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lunes, 16 de enero de 2012

Amigos para siempre y DIEZ


  
     Bueno, el jodido ciego estaba al fin a salvo. Y yo también. Saqué mi billete, pasé el torno, como cuando los vaqueros del Oeste pasan el río, y… allí, haciendo corro, esperándome, estaban mis cincuentones amigos. “Joder, José Antonio, ya pensábamos  que te había pasado algo”. Y de una forma bien extraña, -puede también que los efluvios del festín al unísono liberados coadyuvaran a ello- fue como si a la vez hubieran cavilado todos que acababa yo de llevar a cabo una heroica gesta (¡), pues, sin excepción, es decir, incluido el propio Soto, se arremolinaron entonces alrededor de mí y todos a la vez me abrazaron. Nos fundimos en un abrazo colectivo, que acaso fuera con todo, y mira que se habían dado en el día paranormales epifenómenos, el más extravagante de la jornada. Qué pensarían cuantos nos vieran. Panda de talluditos lunáticos.
     
    Cuando así estábamos, antes de separarnos y de tomar cada uno la linea correspondiente que nos devolviera a nuestras particulares vidas, formando en aquel pasillo una piña todos -quizás la nostalgia anticipada de la inmediata separación desatara de forma inconsciente el abrazo- en un instante deseé que el organista bisojo de la ida allí mismo entonces compareciera y tocara una vez más, indiferente a todo y a todos, las maestosas notas del adagio de Albinoni, que tan bellas de él  salían, y que con ellas de la cabeza a los pies nos sahumara.
    
    Más tarde, cuando caminaba yo solo, de vuelta a casa por uno de aquellos larguísimos pasillos, comprendí que hubiera sido una innecesaria redundancia, como una postiza moralina de película malorra. Además, que era un guiño culturalista perfectamente estúpido. Tenía en la cabeza, como en una pantalla simultánea, el surtido repertorio de incidentes del día, esa avalancha de Vida que a la mía había alcanzado: sol de noviembre en el rostro-balada agridulce de Jimmy-love story subterráneo-aeronáuticos recuerdos-reencuentro con los camaradas facultativos-el festín de Juan Luis-la lluvia en el rostro-el ciclópeo ciego-la melé de los abrazos-los adioses.
    Ya no estaban conmigo los míticos sabios griegos, mis amigos, arrancados de la película del Pasado para hacerse de carne y hueso ante mis ojos, problemáticos y cómplices al tiempo, como la misma Vida lo es. Les echaba ya mismo de menos. Me sentía de nuevo, como a la ida, a la vez dichoso y apesadumbrado en extremo. Quería y no quería regresar a casa. Pero, ¿querrás saber, lector, cuál era de verdad la canción cuyos compases martilleaban una y otra vez las paredes de mi perola, que tenía yo que reprimirme las ganas de ponerme a saltar y cantarla como loco por entre aquellos laberínticos corredores metropolitanos plagados de conciudadanos míos?  ¡Los Manolos! Ese temazo suyo, los amigos para siempreeeeeh. En fin, sea.

domingo, 15 de enero de 2012

El oráculo de mi impericia NUEVE


    El de Metro, superado por mi súbito trabalenguas, de pronto palideció, arqueó delante de mí las cejas… y estalló en carcajadas. Se tapaba la cara con las manos. Las risas es que le doblaban los riñones. “Pero qué cabrón, ja, ja,já,  qué guasa gasta aquí el intelectual, el desencabronador que le… anda, vamos pallá, tira, salao”  todo eso me dijo, y enfiló, y yo tras él, los más de cien metros que en diagonal casi nos distanciaban del gesticulante ciego. Avanzábamos entre la riada de gente, temiéndome yo lo peor, que algún inocente yaciera ya espachurrado bajo la infernal máquina de los billetes.
     
    En realidad, el hombre, después de arrear un par de derechazos a la máquina, había permanecido allí, aunque con inalterado gesto de iracundo desagrado sobre las pupilas opalescentes, como el funesto oráculo de mi impericia. El de Metro extrajo de su propio monedero el importe, sacó los billetes y se los dio al ciego. “Más tarde recuperaré la guita” farfulló el metrero.
     
