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martes, 1 de agosto de 2017

El pádel y la peli del jorobado

   



   Ayer a media tarde, en un canal de la TDT, pillé por sorpresa recién empezada “Esmeralda, la zíngara”, la estupenda adaptación (¡1939!) de la gran novela de Víctor Hugo. Tenía luego un partido de pádel. Sucumbí, por supuesto, de inmediato a la profunda humanidad del conmovedor personaje de Quasimodo –sublime Laughton-, al luminoso encanto de Esmeralda –resplandeciente O´Hara-, a toda la fabulosa historia que allí Hugo creó y que Dieterle con mano maestra rodó. Me daba rabia porque, se me estaba haciendo tarde, pero por nada era capaz de apagar la tele. Qué bonito cuando él, deforme, vela enamorado el sueño de ella, tan bella. Qué suerte de maravilloso éxtasis cuando él, a lo Tarzán, descolgándose entre pináculos y arbotantes de Notre Dame rescata a Esmeralda de la horca apremiante, ante la multitud la eleva entre sus brazos al grito liberador de ¡Santuario, Santuario, Santuario! y la salva, qué pena cuando al final ella se aleja hacia la vida normal y desde sus campanas, entre esculturas, el inmenso Quasimodo, abatido, impreca a las alturas, “por qué no me hiciste de piedra”. Bueno, llegué tarde al pádel. Jugué regular, cual “paquete” que je suis, un poco quasimodo del pádel muá, pero esta vez no me importó. Bailaban en mi mente, gozosas, las preciosas imágenes de la peli del jorobado, de la fabulosa historia que ideó Víctor Hugo.


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lunes, 8 de diciembre de 2014

Sexo, pádel y fin de semana (y2)

     


   (Ya aquí diciembre, lector. Hum, huele a Navidad. Regalar a un amigo/a, regalarte, regalarme mi libro. ¿Agradeces el blog? ¿Lo valoras? Necesito vender algún ejemplar más de mi libro, que es además muy bueno -creo-, para seguir escribiendo. Pídemelo. Precio por correo ordinario: 10 euros. Precio por correo certificado: 15 euros)

   
   Mi instructor de pádel se llama Rober. Veintisiete años, majete de cara, de mediana estatura, atractivo, fuertote, de anchos hombros y acogedores músculos pectorales, no llega Rober a lo de Cristiano Ronaldo, claro, pero en verdad se ha labrado el cuerpo como un gimnasta de Mirón el tío. Follable 100%, que diría alguna desenvuelta tuitera del hoy. Todo en su atlética figura rezuma el empuje radiante de la juventud y la potencia.
   
   Somos tres sus alumnos los miércoles a altas horas, y la otra noche, mientras calentábamos Carlos y el muá –pa vernos, esas sudaderas incendiarias allí, como luciérnagas atolondradas desafiando a vaharadas el frío y la oscuridad del club poligonero- se entregaba Rober a muy misteriosas confidencias con Fran, el bandarra del grupo. Tenemos una relativa confianza unos con otros, la ruda camaradería de los fornidos gladiadores podríamos decir, para darnos una idea y hacernos de paso la ilusión, pues salvo nuestro metrosexual instructor, ya digo, es pa vernos al trío padelero, menudas pantorrillas.
   
   Sabemos por eso sus torpones alumnos que hace poco Rober rompió su feliz unión matrimonial, que incluye dos niñitas rubias adorables, que alguna vez hemos visto corretear por allí, pues que se le cruzó a nuestro Titán, en uno de los prestigiosos Torneos Padeleros que los fines de semana por toda España él frecuenta, una cimbreante padelera bonaerense de pelo negrísimo y caderas más voluptuosas aún –nos ha enseñado él con gesto de orgulloso cazador fotos de ella que lleva incrustadas en el móvil, ¿desplazando quizás a las de sus niñas, ay?-, una garota tremenda de esas que incluso a los querubines dejan boquiabiertos. Llevan un tiempo liados los dos, aunque se ven a salto de mata aún. El pádel les une, el pádel les separa. Torneos, torneos, torneos.
   
   Como quiera que veíase a Rober más bien cabizbajo en la conversa que con Fran mantenía, cavilé si, agotado el frenesí inaugural de los Fogosos Olímpicos, no sería alguna especie de arrepentimiento, y de honda nostalgia del amor conyugal y hogareño lo que estuviese allí él confiando. No cuadraba con ello la sardónica pero muda sonrisa que Fran ostentaba, pero a saber si no era la misma la moneda cobrada como desquite en el rostro de los contrahechos, a quienes esa explosión de furores corporales está naturalmente vedada.
     
