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lunes, 9 de julio de 2012

The remains of the day (Poessía veintinueve)





Emma, Emma, amor mío
luz alta de tus pómulos
tras el libro de mi corazón,
tras la clave del cofre oxidado
al fondo de un mar detenido,
tu mano, mariposa de fuego,
posándose sobre la mía
alborotándola de aleteos,
besar primero tus dedos
besarte mil veces la frente
cubrirte de besos las sienes
entre miles de libros muertos
sacarte la blusa a empellones
cimbrear contra el tuyo
el vértigo de mi cuerpo reciente,
sobre veladores vetustos
con  ímpetus de corso furioso
el mundo tuyo acometer
el fruto de tu pelo
entre mis manos serviles
la carne viva de tu cuello
lo rojo de tus labios
las zarzamoras que te brincan
por entre los pechos,
el tambor de tus caderas
las flores que te gritan en el vientre,
toda tú a mi merced
a la deriva tu cuerpo entero
del huracán en amores roto
contra ti sin pensarlo desatado
que en mi yerma despensa
Emma, Emma, mío amore,
de tu mano libre se irguió.   



Post/post: gracias, Juante, amigo, por tu muy oportuna reflexión, ya sabes, como ahora se dice... esto del Internete... es lo que hay, GRACIAS.



domingo, 8 de julio de 2012

Congeniar tan fácilmente


    
   Tras la conciencia del descalabro existencial en que ha consistido su vida, de la imposibilidad de darle la marcha atrás al reloj del Tiempo y recuperar así el amor de Emma, en los últimos compases del libro, y no de forma azarosa, encuentra Stevens consuelo… en cierta apertura a la humilde alegría que el mundo y las gentes a nuestro alrededor, si acertamos a verlas, nos proporcionan. De la excluyente dedicación a su Señor y a su profesión –que tampoco son tiradas por la borda- le vemos transitar hacia una discreta celebración de las gentes sencillas y a un moderado goce lúdico que también la Vida puede ofrecernos.
   De forma significativa le sitúa Ishiguro en el muelle del puerto de la ciudad a la que viajó para reencontrarse con Emma. Si toda su vida ha discurrido entre los sólidos muros de una mansión, a ella adscrito y en ella enclaustrado, se encuentra ahora Stevens en el lugar por excelencia de la movilidad, el de continuas partidas y llegadas, al aire libre suelto.
   
    “Acaban de encender las luces del puerto y, detrás de mí, todo el mundo que pasaba ha recibido el acontecimiento con una fuerte ovación. La tarde sigue llena de luz, una pálida luz roja que ilumina el cielo… Me he vuelto para observar más de cerca a esta multitud que reía y conversaba alegremente detrás de mí… Al escuchar sus conversaciones, he comprobado que no se conocían y que simplemente habían coincidido aquí. Por lo visto, se han parado un momento al encenderse las luces, y después se han puesto a hablar entre ellos. Ahora, mientras les observo se ríen. Resulta curioso que la gente pueda congeniar tan fácilmente y con tanta rapidez… Después de todo, y pensándolo bien, no puede ser un pasatiempo tan estúpido, especialmente si resulta cierto que el gastar bromas es la clave del calor humano.”
   
    ¿Quieres saber lo que entonces pensé, lector mío? Que el cabrón del nipón en esos párrafos había prefigurado también lo que hoy llamamos las redes sociales, y que esas multitudes festivas y vocingleras que aplaudían el encendido de las luces del puerto somos nosotros mismos rajando de acá para allá hoy en los globos de colores de los blogs, en el tururú vibrante del feisbuk, en el incesante tíovivo vivísimo del Twitter y del Internete, y que Ishiguro estaba hablando de miss Kenton y de Stevens, de su amor y de su desamor, vale, pero también de ti y de mi, de como quiera que se llame esto nuestro, como si hubiera en todos de todo.
   Vamos, que Lo que queda del día es mucho, mucho. Arigató, Kazuo, monstruo. (lo único que, puestos así, Señor Escritor, ¿no les quedaba aún un minuto a Stevens y a Emma, que tanto se amaban, para al final de todo haberse al menos mutuamente regalado un glorioso revolcón?) 



