En ese momento, con cabeza gacha, otro de ellos confesó: “yo soy militante desde hace veinte años del Partido Popular, interesaba para cosas de mi Pueblo y ya está… pero ahora… es que no puedo ni verlos”. Uff, pudo escucharse allí el brinco de aquellos nobles corazones. Le interrogó en primera instancia alguien con verdadera alarma en la voz, para declamar después consternado: “Armando ¿en serio que eres militante del PP? Tío, me has dejado helado”. “Sí”, continuó éste, y ahora levantó con decisión la testa, “pero ahora me han quitado injustamente del puesto que me correspondía para colocar a un recomendado y pienso denunciarles, así que, Juan Luis, tú entérate en lo tuyo y dime con quien de la UGT tengo que hablar porque voy a muerte contra ellos”, dicho lo cual parecieron retornar las aguas al cauce de la alegre normalidad.
“Las cosas van a seguir igual que antes”, remachó Juan Luis. “Bueno, es posible, pero habrá que verlo, no son lo mismo cinco millones de parados que cinco millones de empleos”, sólo eso, lo juro por el gran Tomaso Giovanni Albinoni y por su Adagio, se atrevió entonces a sostener el faccioso que en mí habita. Tomé un sorbito de agua del delicado copón que tenía delante. ¡Ostias! Si hubiera soltado yo allí que era violador o atracador, no habría notado el filo de tantas miradas asesinas convergiendo sobre mi gaznate.
“Las cosas van a seguir igual que antes”, remachó Juan Luis. “Bueno, es posible, pero habrá que verlo, no son lo mismo cinco millones de parados que cinco millones de empleos”, sólo eso, lo juro por el gran Tomaso Giovanni Albinoni y por su Adagio, se atrevió entonces a sostener el faccioso que en mí habita. Tomé un sorbito de agua del delicado copón que tenía delante. ¡Ostias! Si hubiera soltado yo allí que era violador o atracador, no habría notado el filo de tantas miradas asesinas convergiendo sobre mi gaznate.
De pronto se cargó la atmósfera de una electricidad indignada. No fumábamos allí nadie, claro, pero diríase que nos envolvía ahora una densa y viciada bruma. Creo que hasta las copas vibraron y desprendieron de sí arpegios como de navajas afilándose. Me pareció por el rabillo del ojo ver que Higinio ordenaba a los camareros rondantes que se esfumasen. Él mismo, como en los westerns malos, desapareció tras una puerta.
Fue Soto, el más preclaro triunfador de los pelagatos allí presentes, claro, el encargado de darme la réplica: “Mira, tío, está claro: el PSOE es la Derecha, y el PP es la Extrema Derecha, él único que defiende aquí la Democracia es Izquierda Unida, en los países comunistas se vive mucho mejor que aquí, tengo muy claro que es el Capitalismo el que nos está matando. Nos esclaviza, tío”.
Fue Soto, el más preclaro triunfador de los pelagatos allí presentes, claro, el encargado de darme la réplica: “Mira, tío, está claro: el PSOE es la Derecha, y el PP es la Extrema Derecha, él único que defiende aquí la Democracia es Izquierda Unida, en los países comunistas se vive mucho mejor que aquí, tengo muy claro que es el Capitalismo el que nos está matando. Nos esclaviza, tío”.
Yo miraba la mesa redonda, las orlas polícromas de los platos, las espirituosas botellas, los manteles bordados, les miraba a ellos, mis siete (contando conmigo) amigos universitarios, como los míticos sabios griegos, licenciados y periodistas, bueno esto último Soto sólo. Bebí otro sorbito de agua, respiré jondo, como Camarón en su isla, y ... CONTINUARÁ


