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jueves, 1 de diciembre de 2011

Diatriba de Amor de Jéssica Bueno (Así fue)


     
      Y sólo por recrearnos un instante en este rara victoria del Amor sobre la Materia, y porque no sea tan fugaz la apacible brisa con que el alzado de su triunfo nos vigoriza el ánimo, intentemos reconstruir el crucial momento en el que, atrapada entre el vértigo inmediato de la Carne y el hondo campanilleo del Amor, tuvo nuestra romántica heroína, que por Jéssica Bueno atiende, que romper lazos con el bello Feliciano, pues el Amor de Paquirrín con más fuerza la llamaba. Cuenta la leyenda que le sobrevino entonces a Jéssica un rapto de inspiración y que ante un Feliciano atónito –oh, fulminante muerte súbita suya, infeliz Feliciano allí- arrancóse ella a cantarle algo que, de forma incluso para ella misma misteriosa, de muy adentro parecía nacerle:
     
      “Perdona si te hago llorar, perdona si te hago sufrir... (y bien se ve desde el inicio la nobleza que Jéssica alberga, y antes que nada implora a Feli su compasión, conocedora de que la pena que causa el desamor es sólo comparable a la plenitud que el amor otorga) …pero es que no está en mis manos, pero es que no está en mis manos, me he enamorado, me he enamorado … me enamoré (que es Amor llama tan poderosa que aniquila otras partes de nuestra voluntad y parece en volandas arrastrarnos hasta que nos descubrimos prisioneros de sus redes, qué hermoso ese “me enamoré” como en inevitable derrumbe ante el milagro del Amor) …Cómo decirle que te amo (penúltimo balanceo de la heroica decisión, como si la apabullante corporeidad de Feli mantuviera su tentador reclamo para Jessi)  …si él me ha preguntado, le he dicho que no, le he dicho que no (pues, por más que los enamorados parezcan becerros lerdos, conservan un átomo de razón y con lógica Paquirrín ha inquirido, queriendo conocer el terreno que él pisa, mejor dicho, que besa) Soy honesta con él y contigo, a él lo quiero y a ti te he olvidado (no caben medias tintas ya, y el estatuto de la realidad aparece con claridad definido, Paquirrín querido, olvidado Feli, poor Feli)  Si tu quieres seremos amigos, yo te ayudo a olvidar el pasado (pasaje en el que vuelve a mostrarse la bondad intrínseca a Jessi, que ofrece reparación al estupefacto Feli, hasta hace un momento tan omnipotente él) …no te aferres, ya no te aferres, a un imposible, no te hagas ni me hagas más daño (casi podemos ver el más completo desconcierto en el rostro de Feli, incapaz de comprender lo que Jessi le está anunciando) Tú bien sabes que no fue mi culpa, tú te fuiste sin decirme nada, y a pesar que lloré como nunca, yo seguía de ti enamorada, pero te fuiste, y que regresabas no me dijiste, y sin más, nada, ¿por qué? No sé, pero fue así, así fue (y con qué dolida energía muéstrase aquí a las claras la naturaleza desigual de la relación que a ella ataba con Feli, montada alrededor del entero capricho machista de él, tan seguro de sus físicos poderes de seducción que a su antojo y sin explicación la trataba) Me propuse no hablarte ni verte, y hoy que has vuelto, ya ves, sólo hay nada… (espléndido el cómo en dos pinceladas compendia Jessi todo un tratado feminista sobre cómo “rehacerse”, cómo reconstruirse una ante el varón dominador, enarbolando la decidida voluntad, no hablarte, no verte, y ahora, qué creías, soy ya otra persona, entérate bello Feli: sólo hay nada, en fulgurante síntesis) Ya no te amo (definitivo rótulo sancionador de la realidad) Me he enamorado de un ser divino (enamorado, sí, en Amor vinculado con un ser que atesora atributos especiales, superiores a los tuyos, Feli, los propios del espíritu, los de la misma divinidad, porque sabemos también que así parece el Amado a los ojos de su amante, redondo, perfecto, divino) De un buen amor (de una amor atento y solícito, que nos hace a ambos mejores, en magnífica indirecta a ese otro “amor” egoísta, malo por egoísta, que antes ella le reprochó) Que me enseñó a olvidar y a perdonar (merced al cual pudo ella además superar el aguijón atravesado de ese amor desigual, que permite ahora, sobre la cima y la base de ese Amor declarado y explicitado, perdonarse primero uno mismo y ofrecer luego al otro perdón, el mismo perdón con que se abría este apretado vademécum  sobre el verdadero y buen Amor, canción del Buen Amor,  tras la cual se vislumbra que haría Feliciano mutis por el foro, mientras Jessi y Paquirrín, como en las pelis de Chaplin, desaparecerían de espaldas y hacia  el fondo de la pantalla, entrelazadas las manos). 
    

