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miércoles, 10 de agosto de 2011

Trillando voy, trillando vengo


       
      Me reñía mi abuela en agosto, cuando volvía yo a su casa, sudoroso y con la sonrisa bien dibujada en la boca, como un niño que aún se relame de cuanto acaba de disfrutar, justo a la hora de comer. “Ah, bobón, ya has estado trillando otra vez. ¿No ves que ése es su trabajo? Y mientras tanto ellos, tan ricamente a la sombra. ¿A que sí? Como vea a la María, me va a oír, me va a oír”. “No te enfades, abuela, si me encanta trillar con los burros”. Y le decía entonces yo a mi abuela nada más que toda la verdad. 
        
      Existe un paisaje que a todos avasalla sin duda para rememorar los  días felices de agosto en el pueblo de Segovia: el cegador esplendor de la era en verano, el rubísimo mar de oro puro que parecían las mieses deslumbrantes,  extendidas por todo el erial bajo el clarinazo del sol en la mañana. La señora María, con sus ropajes negros y largos siempre, su ancho sombrero de paja sin cintita de color alguna, bajo el que ponía un pañuelo blanco que le colgaba hasta los hombros. Sus labios tan resecos y exangües, por el calor y por la edad, sus ojos oscuros, hundidos al fondo de las cuencas. Tenía a su cargo un hijo mayor, y no estaba muy bien de la cabeza el pobre, así que a ella le tocaba bregar en la era. “¿Anda, quieres ponerte un poco con los borricos, majo?”.
     
      Y se abría entonces para mí un mundo entero y del todo nuevo, sentado sobre el duro tablete del trillo, dando sólo vueltas y más vueltas al círculo de la mies, en un tiempo sin Tiempo, con aquellos dos burros parsimoniosos y remisos, que me miraban de lado, puede que algo neuróticos ellos mismos, filósofos achicharrados al cabo ellos también en la era verdadera, por obligarles nosotros a darle tantas vueltas a la cosa.
     
      Me daba la señora María a última hora un chorro del agua del botijo que se guardaba a la sombra de la montaña de paja. Ella misma me lo inclinaba desde lo alto y como no sabía yo del todo beber en botijo, me atragantaba un poco y me rebullía el agua pescuezo abajo. Asomaba entonces al rostro de la señora María una sonrisa de dientes desiguales y cariados, pero la risa también le rejuvenecía mucho de golpe el rostro. Nunca jamás licor alguno me ha sabido tan rico como aquel agua calentorra, que a mí me parecía fresquísima.   
    
      Cómo explicarle a mi abuela entonces que no me importaban nada ni el mazo del sol en la era, ni siquiera el pegajoso sudor adosado al pañuelo largo, acoplado a su vez al sombrero de paja de la señora María, que ella misma se quitaba y me encasquetaba en la cabeza sin posible discusión. Cómo contarle que esa mañana me había creído yo un indómito vaquero de novela de Marcial Lafuente, trajinando por desérticos parajes de Arkansas, que cruzara con el ganado el mismo río Pecos, sólo que era éste el río amarillo y reluciente de la parva sobre la era. “Abuela, no te enfades, anda, si me encanta trillar, si me voy a comer ahora mismo todos tus fideos, ya verás”.