    No sé, hubiera querido abrazarme entonces, aunque ni en sueños podría abarcarle en toda su contextura, a aquel coloso que no podía verme, disculparme así por mi torpeza y ofrecerle la reparación de mi olor a vino elitista sobre el suyo guerrillero. Pero elevó él su puño cerrado sobre mi cabeza de chorlito y fue como si más aún  clavara las pupilas blanquecinas, surcadas ahora por tensos afluentes azulados, en las mías. “Gracias, pero me ha hecho usted perder diez minutos preciosos, a ver si la próxima vez nos fijamos un poco más, so huevón ”, masculló el ciego y desapareció tras los tornos. “Habrá quedado con la tronca” me apuntó el sonrosado metrero, encogiendo los hombros con gesto de coña añadido. Le agradecí su vital actuación, y volvió éste sobre sus pasos, tronchándose en un espasmo de risa a  mitad del camino, no sé si acordándose de mi speech desesperado, o de las desaladas trazas mías.
     Bueno, el jodido ciego estaba al fin a salvo. Y yo también. Saqué mi billete, pasé el torno y…CONTINUARÁ

sábado, 14 de enero de 2012

Qué hacer, que decía Lenin OCHO

    
    “Verá, señor, ha habido un desafortunado error, pero no se preocupe, que enseguida voy al encargado de Metro que está ahí mismo y se soluciona todo”. Y, como en los dibujos animados, Correcaminos versus Coyote, con desconocida habilidad en mí -puede que pervivieran un poco más los efectos de los licores del festín- me zafé con soltura de la llave del ciego sobre mi brazo y encaré el amplio vestíbulo.
     
    Le había mentido al ciego, claro. Al de Metro no se le veía por ningún lado. Entraba un reguero tras otro de gente bufando a la estación, con ganas de enganchar el vagón que les llevara a casa. Nadie allí iba a hacerme ni caso. ¿Qué hacer?, que decía Lenin. Me sentía desfallecer. Deambulé medio en coma por allí. Desde lejos me pareció ver ya al ciego aporreando a patadas la máquina de tarjetas. Pregunté a un ambulante andino, que sobre su mismo brazo vendía pulseras de reflectantes colorines. Sin pestañear me indicó con el índice hacia unas puertas grises a su derecha, y… al lado de unas máquinas de bebidas, oh, Manitú, allí estaba la chaqueta roja del hombre del Metro.
    
    Le conté todo muy rápido, no fuera a ser que el ciego anduviera ya con la máquina a cuestas lanzándola a bulto contra el clamor de la gente, que no dejaba de entrar. El de Metro, que además de la chaqueta tenía la jeta roja, como si también él empinara el codo –oh, panetílica tarde- juró en arameas imprecaciones: ej que… ahora mismo, joder, estoy solo, no puedo dejar esto, ya ve todo lo que hay, no tengo la llave, es que ya podía usted haber mirado antes, coño, que ej que también manda huevos… no puedo. Le dije entonces muy solemne, “mire señor, el ciego está encabronado, quién le desencabronará, como no vayamos ahora mismo a desencabronarle, el muy cabrón matará a alguien y luego a usted mismo ALGUIEN le va pero que muy bien a encabronar, ¿me entiende?...”.
CONTINUARÁ

viernes, 13 de enero de 2012

Ensayo sobre la ceguera mío SIETE

   
      No las tenía yo todas conmigo –mi natural, lector, tiende al canguis, puro Curro Romero que uno es ante el miura de la vida- pero, acaso aupado sobre los vapores aún actuantes del festín, y deseoso como estaba por demostrarle a Soto mi innato altruismo hacia la Humanidad, para nada incompatible con mis ideas facciosas, me adelanté a atender el requerimiento del ciego descomunal. “Sí, cómo no, señor, por supuesto, señor”. Tomé de su mano las monedas –me llegó desde el tabardo del ciego cierto aroma a vino muy guerrero-, ni siquiera le pregunté por qué quería dos billetes si estaba allí él sólo, giré sobre mis talones e introduje las monedas por la ranura.
     Me pareció de reojo que una aviesa sonrisa se dibujaba entonces sobre la cara del ciego. Pensé que sería ademán de agradecimiento. Sólo que… qué cojones ocurría allí …que ni las monedas, ni los billetes, venga a pulsar yo todos los botones y a toda leche… y la jodida máquina no me devolvía nada. Transcurrían los segundos, que eran siglos, tocaba yo aquí y allá… y que nada. Empezó el ciego, como los toros en la plaza, a remover impaciente los pies sobre las baldosas. Imploré con la mirada la ayuda de Soto… Pronto se percató él del verdadero intríngulis del asunto: “tío, esta máquina es sólo para tarjetas, joder”. Mastercard de Soto antes y máquina de tarjetas precisamente ahora, subrayado sobre subrayado… en otra situación hubiera dicho yo que degeneraba la cosa en vodevil, que el guionista en las alturas estaba de lo lindo patinando. ¡Mas era toda y nada más que la real realidad!  “¿Qué ocurre, qué pasa con mis billetes?”, bramó el ciego, sólo a un paso ya de mí.
      