   Como no lo dejaban, nos acercamos Carlos y yo, centuriones  incandescentes ya, a darles el queo. Y en ese momento era Fran quien una imaginaria bola remataba:
     -Jajajá, tranqui, Rober, tú tranqui, pues claro que te vuelvo a pasar las pirulas, jajajá… a que te funcionan de puta madre… ¡Diooos, dejas a las tías a tope de gusto y espatarrás pa un mes entero, colega! Las perracas es que lo flipan… pero, ya sabes, cincuenta euracos se llaman, ya sabes, jajajá, a mí me rulan de puta madre, no se me baja el rabo ni patrás, toooma perracas, jajajá, llevo siempre en el coche, ahí las llevo, yo sí, por si acaso, no te jode, jajajá…
    
   Soltamos los cuatro allí, sumidos en la noche neblinosa, en la noche láctea, unas risotadas de cómplices legionarios romanos en un receso de las Galias, o en una francachela tras la batalla en un bosque nibelungo, sólo que cuando las risas, llamas venidas a menos, decayeron, pedía el guión unas palabras del Titán en busca de farmacopea para su tema, y sobre su rostro, por un día pesaroso, las miradas ávidas confluyeron.

   -Es verdad, joder, he quedado este finde con Cristina… y es que esta tía es la hostia, Cristina es la hostia, es exigente que te pasas, no le vale lo normal, quiere estar toda la noche ahí, dándole, se mosquea si no, se enfurruña, luego lo cascan todo por ahí… y es que quieres quedar bien, joder, dejarla bien pero bien… como sea, no vaya a dejarme, sí, no vaya a mandarme a Parla, sí, después de la clase me acerco contigo al coche y te pillo algunas, tengo que quedar bien.

       
   Volvimos a reírnos, sí, pero se veía claro que eran risitas falsas, y que la íntima confidencia, y la sombra gigantesca y arrolladora de aquella Cristina bonaerense que Rober llevaba en el móvil, había llenado de una extraña turbación de pesadumbre al grupo de forzudos conmilitones, que eran ya sólo tres angustiados padeleros en calzonazos, que es pa vernos. Uff, podía leerse en la mente idéntica del trío fallando ya todas las bolas: ¿Y cómo será esa tía? ¿Qué haría con nosotros si nos pillara por banda? ¿Cómo no se revolverá esa leona en la piltra? ¿Tanto de uno exigirá? ¿Un Adonis guaperas como Rober, a los veintisiete enganchado ya al Viagra? ¿Es el de Cristina, su exigencia, el nuevo Orden Amoroso? ¿Qué significaba todo aquello? Incluso a Fran, el bandarras, silente y pálido ahora -salvo los rodetes enrojecidos de los carrillos-, se le notaba estupefacto. Hasta el perfecto Discóbolo Rober nos parecía en ese extraño momento uno de los nuestros. Y hacía frío, qué leches.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen, análisis y UN CAPÍTULO de la obra en estos enlaces)
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154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)



domingo, 7 de diciembre de 2014

Sexo, pádel y fin de semana



(Ya aquí diciembre, lector. Huele ya a Navidad. Regalar, regalarte, regalarme mi libro. ¿Agradeces el blog? ¿Lo valoras? Necesito vender algún ejemplar más de mi libro, que es además muy bueno -creo-, para seguir escribiendo. Pídemelo. Precio por correo ordinario: 10 euros. Precio por correo certificado: 15 euros)
  
   
   Mi instructor de pádel se llama Rober. Veintisiete años, majete de cara, de mediana estatura, atractivo, fuertote, de anchos hombros y acogedores músculos pectorales, no llega Rober a lo de Cristiano Ronaldo, claro, pero en verdad se ha labrado el cuerpo como un gimnasta de Mirón el tío. Follable 100%, que diría alguna desenvuelta tuitera del hoy. Todo en su atlética figura rezuma el empuje radiante de la juventud y la potencia.
   
   Somos tres sus alumnos los miércoles a altas horas, y la otra noche, mientras calentábamos Carlos y el muá –pa vernos, esas sudaderas incendiarias allí, como luciérnagas atolondradas desafiando a vaharadas el frío y la oscuridad del club poligonero- se entregaba Rober a muy misteriosas confidencias con Fran, el bandarra del grupo. Tenemos una relativa confianza unos con otros, la ruda camaradería de los fornidos gladiadores podríamos decir, para darnos una idea y hacernos de paso la ilusión, pues salvo nuestro metrosexual instructor, ya digo, es pa vernos al trío padelero, menudas pantorrillas.
   
