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lunes, 29 de septiembre de 2014

Poetastro en Control (y 2)



   No pasó allí ya más nada, absolutamente nada en la siguiente  hora, así es que una vez que se lo hubo pimplado, como un gélido autómata se deslizó hacia la salida del Antro. Cogió su viejo Opel Astra granate, se adentró en la M-40, puso el cd de Dylan que empieza con Hurricane y a moderada velocidad emprendió la vuelta hacia su cubil. Dentro del coche, en marcha ya, arropado por la armónica y la voz beoda de Dylan, una vaga euforia, casi beatífica, lo envolvió. Conducir lentamente en medio de la noche veraniega bajo las estrellas, con las ventanillas bajadas y la brisa nocturna soplándote espliego en las sienes, algo Dylan por ósmosis incluso uno mismo, con la circulación bajo mínimos… hum, esa sensación tan placentera redimía toda la malaventura de la noche. La mandolina de Romance en Durango acariciando además el océano entero y pacífico de la noche… Huuuum…
       
   Entonces, al salir de una amplia curva, las luces intermitentes y azules a lo lejos, la hilera de conos rojos y de dispositivos ambarinos parpadeantes después, que reducían progresivamente los carriles… las luces de freno de los coches que empezaban a detenerse. ¿Qué pasaba? ¿Un buque a la deriva? ¿Un platillo volante? ¿Unas obras? ¿Un accidente?... ¡No!... ¡No!... ¡No puede ser!... ¡No me jodas, por favor! Pero sí, tratábase de un control de alcoholemia. ¡Por favor, no por favor! Sí, era un control de alcohol. No había comido nada además. Se había tomado dos pelotazos, de diferentes bebidas encima, en… en cuánto tiempo… en unas dos horas, sin duda lo encalomarían,  por el amor de Dios.
  
    ¡Ooostras!, y, ahora del todo cayó,  y encima sin papeles, sin Dni, sin carnet de conducir, madre mía, asfalto trágame, por qué a él, y qué pastizal de sanción podría tener todo eso, igual hasta saldría de allí con las pulseras puestas, por favooor, … bueno, a ver, control, un poco de control, no paraban a todos los coches, -le cortó de cuajo la lengua a Dylan borrachuzo, que no se había enterado de nada- igual tenía suerte y al suyo no le tocaba. Le tocaba la lotería de que no le tocaba detenerse, vamos. Va, ponerse ya mucho póker en la cara para el  face to face con el guardia, intentarlo al menos. Uff, qué noche, ni Esperanza Aguirre aquella tarde en Callao; eso lo pensó después.
      
   A ver, a ver… los coches inmediatamente anteriores al suyo estaban ya pasando, con un poco de coña estaba hecho, cruzó los dedos, a ver… ¡Maldición!... ¡Maldición! ¡No me jodas, tío!... ¡Pero si a los demás les acabas de dejar pasar… por qué a mí, pero, pero, …pero esto es increíble… la voz de acero del guardia civil a continuación, Deténgase ahí a la derecha, señormadre mía, madre mía, la que me va a caer, y a qué hora saldré de todo esto, por favor, quién me mandaría salir a mí hoy, de verdad, deeee verdaaaad, y cómo le explico yo lo de los papeles,  jooder, joooder, dios mío, esto es pesadilla, no puede ser.
     
   Ya lo creo que podía ser. En tres pasos el civil se acercó al Astra. Se inclinó contra él para enjaretarle a un palmo el rostro de poetastro panoli y le inquirió: “¿Ha bebido?” No le preguntéis al vate cómo era el civil porque es que no lo “veía”. La voz cortaba, eso sí. Había oído que a los de tráfico, si les niegas de cuajo la evidencia, te hacen trizas entonces. “Sólo una, señor”, y elevó ante el guardia el índice con cara de busterkeaton. “Ponga esto”, y le lanzó al regazo un envoltorio de plástico que bien podía ser el de un preservativo. La bolsita le bailó entre las manos cual pastel recién salido del horno.
   
   Era el pitorro a introducir en el alcoholímetro. El poetastro ni siquiera acertaba a romper el envoltorio, mira lo atacadísimo que iba. Ahora si que estoy perdido, se dijo, abatido del todo por dentro, pensando que el guardia interpretaría su tembleque –semihistérico cuando quería pasar flemático- como palmaria prueba de su “cocimiento”. Tuvo el guardia que ayudarle a desgarrar el plástico. Le señaló la boca abierta del alcoholímetro. “Métalo aquí”. Eso se dice muy bien, cabronazo, pensó, sólo lo pensó, pero su mente, mientras forcejeaba con el adminículo del demonio, era una banda continua con luminosas letras rojas, esas de los supermercados: POSITIVO-POSITIVO-POSITIVO-ENSÉÑEME EL PERMISO-ENSÉÑEME EL DNI-¿TAMPOCO?-TE VAS A CAGAR CHAVAL-COCHE INMOVILIZADO-MULTAZO-MÁS MULTAZO-MÁS MULTAZO-TIENE DERECHO A UNA ÚLTIMA LLAMADA- ESPOSAS-COMISARÍA-MADRUGADA-VERGÜENZA-¿Y EL BLOG?-POSITIVO-POSITIVO… de nuevo tuvo el guardia que auxiliarlo, arrugó el bigote ahora, le espetó entonces: “Coja aire y sople hasta que yo le diga, no deje de soplar”.  
    
   Cómo se puede soplar cuando por dentro estás muerto. Se puede, se puede. El poetastro sopló y sopló –afuera sólo había noche; ni estrellas, ni barcos, ni platillos volantes, ni viento ni cometas, había sólo noche-, sopló dentro de aquel infernal cacharro, globo que no se inflaba… hasta que éste pitó y pitó en alarma intermitente. Ahí lo tienes, cantó ya el soplón, pensó. Con un gesto seco le apartó el guardia de la boca el medidor y se retiró a leerlo. Ahora sí que ya, por completo vacío, extrañamente entregado, corderito a punto de ser degollado, inclinó el poetastro la testuz contra el volante, con los ojos bajos, esperando sólo escuchar la sentencia que diera la orden a la cuchilla de la guillotina… “Puede continuar, tire”, le dijo entonces el guardia civil. ¡No había dado! Reemprendió como pudo el poetastro la marcha dentro de su Opel. Sin música. Sin firmamento. En absoluto silencio. No se lo diría jamás a nadie, pero, a sus añazos, una detrás de otra, incontenibles, le caían por el rostro lágrimas.  




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)



  

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