    Pensé en dos segundos siete cosas a la vez: ostias, no sé si con los tres euros que me quedan tengo para pagarle al ciego los dos billetes más el mío, ni de coña, la he cagado, o sea, la he cagado pero bien, y si fuera todo esto un truco habitual del ciego para con el panoli de turno y con las prisas sacarse unas monedas, y si el ciego de un puñetazo me estampa contra la máquina de los billetes, por ver si de este antiguo modo le escupe ésta sus monedas,  y si salgo corriendo y paso de todo, y si me detiene la policía por aprovecharme de un pobre invidente, y si... Uff.
     Menos mal que estaba allí Soto. Me dijo: a ver, hombre,  búscate al tío de Metro, que estará por ahí, y que te abra la máquina, que saque las monedas y ya está, joder. Oh, gran Soto, me dije, se necesitan en el mundo personas como tú… Sólo que el muy rojo, en vez de quedarse allí con el ciego mientras hacía yo su mandado, acto seguido y sin encomendarse a Lenin, acaso pensando que era todo ya cosa de nada, sacó su billete de la máquina de al lado y enfiló hacia los tornos. ¡El hijo de la gran URSS!
     Allí que me vi, yo solo frente al gigantesco ciego. “¿Qué demonios ocurre?”, me chilló ya esta vez, tomándome a la vez del brazo y envolviéndome del todo entre su vinoso hálito... CONTINUARA

jueves, 12 de enero de 2012

¿El fin de los cincuentones? SEIS

    
    Yo miraba la mesa redonda, las orlas polícromas de los platos, las espirituosas botellas, los manteles bordados, les miraba a ellos, mis siete (contando conmigo) amigos universitarios, como los míticos sabios griegos,  licenciados y periodistas, bueno esto último Soto sólo. Bebí otro sorbito de agua, respiré jondo, como Camarón en su isla, y me dije… detente bala, no tiene ningún sentido… Nada de lo que puedas aquí decir serviría para nada. El Capitalismo nos está matando, yes.
    Y para absoluto estupor mío ya, cuando ajuntábamos los cuartos todos para pagar el convite –me sobraban, en efecto, tres euros- , sacó Soto de su elegante cartera de cuero una Master Card, tan resplandeciente de argénteo y maléfico brillo, que temí quedáramos allí todos ciegos de repente. ¿Ciegos, he dicho? Apuramos los licores y prometimos solemnes los cincuentones volver a vernos todos dentro de otros treinta años, pues, es de suponer, el comunismo nos mantendría tan bellos y jóvenes como en el presente. Afuera era ya bien negra y fría la noche.

¿Recuerdas, lector, la única noche de este invierno en que sobre los Madriles llovió con ganas? Pues esa misma era la noche novembrina en la que los cincuentones creían poner término a su festín. Habían entrado al mismo,  radiantes infantes, con el sol bajo el brazo, y del mismo salían entre la lluvia, calados ya casi de Amistad, como espejos vetustos que perdieran el azogue. Cierto que las nubes vespertinas habían adelantado al principio la tarjeta de su aviso. Caminábamos hacia el Metro algo friolentos, con las solapas de las zamarras alzadas y sin muchas ganas ya de hablar, en una ciudad a la que la lluvia confería vagos aires portuarios. Personajes de Onetti, vamos.
     Parecía el tiempo atmosférico un correlato demasiado obvio de lo que allí había ocurrido, como el propio de una película mediocre, pero era la  triste verdad. Bueno, siempre en los fiestorros pasa un poco lo mismo, tienen su punto crítico, ese en el que parecemos tocar el cielo con los dedos, a partir del cual resulta imparable el declinar. ¿Es acaso la Vida igual? Dímelo mejor tú, lector mío.
    