   Sabemos por eso sus torpones alumnos que hace poco Rober rompió su feliz unión matrimonial, que incluye dos niñitas rubias adorables, que alguna vez hemos visto corretear por allí, pues que se le cruzó a nuestro Titán, en uno de los prestigiosos Torneos Padeleros que los fines de semana por toda España él frecuenta, una cimbreante padelera bonaerense de pelo negrísimo y caderas más voluptuosas aún –nos ha enseñado él con gesto de orgulloso cazador fotos de ella que lleva incrustadas en el móvil, ¿desplazando quizás a las de sus niñas, ay?-, una garota tremenda de esas que incluso a los querubines dejan boquiabiertos. Llevan un tiempo liados los dos, aunque se ven a salto de mata aún. El pádel les une, el pádel les separa. Torneos, torneos, torneos.
   
   Como quiera que veíase a Rober más bien cabizbajo en la conversa que con Fran mantenía, cavilé si, agotado el frenesí inaugural de los Fogosos Olímpicos, no sería alguna especie de arrepentimiento, y de honda nostalgia del amor conyugal y hogareño lo que estuviese allí él confiando. No cuadraba con ello la sardónica pero muda sonrisa que Fran ostentaba, pero a saber si no era la misma la moneda cobrada como desquite en el rostro de los contrahechos, a quienes esa explosión de furores corporales está naturalmente vedada.

      Como no lo dejaban, nos acercamos Carlos y yo, centuriones incandescentes ya, a darles el queo. Y en ese momento...

CONTINUARÁ MAÑANA, lector, que por nada del mundo quiero abusar más ya hoy de tu tiempo ciberesférico, que dicen que la ley de hierro del Internet exige para no ser rechazado textitos cortitos que no disuadan con su sola y plúmbea presencia al cibernauta... CONTINUARÁ MAÑANA.



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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

jueves, 17 de mayo de 2012

Ecos de la derrota


     
    No, yo no quiero que se disuelvan tan pronto los posos de mi derrota, que, siéndolo, fue también una victoria. Yo no quiero que se pierda tan rápido por el desagüe loco de los días la memoria de mi batallar sobre la cancha, la huella de ese pundonor imprevisto que a mí mismo maravilló. Por eso aún lo recreo un poco y soplo el rescoldo de esas brasas padeleras, reviviendo el amor de esa lumbre tan reciente, pujando porque todavía  en alguna parte perdure. Que así nunca se me olvide que una noche, a la hartura de los cincuenta, sobre los andurriales de un polígono suburbial,  habitó en mí un rato la indómita estirpe de un Héroe casi como los de Homero.
  
    Oh, alada ingravidez de mis piernas, oh, fantasía certera de la pala, diestra prolongación de mi brazo, geometría limpia de los golpes precisos, asombrosa yuxtaposición de ojo-cerebro-piernas-cintura-brazos en relámpago prodigioso que conseguía poner la bola justo donde yo la quería. Somos inmortales en momentos así.
    
   Cómo desde ahí, sin intervalo de descomprensión, descender a las miserias de lo real. No sé si uno debería ya sólo escribir de estas cosas cotidianas pero tan fantásticas que muy pocos reparan en su incalculable tesoro. Es imposible mantener, lector, el pulso alto de esa beatitud. Somos santos, sí, también somos pícaros, y vándalos, y hasta un poco zíngaros de la Escritura, violinistas de muchos tejados al tiempo. La vida es como es, y a partir de los cincuenta ya no regala tregua alguna. Cada día que llega es el penúltimo.
    
   Se van a enterar Boris&Sardá el trajecito que les tengo yo en la mía mente ya pre-cortado. Puede que eso llegue mañana, lector. Pero hoy llamean todavía en mi entendimiento –y con qué fulgor- las estampas de mi derrota, que siéndolo, lo sabes tú, lector, supiéronme a pura Gloria, y que no quiero yo que tan raudas se desvanezcan en la oscura nada. Prolongarlas al menos un poco en el blog, esa Nada.   




