Resulta casi imposible de concebir el que un malnacido haya podido sembrar él solito tanta muerte y destrucción, tanto espanto y estupor como los arrojados el pasado sábado sobre las calles de la capital noruega. Noventa y tres vidas humanas arrancadas de cuajo y de una tacada. Peor aún, casi de una en una segadas y cobradas, en un criminal e imparable goteo de disparos mortales. En un reguero interminable de tiros y de sangre, de pánico y de gritos desesperados, de cuerpos retorcidos de dolor y de miembros destrozados por las balas, así, uno detrás de otro, casi cien personas asesinadas, en los abismos del horror dentro de una sociedad en apariencia idílica. Como en el calco de una película de esas horripilantes con las que a menudo pretenden entretener a las audiencias, como en la simple continuación en la realidad de esos videojuegos violentos, como si de una ficción más se tratase. ¿Qué habría que negociar con ese elemento, o con la organización que acaso le cobije? ¿Qué merecería de verdad ese asesino?
Lejos de la difusa, casi inconsciente, fascinación con que los media merodean alrededor del aura tenebrosa del Mal, repitiendo ese nombre y esas fotografías de posado, deteniéndose en sus hobbies, en sus sentencias previas y posteriores de pensador torturado, en todo ese asqueroso atrezzo que sólo redunda en realzar el narcisismo de los psicópatas, sí, en las antípodas de todo eso, casi lo primero que habría que exigir, en nombre del derecho de las víctimas, es que se le despojara de su nombre propio: llamarle en lo sucesivo a secas el asesino de Oslo. Y punto. Ha perdido con su crimen odioso el derecho a portar un nombre de persona.
Prueba irrefutable de ese narcisismo psicópata: dice su abogado que le ha transmitido el cruel asesino su convicción de que era él consciente del daño causado, pero que es su acción era… “necesaria”. Es decir, el Jo ta ké de los etarras, preso político ya, la sórdida convicción de estar autoforjándose el mito, a caballo entre el desalmado activista y el filósofo de la Historia, que además apunta una burda excusa para mejor asentar su masivo crimen contra personas desprevenidas. Sin conciencia del mal causado, todo resulta en vano frente al fanático extremo, a quien no le tiembla el pulso para apretar una y otra vez el gatillo y matar personas sin el menor signo de piedad. Enfrentarle pues a la realidad de las pacíficas vidas que él acribilló, colocarle ante el espejo de su monstruosidad.
Y la otra gran cuestión: vistos los similares antecedentes –no tan graves- acontecidos en Suecia y en Finlandia, ¿qué está pasando en el seno de las más modélicas sociedades, de las más cultas y prósperas, de las que quizás más redistribuyen los ingresos de sus miembros, de las dotadas con los mejores servicios educativos y asistenciales, qué ocurre en el interior de las sociedades menos corruptas y poseedoras, por el contrario, de un mayor grado de ética social, socializadas en esos valores a lo largo de la Historia, para incubar ahora entre sus intersticios criminales respuestas como la del asesino de Oslo?
Parece como si una parte de las modernas redes sociales, con su absorbente capacidad para monopolizar en asociales sectas semisecretas la voluntad de los individuos, más el irresponsable modelo de contravalores que los medios de comunicación y de entretenimiento de masas propagan sin cesar, estuvieran socavando las tradicionales virtudes del respeto al prójimo, de su consideración como un fin en sí mismo y del repudio elemental de la violencia que son las que hacen posible la vida en sociedad.
Resulta chocante en las sociedades desarrolladas el contraste entre el asfixiante y omnímodo control que los gobiernos proyectan sobre el ciudadano mediopensionista –no fumes, no comas bollos, no vayas a más de cien km/h, así hasta la paranoia reglamentista- y el clamoroso espacio de impunidad y de invisibilidad de que gozan los elementos más sociópatas. Porque resulta obvio también que entre escribir cuatro bobadas filoviolentas en el Intenné o jugar un rato a matar marcianos –aun siendo un humos necesario, que el pensamiento moderado hoy no trae seguidores- y llevar a cabo el milimétrico montaje criminal que el asesino de Oslo programó hay un salto cualitativo difícil de comprender: cómo consiguió el asesino los explosivos, donde se entrenó una y otra vez en el manejo de las armas, donde aprendió esa militar programación y mentalidad que llevó a cabo ¡él solo!.
Sin una decidida y continua presencia policial en la sociedad que defienda el valor social de la convivencia, sin una profunda investigación que les haga doblar la rodilla a los destructivos grupúsculos sectarios incitadores y practicantes de la violencia, sin una asunción de la responsabilidad social que los media poseen, la partida, para la mayoría pacífica, creo, estará perdida.