    ¿Eso era todo? A esas horas la estación era un hervidero de gente regresando a sus casas, maremágnum espoleado, si cabe, de prisas, y del sacudir de centenares de zapatos contra el suelo por causa de la lluvia. Por puro azar escenográfico -quizás fuera necesidad, necesidad del embromado guionista que desde arriba movía los hilos- me paré a sacar el billete en las máquinas junto a Soto. El resto, como ímprobos funcionarios, poseían el salvoconducto de su abono y se nos adelantaron en el paso de los tornos.
     Estábamos frente a la máquina, buscando en el bolso las monedas de rigor, cuando a nuestra espalda, un ciego de una estatura descomunal –de esos que tienen veladas las pupilas en un blanco opalescente, como aquellas canicas de la remota infancia- nos interpeló a voz en grito: ¿Pueden sacarme dos billetes de ida y vuelta? Miré a mi alrededor y la gente pasaba a la carrera entre medias de nosotros, salpicándonos, sin darse nadie por aludido. Además, que el enorme ciego –su irrupción si que era un subrayado demasiado explícito al brillo maléfico de la MasterCard del festín, la confirmación de que, en efecto, sólo un mediano guionista movía nuestros pasos, salvo que no otra era la poco verosímil, de acuerdo, pero implacable realidad-  nos miraba sólo a nosotros, como si pudiera vernos. Y no era su expresión la de un ciego bondadoso de telefilme de sobremesa, no. Parecía, con su pelo algo alborotado y a medio afeitar, su corpachón considerable y su fiero gesto, que casi nos lo estuviera ordenando. Avanzó un paso hacia nosotros con el brazo extendido...CONTINUARÁ
    
       

miércoles, 11 de enero de 2012

La Comida de los Ilotas CINCO

    
    En ese momento, con cabeza gacha, otro de ellos confesó: “yo soy militante desde hace veinte años del Partido Popular, interesaba para cosas de mi Pueblo y ya está… pero ahora… es que no puedo ni verlos”. Uff, pudo escucharse allí el brinco de aquellos nobles corazones. Le interrogó en primera instancia alguien con verdadera alarma en la voz, para  declamar después consternado: “Armando ¿en serio que eres militante del PP? Tío, me has dejado helado”. “Sí”, continuó éste, y ahora levantó con decisión la testa, “pero ahora me han quitado injustamente del puesto que me correspondía para colocar a un recomendado y pienso denunciarles, así que, Juan Luis, tú entérate en lo tuyo y dime con quien de la UGT tengo que hablar porque voy a muerte contra ellos”, dicho lo cual parecieron retornar las aguas al cauce de la alegre normalidad.
     “Las cosas van a seguir igual que antes”, remachó Juan Luis. “Bueno, es posible, pero habrá que verlo, no son lo mismo cinco millones de parados que cinco millones de empleos”, sólo eso, lo juro por el gran Tomaso Giovanni Albinoni y por su Adagio, se atrevió entonces a sostener el faccioso que en mí habita. Tomé un sorbito de agua del delicado copón que tenía delante. ¡Ostias!  Si hubiera soltado yo allí que era violador o atracador, no habría notado el filo de tantas miradas asesinas convergiendo sobre mi gaznate. 
    
    De pronto se cargó la atmósfera de una  electricidad indignada. No fumábamos allí nadie, claro, pero diríase que nos envolvía ahora una densa y viciada bruma. Creo que hasta las copas vibraron y desprendieron de sí arpegios como de navajas afilándose. Me pareció por el rabillo del ojo ver que Higinio ordenaba a los camareros rondantes que se esfumasen. Él mismo, como en los westerns malos, desapareció tras una puerta.
     Fue Soto, el más preclaro triunfador de los pelagatos allí presentes, claro, el encargado de darme la réplica: “Mira, tío, está claro: el PSOE es la Derecha, y el PP es la Extrema Derecha, él único que defiende aquí la Democracia es Izquier
da Unida, en los países comunistas se vive mucho mejor que aquí, tengo muy claro que es el Capitalismo el que nos está matando. Nos esclaviza, tío”.  
     Yo miraba la mesa redonda, las orlas polícromas de los platos, las espirituosas botellas, los manteles bordados, les miraba a ellos, mis siete (contando conmigo) amigos universitarios, como los míticos sabios griegos,  licenciados y periodistas, bueno esto último Soto sólo. Bebí otro sorbito de agua, respiré jondo, como Camarón en su isla, y ...    CONTINUARÁ