Post/post: gracias a George Orwell, a Kayla, a Winnie0, a NVBallesteros, a Inmaculada Moreno Hernández, a Norma, por además de escribir sus extraordinarios blogs, hallar tiempo para leerme y dejarme sus reflexiones, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.

sábado, 7 de julio de 2012

Anthony Hopkins, el Actor Total



      
   Pues sólo un Actor Total  puede ilustrar con tan completa perfección las pasiones extremas que desde un confín hasta el contrario agitan hasta desgarrarla la naturaleza humana: el que se recorre desde el Hannibal Lecter de El silencio de los corderos al mayordomo Stevens de Lo que queda del día.
    Nos cautiva un gran actor porque, reconociendo de sobra en nosotros esos humores que él recrea, sólo él nos los muestra y representa con una destreza y expresividad supremas. Acostumbran así la mayoría de los intérpretes a especializarse en la composición de un determinado tipo, un colérico, un guaperas, un neurótico, el que sea. Es como si las dotes de ese actor se volcaran con mayor excelencia entre los moldes de un determinado perfil, en el que a menudo, ay, suelen encasillarse o encasillarles. Pasa en la vida real lo mismo, ¿no?
   
    El arco interpretativo, sin embargo, que va desde Hannibal Lecter a Stevens el mayordomo circunnavega los límites caracteriológicos de lo humano: si encarna Lecter el desaforado magnetismo de un psicópata inteligentísimo y a la vez aterrador, dueño y señor pleno del Deseo más literalmente omnívoro, representa Stevens su más opuesto metafísico: la insensibilidad mineral, la renuncia a los sentimientos, la ausencia toda de Deseo a través de un sirviente sólo a su Señor y a su oficio simbólicamente encadenado. Extremos tan inhumanos como casi imposibles ambos, que sólo el inmenso talento interpretativo de Hopkins –y de sus directores- consiguen que veamos como creíbles y, oh sacro misterio, llenos incluso de una palpitante humanidad.
   Desborda al espectador el apabullante dominio actoral de Hopkins para unos personajes tan endemoniadamente físicos, siendo él ya algo más que un talludo cincuentón de sólo discreto envoltorio corporal, como si al cabo de su carrera hubiera alcanzado él la plenitud de su arte y ya una mirada suya bastara para hechizarnos. ¡Consigue horripilarnos como Lécter, y consigue helarnos el corazón como Stevens, y consigue que a la misma vez nos sintamos mucho más que fascinados por sus personajes, corderitas Jodie Foster y Emma Thomson, corderitos pascuales nosotros mismos.
   
    No hace de Anthony Hopkins, no, coloca todo su arte él al servicio de un par de personajes tan grandiosos como antitéticos, a los que sabe él engrandecer más aún. Actúa con todo el cuerpo, sí, más sobre todo es él un prodigioso hechicero de la mirada: si como Lecter incendia el mundo, la voluntad y la carne de quien le rodea con sólo mirarle, como Stevens sabe del todo vaciar la mirada y así traslucir la propia insensibilidad de su personaje, esa frialdad heladora tras la que diríase que desaparece, que es nada, que no es,  y que también tanto nos asusta.
      Le diríamos entonces al cabo lo mismo que su Lecter enamorado acababa por reconocerle a Claridge Starling: “El mundo es mucho más interesante con usted dentro… señor Hopkins”.




Post/post: gracias a Zorrete Robert, a Mari Paz Burgos, a NVBallesteros por sus ánimos, por bloggear ayer conmigo, GRACIAS.
    

viernes, 6 de julio de 2012

Anthony Hopkins y Emma Thomson dándole al Tema



   La ilustración cinematográfica que de la escena del Libro llevan a cabo Anthony Hopkins y Emma Thomson, dirigidos por James Ivory, me parece del todo deslumbrante. Puede que el lector la hubiera imaginado con una parecida intensidad, pero al verla con tal belleza representada –no otro, creo, es el misterio de la interpretación- más aún nos cautiva y nos prende en pos de  la historia.  
   Cómo Emma va encimando al mayordomo, con qué mezcla de determinación y de delicadeza a la vez, cómo le va pisando los terrenos y ganándole las distancias hasta finalmente arrinconarle contra la pared. Le mira entonces seria y, para quitarle el libro, físicamente al fin le asalta. Hopkins se deja hacer, todo lo más se lleva la mano a la sien, en íntimo ademán que suma al pudor  una precaria defensa. La tiene pegada a su cuerpo, puede oler su cuerpo, su pelo frondoso, tiene al alcance sus labios, esos ojos que con maravilla arrobada le están admirando.
   
