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miércoles, 9 de febrero de 2011

Zapatero y Merkel, ¿tango o tongo?

    
      Me decía el otro día César que estaba él deseando que una mujer alcanzara el Poder. Y en éstas llegó la Merkel. Venía con ganas la germana, sobre todo de pillarse por banda y cepillarle un poco las mallas negras del déficit a ya sabes tú quien. Se nos murió entre medias María Schneider desempolvando con su ocaso El último tango en París. Nos lo puso en bandeja, claro, a los escribanos amateur sin mucha imaginación: Ángela y su último tango en Madrid. Pongamos entonces a prueba ahora la procedencia del símil facilón.
     Primero y punto principal: para mí, con todos los respetos, Merkel es aquí Brando y Zapatero es la Schneider. Veámoslo. La peripecia biográfica de Angela es, como la atormentada vida de Marlon en la peli, todo menos sencilla: hija de un pastor protestante en una nación dividida por un muro soviético, nacida en el Oeste, aunque la mayor parte de su existencia vivida bajo la dictadura comunista de la parte oriental, en cuyas juventudes militó, doctora en física, hubo de abrirse paso entre la férrea desconfianza de los mamuts democristianos occidentales hasta llegar a ser la primera mujer canciller en la Historia de su país. Sus políticas llegaron a catalogarse de “fracasadas”, -Brando es también allí emblema del fracaso vital- ay, hasta por el mismo Zetapé, que tenía a Schroder como más afin partenaire entonces, a semejanza del radical novio cineasta que María gastaba en el film. Y es muy posible también que algo de la juvenil frivolidad chic y de ese Viento cursilongo que la Schneider pasea por París también impregnen los mismos aires zetapeicos, como la propia imagen de las mallas negras en Seúl vendría a reverberar. Cuando era Angela sólo una fracasada, a Zp le hacían hasta efímeras películas italianas dándole vivas a su mismo nombre en el título, tal era su auge entonces.
    
      Mas como en los violentos giros del tango, cambiáronse  las tornas: Merkel llegaba ahora a Madrid como un vendaval del deseo –tranvía marloniano again- derechita hacia Jose Luis, ansiosa por aplicarle disciplina germánica en las carnes a cambio de subvenirle sus caprichitos presupuestarios. Y éste, que eligió perderse ni un solo baile del Poder, habíase rendido ya, como si la sombra del fracaso hubiérasele ahora adosado a la piel y deseara abrazarse como fuera al oscuro magnetismo brandiano de la alemana.
     En el heterodoxo tango que se marcan en el film, Brando arrastra hasta la pista a la Schneider subida a las espaldas, montada a caballito encima de él. Ella quería y a la vez no quería, un poco como a Zapatero le pasa, que sabe de sobra él que trenzar su cuerpo con el de la estricta alemana, supone, ay, dejar como falsas tantas ideas y tantas promesas que por encima de su cabeza había jurado ante todos ni bajo tortura abandonar. Podría haber optado Zp, siendo fiel a sus ideas, por irse a su casa y ya está, pero debe ser la erótica del bailoteo del Poder muy potente bebedizo que a las mejores cabezas seduce, y las llamadas nocturnas de Angie tironeándole de las sisas doblegaron al cabo su voluntad. Se sacrificaría él por la patria –que antes aseguraba él que era la suya la libertad, tócate los vigalondos-, cual núbil ofrenda inmolada a la desatada lujuria de la Bestia de los mercados.
    
     Bailan y bailan Marlon y María su tango final, y por momentos lo hacen pasmosamente bien, porque Brando, inmenso, controla de primera ese deslizarse. Dijo Angie en paralelo que Zapatero, con sus pensionazos, con sus recortes, con sus marcha-atrás, “está haciendo bien los deberes”, vamos, que se acopla bien su triste figura a la suya, que le dice ella… ¡de rodillas y brazos en cruz cara a la pared! y Jose Luis cumple, (“España …-dice él, tal vez confundiendo su nombre con el de su país- demostrará que sabe ponerse en pie”) y la presión de la música terrorífica de los mercados, cierto es, por momentos cede. Y con qué fijación le miroteaba Merkel a Zetapé las suyas partes malladas. 
    
     No, no-seré-yo (gracias, again, Sabina) el que extienda el paralelismo ahora de la mantequilla por do más pecado había, que Brando le endiña a la Schneider para que se trague ésta todo su embolado programático, con la severa danza de ricino que Angela encasquetóle en Madrid a Zapatero. Eso se lo dejo a los capitostes liberados del sindicalismo patrio.
     Me decía también César que los hombres no sabemos hacer caídas de ojos como las chicas. No estoy seguro de ello. Hay que reconocerle a Zapatero que, el gris azulado de sus pupilas, su carita, enfocada desde un par de precisos ángulos, tiene un primer plano arrasador, que no pocos apoyos le ha regalado. Cuídese, pues,  frau Merkel, mire que el tango tiene infinitos e iracundos giros, y a pesar de la mantequilla, recuerde bien cómo termina la función de Bertolucci, ese pestiño insoporteibol, que dicen los que de esto saben.