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Feliciano, Kiko Rivera y la Miss, una historia de Amor


     
      Podría pensarse que los crueles dioses del Olimpo, furiosos de envidia ante tanta humana felicidad, tramaron en las alturas hasta malograr en el vientre de la Miss la fecunda semilla que en ella vertiera el homérico Paquirrín. Deriva así en aparente tragedia lo que había sido hasta ese momento la más fabulosa historia de Amor puro y duro que jamás se viera. Es seguro que el Dante, Petrarca, Ariosto, Leopardi, qué se yo, la legión de los anónimos trovadores provenzales que tanto le cantaron al misterioso elixir d´amore, los delicados poetas románticos ingleses y alemanes del Diecinueve, las novelistas yanquis a quienes el “negro” de Ana Rosa Quintana plagia para que gane ellas el Ondas, la cohorte de blogueros ciberenfermos de poesía también, allá donde se encuentren todos ellos, habrían hasta entonces derramado  incontables lágrimas de felicidad por ver, en estos tiempos de la Mugre, al Amor tan Triunfante.
     
      Ah, esa noble convulsión de dos corazones a ciegas que de súbito se descubren latiendo al compás por encima de conveniencias y de  apariencias. Que no desean ya, por desiguales de hechuras que nos parezcan, separarse nunca más. Que mucho se aman. Y no se sabe bien a quien más encumbrar en el tierno idilio que entre ambos, como rosa en medio del témpano, brotó. Pues, si en las bruces con la Miss dejara mudo Paquirrín al inolvidable Cyrano, de poder éste desde alguna esquina contemplarlo, claro,  como romántica heroína no le anduvo ella a la zaga, inolvidable y emeritísima ya, y más que la misma Julieta de Shakespeare, cuando, en la plena peste de estos tiempos malhadados, por Amor prefirió ella embrazarse y hasta embarazarse con tan contrahecho galán, teniendo también a mano todo un bombón Feliciano. “Fue un amor a primera vista”, con temblor en la voz confesó entonces la espectacular Miss de Sevilla, prendadita de su no muy vistoso pretendiente.
      
     Sólo lo que Amor tiene de mágico filtro, que todo lo del Amado hasta lo indecible embellece y exalta, mejorándole en el trago la visión al amante enamorado, pues ve ahora por dentro él la verdad de esa Persona, mucho más allá del fugaz envoltorio que la oculta, sólo Amor, digo, puede arrojar a dama con tan escándalo de belleza en las corporales proporciones entre los brazos de tan oblongo y descabalado chalán. Más: el amoroso bebedizo destila en la historia de Jessica y Paquirrín la más exacerbada pureza, si consideramos que hallábase la Miss en trance de elegir también los achuchones de un superapolineo deportista, uno de esos Adonis tableteados que figura en la lista de los varones más desvergonzadamente deseados por la nación entera. Amor derrotó a Pulsión. Paquirrín desbancó a Feliciano, God save the Queen.
     Y cómo entonces, cuando el alma y el favor de la Miss volcáronse enteros sobre el cántaro abombado de Paquirrín, las mieles todas de una Miss sobre esas trazas de picador de toros en eterno y jocoso paseillo, de orondo estibador de parranda, cuánto entonces, digo, todos los feúchos y feúchas del mundo por reflejo hubieron de sentir con ese increíble romance en algo aliviado su infortunio, negrísimo y crucial revés en estos tiempos despiadados, en los que mandan sólo las contingentes formas. Todos somos Paquirrín. Jessica Bueno se llama la buena moza, y de Justicia es no olvidar ya su entero nombre, que si es el propio cosa de la infausta moda, a fé que le hace honor el apellido a su querencia enamorada, el eterno sentir que palpita en los más elevados momentos de la Humanidad. Cuánto anhelaríamos por eso qué la prima materia sobre la que la historia de Feliciano, Paquirrín y la sevillana Miss se asienta, fuera la verdad y nada más que la verdad. Quedaría entonces mejor hecho el mundo.