    Entonces, y es muy precioso el verlo, le superpone Emma la palma de su mano derecha extendida sobre el dorso de la del mayordomo, que contiene el libro, muy simbólicamente aferrado junto al corazón, mientras con la otra mano  le va Emma -¡era otra Emma, Emma Bovary, la de Flaubert, quién también se atiborraba de novelas románticas, como el mismo Don Quijote con las caballerescas, como alimento espiritual para sus aventuras!- uno a uno despegando del libro los dedos, mientras Stevens, desarbolado, desarmado, sin atreverse a mirarla aunque viéndola más que nunca, parece como en místico abandono, como si hubiera dejado también él su cuidado entre las azucenas olvidado. Suena una música incisiva y tensa, penetrante, envolviendo el propio azoramiento de los protagonistas en esos terrenos pantanosos para ambos, pues están los dos desnudando su más íntimo latir.
   En el clímax emocional de la escena, en un instante desbordado de ternura, la mano derecha de Emma entrelaza sus dedos a la palma de Hopkins, al canto de la misma, aferrándose a ella, al tiempo que con la otra mano atrapa el libro, que él se deja quitar, como si al paso le entregara  el corazón.
   
    Suspira entonces Emma levemente y asistimos al debatirse interior de Hopkins entre intensísimos sentires opuestos, con el brazo izquierdo en el aire, oscilante entre el abrazo y el rechazo, que es lo que al fin se da. Recupera él con la otra mano el libro, la tristeza luego de Emma, derrotada, que se retira. Se tambaleó, eso sí, la glacial existencia del perfecto sirviente, la que durante un momento memorable, vimos en llamas. La del mayordomo sorprendido en la oscuridad leyendo novelas de amor.
Post/post: gracias a Juante y a Zorrete Robert -caímos, sí- por dejarme su reflexión, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.

jueves, 5 de julio de 2012

Cuando el Ama de llaves se abalanzó sobre el Mayordomo


     
    Me resisto, lector, aún a riesgo de resultar un plasta, a dejar a miss Kenton y a Stevens del todo separados. Me apetece mucho más recrear contigo la excepcional escena del libro que a ellos apiña, momento de verdad romántico y embriagador, y de alto voltaje sensual, si entre líneas se sabe ver. Bajo el envoltorio de un suceso en apariencia banal, y en el contexto de un código de férreos valores conservadores, es asombrosa la carga de transgresión de los roles tradicionales hombre-mujer que la misma contiene. No es que miss Kenton se insinúe, es que es ella quien toma la iniciativa y físicamente cerca y se “abalanza” sobre Stevens, que cual desarbolada doncella, bátese en retirada.
   No hablamos, por supuesto, del Deseo desatado en sí mismo, volcado en su animalidad más primaria, que recreábamos en las violaciones descarnadas de Perros de Paja, Thelma y Louise, o la Kika almodovariana. Deseo real existe, desde luego, y del que aviva la respiración y hace transpirar los cuerpos, pero inserto ese deseo en el Amor que ambos personajes aún sin reconocérselo con hondura se profesan, cargando así de temblor lírico y de palpitación sentimental la escena, mucho más profunda y resonante de esta manera. Revestida además toda la escena de ese magistral dominio de las alusiones, de las sugerencias y de lo indirecto en que es  Ishiguro –y también Ivory, el director de la peli- insuperable, y que tan pertinente resulta a lo que se cuenta.
      
