estirpe indomable, que mi corazón, henchido de gozo, bombea hoy sangre agradecida, sin miedo alguno a la grandilocuencia -¿para cuándo si no ésta? ¿acaso para hacerle la ola a Rubalcaba, ese héroe?- al compás de los vuestros. Que la Vida, después vuestro legado, es algo más que una pe eme. Y konichiguá, of course.