Post/post: gracias a Alijodos, a Winnie0, a MAMUMA, a Cesar, a CSPeinado, a Bego por vivir el Duelo a mi lado,  por blogguera ayer conmigo, GRACIAS.
        

miércoles, 16 de mayo de 2012

Duelo en la noche


     
   Como sabes, lector, casi siempre viene a ser la realidad un raro potingue que mezcla las cremas esperadas con otras natas del todo inesperadas. Sí, palmamos Javier y yo, como era previsible. Marek&Luis Mariano impusieron su padel superior y nos hicieron morder el polvo de la derrota. Y sin embargo, al final de la Batalla, a las tantas en el suburbial y semidesierto club de pádel, bajo la luz fanática de los focos,  este bobolavaina que te escribe sentíase eufórico.
    Me había puesto para la ocasión una camiseta de un naranja y muy fosforescente tono, el mismo que había visto hace poco llevar a Nadal en no sé qué torneo. Me dije, me dará suerte, y sin meterla bajo el calzón, la extendí a todo lo largo de la hechura de mi cuerpo serrano. Y también como  Nadal, su mismo trote de potro desbocado, de púgil rabioso antes del combate, empecé allí a proyectar. Claro está, el color fosforito en Nadal, espigado como un Coloso, puede tener un pase, pero sobre la corta talla de mi persona expuesto, sin duda debía causar estragos. Eso mismo que estás pensando, lector, el Naranjito epiléptico debía parecer entonces yo.
    
   Luis Mariano&Marek, atónitos, no daban crédito a tanta  efervescencia mía. Dispusieron muy severos sus rostros, observándome de soslayo mientras calentaban. Hasta desde las pistas de al lado se acercaron un momento varios padeleros, quizás deslumbrados por tan inquieto resplandor naranja. Me tuvo que decir Javier, mi compi, entre risas, “para, tío, que te vas a reventar antes de empezar”.
   Recordarás, amable lector, que había yo dormido fatal la noche anterior, y que atravesé luego la jornada en puntas y atacado de los nervios. Empezó el Duelo. Pues, para mi sorpresa, desde los primeros puntos, como si la camiseta de marras, o la indirecta invocación del gran Nadal, o los mismos cibernéticos impulsos tuyos, lector, hiciesen todos juntos mágico efecto, oh Dios, alabado seas, qué tremebunda alegría, noté sobre mí, recobrados e intactos mis poderes padeleros que junto a Javier me habían llevado al puesto 108 de este ránking de rebajas. Sí, mis piernas volaban, mi mano empuñaba firme la pala, mis golpes resultaban ajustados y solventes. Sí, estábamos compitiendo en muy buena lid contra el vikingote que vino del frío, y sus efectos endemoniados, y la termita infatigable que a todas las bolas llegaba.
   Es más, en contra de lo habitual, resultó que fue Javier, mi compi, el que se descubrió atrancado en su pádel poderoso y en que no le respondían como siempre sus armas decisivas: el remate contundente, la ballesta mortal del revés, el picado de su bandeja, en fin,  la velocidad supersónica de su juego, todo lo que nos hace ganar los partidos parecía habérsele eclipsado. Créeme, lector, entonces, como un Titán germinado en lo Naranja, como un lejano efluvio del Campeón, como un avatar de la Ciberesfera hecho carne, allí comparecí Yo. Me fajé como un tigre. Anaranjado, si quieres, pero tigre.
   
    Es verdad, lector: este cincuentón gafudo y con coronilla que ves, en gayumbos y envuelto a una camiseta naranja, plantó cara y defendió con indecible garra el pabellón propio, nuestro. Empecé a pedirle a Javier las bolas medianeras, me agarré con rabia a la pista, sudé, corrí, recorrí, jaleé a mi compi, golpeé, sacudí, blasfemé, gané,  … perdí.  Perdí, sí, y qué, si fui un ciclón desmelenado sobre la cancha, y qué, si fui feliz jugando bien al puto pádel en aquel club mierdero a las tantas de la noche bajo la luz blanca de unos focos lunáticos, y qué, si sentía la invisible presencia y el aliento de mis amigos cibernéticos.
   Y luego -¿recuerdas, lector mío, cómo terminaba el blog ayer?- , en el remate bárbaro de todo, dentro del coche, a las muy tantas ya en aquellos andurriales poligonales y semidesérticos, tras un rato de animada charla sobre técnicos aspectos del crujiente Duelo, mi compi Javier, que, cuando íbamos a despedirnos, de pronto me dice… “Jose, has jugado de puta madre… y perdóname la mierda de partido que he hecho. Perdona”.  El cuerpo me pedía darle un abrazo y casi se me empañaron los ojos… Menos mal que me vine de nuevo arriba, “¿eres tonto? Es sólo la chorra que han tenido esos cabrones, ya les pillaremos por banda, ya”. Chocamos, como los de la NBA, las palmas, ahora sí.




