Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Camarón de la Isla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camarón de la Isla. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de enero de 2012

La Comida de los Ilotas CINCO

    
    En ese momento, con cabeza gacha, otro de ellos confesó: “yo soy militante desde hace veinte años del Partido Popular, interesaba para cosas de mi Pueblo y ya está… pero ahora… es que no puedo ni verlos”. Uff, pudo escucharse allí el brinco de aquellos nobles corazones. Le interrogó en primera instancia alguien con verdadera alarma en la voz, para  declamar después consternado: “Armando ¿en serio que eres militante del PP? Tío, me has dejado helado”. “Sí”, continuó éste, y ahora levantó con decisión la testa, “pero ahora me han quitado injustamente del puesto que me correspondía para colocar a un recomendado y pienso denunciarles, así que, Juan Luis, tú entérate en lo tuyo y dime con quien de la UGT tengo que hablar porque voy a muerte contra ellos”, dicho lo cual parecieron retornar las aguas al cauce de la alegre normalidad.
     “Las cosas van a seguir igual que antes”, remachó Juan Luis. “Bueno, es posible, pero habrá que verlo, no son lo mismo cinco millones de parados que cinco millones de empleos”, sólo eso, lo juro por el gran Tomaso Giovanni Albinoni y por su Adagio, se atrevió entonces a sostener el faccioso que en mí habita. Tomé un sorbito de agua del delicado copón que tenía delante. ¡Ostias!  Si hubiera soltado yo allí que era violador o atracador, no habría notado el filo de tantas miradas asesinas convergiendo sobre mi gaznate. 
    
    De pronto se cargó la atmósfera de una  electricidad indignada. No fumábamos allí nadie, claro, pero diríase que nos envolvía ahora una densa y viciada bruma. Creo que hasta las copas vibraron y desprendieron de sí arpegios como de navajas afilándose. Me pareció por el rabillo del ojo ver que Higinio ordenaba a los camareros rondantes que se esfumasen. Él mismo, como en los westerns malos, desapareció tras una puerta.
     Fue Soto, el más preclaro triunfador de los pelagatos allí presentes, claro, el encargado de darme la réplica: “Mira, tío, está claro: el PSOE es la Derecha, y el PP es la Extrema Derecha, él único que defiende aquí la Democracia es Izquier
da Unida, en los países comunistas se vive mucho mejor que aquí, tengo muy claro que es el Capitalismo el que nos está matando. Nos esclaviza, tío”.  
     Yo miraba la mesa redonda, las orlas polícromas de los platos, las espirituosas botellas, los manteles bordados, les miraba a ellos, mis siete (contando conmigo) amigos universitarios, como los míticos sabios griegos,  licenciados y periodistas, bueno esto último Soto sólo. Bebí otro sorbito de agua, respiré jondo, como Camarón en su isla, y ...    CONTINUARÁ

miércoles, 10 de agosto de 2011

Trillando voy, trillando vengo


       
      Me reñía mi abuela en agosto, cuando volvía yo a su casa, sudoroso y con la sonrisa bien dibujada en la boca, como un niño que aún se relame de cuanto acaba de disfrutar, justo a la hora de comer. “Ah, bobón, ya has estado trillando otra vez. ¿No ves que ése es su trabajo? Y mientras tanto ellos, tan ricamente a la sombra. ¿A que sí? Como vea a la María, me va a oír, me va a oír”. “No te enfades, abuela, si me encanta trillar con los burros”. Y le decía entonces yo a mi abuela nada más que toda la verdad. 
        
      Existe un paisaje que a todos avasalla sin duda para rememorar los  días felices de agosto en el pueblo de Segovia: el cegador esplendor de la era en verano, el rubísimo mar de oro puro que parecían las mieses deslumbrantes,  extendidas por todo el erial bajo el clarinazo del sol en la mañana. La señora María, con sus ropajes negros y largos siempre, su ancho sombrero de paja sin cintita de color alguna, bajo el que ponía un pañuelo blanco que le colgaba hasta los hombros. Sus labios tan resecos y exangües, por el calor y por la edad, sus ojos oscuros, hundidos al fondo de las cuencas. Tenía a su cargo un hijo mayor, y no estaba muy bien de la cabeza el pobre, así que a ella le tocaba bregar en la era. “¿Anda, quieres ponerte un poco con los borricos, majo?”.
     
      Y se abría entonces para mí un mundo entero y del todo nuevo, sentado sobre el duro tablete del trillo, dando sólo vueltas y más vueltas al círculo de la mies, en un tiempo sin Tiempo, con aquellos dos burros parsimoniosos y remisos, que me miraban de lado, puede que algo neuróticos ellos mismos, filósofos achicharrados al cabo ellos también en la era verdadera, por obligarles nosotros a darle tantas vueltas a la cosa.
     
      Me daba la señora María a última hora un chorro del agua del botijo que se guardaba a la sombra de la montaña de paja. Ella misma me lo inclinaba desde lo alto y como no sabía yo del todo beber en botijo, me atragantaba un poco y me rebullía el agua pescuezo abajo. Asomaba entonces al rostro de la señora María una sonrisa de dientes desiguales y cariados, pero la risa también le rejuvenecía mucho de golpe el rostro. Nunca jamás licor alguno me ha sabido tan rico como aquel agua calentorra, que a mí me parecía fresquísima.   
    
      Cómo explicarle a mi abuela entonces que no me importaban nada ni el mazo del sol en la era, ni siquiera el pegajoso sudor adosado al pañuelo largo, acoplado a su vez al sombrero de paja de la señora María, que ella misma se quitaba y me encasquetaba en la cabeza sin posible discusión. Cómo contarle que esa mañana me había creído yo un indómito vaquero de novela de Marcial Lafuente, trajinando por desérticos parajes de Arkansas, que cruzara con el ganado el mismo río Pecos, sólo que era éste el río amarillo y reluciente de la parva sobre la era. “Abuela, no te enfades, anda, si me encanta trillar, si me voy a comer ahora mismo todos tus fideos, ya verás”.