domingo, 8 de enero de 2012

Los amigos de Juan Luis, el Reencuentro DOS

     
     Encontrarse con los viejos amigos, a los que hace mil años que no se ve, tiene siempre algo de chute estupefaciente. ¡Qué alegría más desbordante se desata de golpe y por todo el cuerpo al verlos! ¡Qué espontáneos achuchones entonces! Quizás, al abrazarse con esa fuerza, en realidad está uno a sí mismo en espíritu estrechándose, apresando en los viejos amigotes las pruebas vivientes de que uno vivió, de que alguna vez se fue joven y tal, aspectos éstos que siempre gusta corroborar para no sentirse perdido del todo uno en medio del marasmo que es la vida postmoderna, que si además escribes un blog, ni te cuento ya. Sí, es seguro que, con los energuménicos brincos de reconocimiento que pegamos, pareceríamos a ojos de extraños estas dos cosas solo: o trastornados niños de cumpleaños o cincuentones haciendo el indio. Así de rara es la vida: no se entiende muy bien, si tanto nos queríamos, cómo era posible que lleváramos la mayoría treinta años sin vernos.
     Tuvo que ser Juan Luis quien pusiera la guinda al pastel: “¡cabrones, no habéis cambiado nada, estáis exactamente igual!” Es verdad, es verdad, reverberaron algunas voces en eco al líder. Era mentira y gorda, claro, pero es que el efecto del chute aún nos duraba y hacía invisible la ineludible devastación, el estrago que la Vida –que es Tiempo en fuga- siempre consigo arrastra. Pelo, estómago, dientes, piel, rictus, gafotas, cada quien cojeaba de según que peana. Creo que se refería sobre todo a los gestos propios e íntimos de cada uno en la cara y en el cuerpo al hablar, al gesticular y moverse. Y en eso llevaba toda la razón, ahí seguían esas muecas personales y características de cada uno, el hilo conductor y el reducto cierto de nuestra individualidad. Conservaba Juan Luis, por ejemplo, intacto el sello de su impulso arrollador.
     Así es que, como era previsible, al punto empezamos a rememorar, convenientemente manipuladas, claro, para salir bien todos en nuestra película, las gestas (que si Lydia Lozano, que si Jesús Maraña, que si tal y cual profesor idiota, que si aquel examen de coña) de nuestro indomable pasado. ¿Te acuerdas Juan Luis el día en que tú solito en el abarrotado salón de actos te atreviste a enfrentarte a toda la asamblea de ultraizquierdistas de Kaos, -aquellos Indignados avant la lettre- sin importarte un pelo los multitudinarios abucheos teledirigidos? Porque Juan Luis era entonces un anarquista naif por libre con una gracia seria que no se podía aguantar.  
     Claro que, una vez festejadas las proezas del Pasado siempre mítico, enfriados ya los palmetazos iniciales, disipado el éxtasis, es decir, a la media hora más o menos, el inexorable ajuste de la Realidad empieza a pasar su factura. Para empezar, ni están todos lo que son, ni lo otro, es decir, alguno de los más íntimos amigos no acudieron a la pira de la Amistad y algunos de los que acudieron ni nos conocen ni les conocemos más que de refilón. Además, que han pasado treinta años, que muchos nos hemos perdido entre tanto la pista, que con la Crisis a cuestas según de qué cosas es mejor no preguntar. Entonces la traca inicial languidece, empiezan las miradas al suelo y los amagos de silencio… que a su manera reparó Juan Luis, “chavales, vamos a comer pero ya, que se nos va a hacer tarde”. Vamos todos tras él, claro. Cuentas entonces: siete camaradas facultativos del Periodismo en total, idéntico cabalístico número al de los legendarios sabios griegos... CONTINUARÁ