    La rememora así –acorto literalmente el pasaje- el mayordomo: “…la noche en que miss Kenton entró en la despensa sin haberla llamado... Entró con un jarrón de flores para alegrar el ambiente, dijo… la despensa del mayordomo debe ser un lugar donde el aislamiento y la intimidad estén garantizados…” (casi no hace falta explicarte, lector, que esa despensa es metáfora del propio alma de Stevens, ese glacial aislamiento garantizado que él allí ha dispuesto su leitmotiv, en la que por directa voluntad ella “entra”, pues desea justo eso, “entrar”, y es ella también quien al acorazado mayordomo le presenta un regalo, las flores, por antonomasia símbolo convocante de los sentidos, de lo expuesto a la intemperie, de lo vivo) … “Mr Stevens, tiene usted una bombilla muy lúgubre, sobre todo para estar leyendo/ La luz es perfecta, miss Kenton/… Este cuarto parece una celda… Me pregunto qué estará usted leyendo/… Levanté la mirada cuando vi que miss Kenton se me acercaba. Cerré el libro y apretándolo contra el pecho, me levanté. Miss Kenton le ruego que respete mis momentos de intimidad/ Pero… ¿por qué le da tanta vergüenza enseñarme el libro? Empiezo a sospechar que se trata de un libro algo picante/ Miss Kenton, le ruego que me deje tranquilo. Es increíble que insista en acosarme de este modo durante los pocos ratos libres de que dispongo… (quién aquí el varón, quién aquí la hembra, quién el acosador, anótese también la trangresión de status sociales que el Deseo enamorado procura, pues, en realidad el ama de llaves es un subordinado a las órdenes del Mayordomo)… Miss Kenton, sin embargo, siguió acercándose, y debo reconocer que me costaba decidir cuál podía ser el mejor modo de proceder (ah, esa lucha de contradictorios y urgentes anhelos que a le vez le azotan y le paralizan)… Retrocedí entonces unos pasos con el libro todavía pegado al pecho/ Por favor, enséñeme el libro, dijo mis Kenton acercándose más (qué le está rogando en realidad ella, sino que le muestre lo que lleva pegado al pecho, es decir, su intimidad, su corazón).
   Y cuando así están, de bruces asomados no sin temor a ese precipicio pasional, Ishiguro con mano maestra detiene el tiempo, como para remarcar que para nada estamos ante lo que el best-seller de hoy llamaría un “calentón”: “Y de pronto, con miss Kenton allí delante, algo cambió entre nosotros, fue como si de repente nos encontrásemos en un mundo aparte. Sólo sé que a nuestro alrededor todo pareció enmudecer, y tuve la impresión de que la actitud de miss Kenton había sufrido una transformación, como una persona asustada… Déjeme que vea el libro, por favor, dijo… Empezó a soltarme lentamente el libro de las manos. Consideré que lo mejor, mientras tanto, era que yo mirase hacia otro lado… (¿no nos parece estar asistiendo en elipsis a una especie de desfloración?)… siguió arrebatándome el libro, levantándome un dedo tras otro. Durante todo el proceso, que me pareció larguísimo, conseguí mantener mi postura, y finalmente la oí decir: ¡Vágame, Dios, mister Stevens! No es más que una simple historia de amor/ Decidí que ya había soportado bastante. Le ordené que se marchase de mi despensa y di por concluido el episodio.”
   
    Resulta así que la escena termina con la sustancial revelación de que el impasible mayordomo en la intimidad, en los momentos de asueto, lee ahora historias de amor, como si una parte de su inconsciente reivindicase de alguna forma a su vez recrear algo que el consciente está durante el resto del día a toda costa reprimiendo. Ninguna duda nos queda ya: Stevens y miss Kenton andan enredados en las procelosas aguas del enamoramiento… esas mismas en las que el mayordomo no está habilitado para sumergirse, acaso por miedo a ahogarse entre ellas, acaso porque sea un minusválido emocional.  


Post/post: gracias a  Juante -bravo-, a Zorrete Robert -te aconsejo que lo hagas-, a NVBallesteros -claro,adelante-, a CHARO y ROY -genial, cuéntame lo de AGuines,no me lo sé- por sonreir conmigo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.