Post/post: gracias a Winnie0, a caraguevo, a Teo, a Hawai05, a Cesar, a Bego, a José, a todos por algo más que bloguear conmigo ayer, GRACIAS.
          

viernes, 28 de enero de 2011

Padeleando-pa-padeleando

    
     Anoche tenía a las diez entreno de padel. Eran las nueve y media de la night, y en la mesa de trabajo en que yo laburo, con la chicharra zumbando calorcito entre los pies, aunque los dedos de las manos andaban un poco entumecidos, lo último que apetecía era moverse. Como que más allá de mi mesa se cortaba un frío del demonio. Tras la ventana, la calle vacía y oscura parecía heladora boca de lobo antártico. Inevitable entonces rendirse a la voz de la conciencia, a ese deshilachado fluir que nos enseñó un poco Joyce, pero, vamos a ver, tío, qué me estás contando, dónde cojones vas a estas horas, con la que está ahí fuera cayendo, con lo a gusto que se está en casa, envuelto a la manta zamorana que te regaló Botín, de cuando Mr Botín regalaba algo, viendo un documental de las dos, of course, tener ahora que quitarte toda la ropa, que en verano es un gusto, pero que ahora da hasta miedo,  quedarte en bolas por instantes, esa pinta que los espejos recogen entonces tan cabrones como inflexibles jueces de línea, rilar durante un buen rato, ponerte a toda leche los ropajes esportivos medio tiritando, la horrible camiseta limón reflectante que os dieron al pagar la cuota, ese chandalón como de chavalote de Lanzarote que te queda intergaláctico, y para qué, te piensas acaso que en esto del padeleo tienes tú alguna esperanza, esperanza de qué, estás tronao, tío, a estas horas, con el frío que hace, a tus cuarentainueve castañas en calzones correteando como un pipiolo, echando vaho como un indio trastornado, aterido sobre ajigolado,  para que encima el monitor, encima que tú le pagas, te sermonee como un instructor de marines de peli chunga, a tus añazos, so nenaza, y es que es verdad, joseantonio, fallas más bolas que una escopeta del pulpo a la feira, sí, sí, es verdad, es que la cagué, la próxima verás, profe, el pulpo Paul se murió, tío, entérate, sopitas y buen vino, un soneto de Petrarca todo lo más, si estás tiritando, tío, si te pillarás una pulmonía, si no vas a entrar en calor en toda la hora, si total qué más da, qué coños piensas ganar, de qué vas a estas horas, que terminarás cerca de las once y cuarto, por aquel andurrial siberiano, y el jodido frío sabañonero éste, anda, anda, vete pa casa, olvídate, si vas en el 135 de 200, que le den mucho por el pulpo Paul al pádel esta noche, si es que es lo último, si se te cae el moquillo congelado sólo de pensarlo, la manta, mi reino por una manta botiniana… sólo que, como nos enseñó también Woody Allen, la comedia es tragedia más tiempo, y sólo media hora después de tan penosas cogitaciones, resistiendo de mala gana la llamada de la manta y el mordisco momentáneo de la helada, tras cuatro carreras, aunque sean desmañadas, el cuerpo ya no siente los alfileres del frío, al contrario, los pulmones se ensanchan, el ánimo se expande, el júbilo que el ejercicio regala al cuerpo se traduce en una euforia inexplicable que te invade, casi ridícula por inapropiada, por inesperada, pero muy real en medio del polígono industrial, ya lo creo, como  un indio guerrero entonces por la pradera de la cancha pacá-y-pallá, oh manitú, ostias, esa volea me ha salido bien, la clavé, la noche qué guay, las estrellitas me guiñan a mí,  el bienestar que el mismo movimiento asegura, el sudor, diamantes calentitos resbalándote por el cuello, profe, mañana ganaremos el ránking ya verás, y te vas para casita contento como un niño exultante, el viejo que vino del frío hecho un chaval, el viejo que venció al frío, el viejo y el buen humor, es el puto pádel, que te ensancha el pecho en medio de la noche invernal, que te pone en  órbita casi gratis, el galope desbocado de endorfinas, será, no sé, soy un Pavarotti resucitado y en plena forma, ti amo tanto, oyes, casi cincuentón alopécico, que no estás del todo mal, cómo flipa esto de soltar paladas a las tantas en medio de la noche, y luego en la cama tan… a gustito, como el otro, ahora sí, estoy seguro, el domingo colocaré in mío blog El Manifiesto Bloguero, el que pondrá de Algeciras a Estambul el mundo patas arriba, para que luego lo pintes tú de azul, sí, en las largas noches de invierno, prepárate, que el domingo, día del señor del blog, va a estallar el obús.