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domingo, 5 de febrero de 2017

Lo que va de Sócrates a Errejón





   Y Marx dijo: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Y a ello que se aplicó Errejón el Becado. Con Sócrates el mayéutico nada menos que se atrevió, hasta voltearle su máxima principal, que se ha liado la mundial, la mundial revolución. Así, donde el ilustre ateniense dijo “Conócete a ti mismo”, allá que llega el Fenomenológico Chavista y diu“Conóceme”.  Y sí, de vivir Sócrates, de seguro que se habría vuelto a tomar la cicuta. Hasta a Marx le hubiera dado un vahído, qué aspirante a Gran Hermano, qué tropa.

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lunes, 9 de mayo de 2011

Obama-Zetapé-Osama... Sócrates

    
     Conócete a ti mismo, nos recomendó Sócrates, el filósofo griego, no el capitoste luso ahora intervenido por la cicuta merkeliana, esa amarga miel. Claro, antes de ordenar a la basca a lo loco indignarse, como en el imperativo panfletucho de Hessel y Sampedro se nos exige, aconseja la prudencia elemental la básica indagación sobre la propia esencia. ¿Sobre qué peana levantar la Indignación? Esa sincera y pública autointerrogación, que dejara las cosas muy claras en el momento mismo de arribar al Poder, fue realizada por nuestro impar Presidente, sin el que, de verdad,  no sé que va a ser de nosotros, los blogueros fachas, I mean. Y en tres tajantes asertos como tres inapelables sentencias  cifró entonces Zetapé el meollo último de su cogollo: “El Poder no me va a cambiar”. “No os voy a fallar”. “Soy rojo”.  Es decir, estoy al servicio de la Humanidad. Bravo. La Tierra, el Viento, los Ricos Botines  y los pobres, ya sabemos.
     Arribó luego Obama al Poder Sumo y dijo… yes, we can. ¿O acaso dijo, yes we Kant, y con Kant su célebre imperativo categórico para conducirse en el vasto territorio moral que ante él se presentaba? ¿Can o Kant? Camps, que le diría Rajoy a su amiguita rubia del Sálvame. Los apologetas de Zetapé mucho se esforzaron aquí en trazar las estrechas similitudes que al parecer adornaban sendas biografías de los dos ilustres hombres. Vidas tan paralelas que, en inaudita estampa, a ambos más tarde veríase rezar juntos y fervorosos el Deuteronomio en un sarao de la extrema derecha yanqui. Vino luego la foto de familia, aquel gótico posado, mejor no comentar. En fin, con ambos dos a los mandos de la nave global del Planeta Tierra no faltaron pajinianos augures, ministros hoy, que entrevieron hasta planetarios prodigios. La liquidación de Bin Laden, con aplauso zetapeico incluido, el último.
    
     No es sólo que Zetapé, sin que nadie se lo pidiera, alardeara de “rojo”. Le dio sin parar cuerda al carrete de la memoria histórica. Pactó con los independentistas esquérricos. Publicitó a los hampones de la que él llamaba la “izquierda abertzale”. Promovió el famoso homenaje paragubernamental a Carrillo. Item más: en la famosa entrevista en EL PAIS con Millás –planetario escritor rojo también donde los haya, que se embauló los cien kilos del Premio Planeta… para luego llamar a la lucha armada contra el Capital, que es que hay que indignarse y hasta tocarse los gabilondos hasta el fondo- quedó para la posteridad impreso este muy socrático diálogo:
     -hablando de su hermano, con el que repartía propaganda, creo que tanto él como su padre estaban más a la izquierda que usted.
     -mi hermano era del PC, y muy activo, y mi padre había colaborado con el PC en la clandestinidad.
     Vamos, que, casi hasta sin quererlo había mamado en casa Zetapé, y desde los referentes humanos para él más próximos y fundamentales, los muy pragmáticos ideales comunistas al servicio de la Humanidad.
      
      En 2010 con las cuentas públicas en bancarrota –por la culpa de Aznar, of course- hubo Zetapé de probar antes que el luso Sócrates la dichosa cicuta merkeliana, a la que telefónicamente añadiría también Obama su exigente dosis: congelación de las pensiones, endurecimiento de sus requisitos, rebaja de los sueldos, parados por millones bajo su mandato. Según confesó después, tal era su aflicción, pasaba entonces las noches en blanco. Intentó continuar,  que fuera todo al servicio de la Humanidad, pero los jefazos federales del Partido, que olían su cadáver, no se lo permitieron.
     Incluso ahora, en el tiempo de la basura zetapeica, a cuenta de la liquidación de Bin Laden, no ha perdido Zetapé la ocasión de reforzar su simbólica identificación con Mr Obama. Viéndoles justificar esa liquidación –antes vino, a lo Reagan, la de un hijo de Gadaffi- le recordaban a uno a un par de bailarines de claqué –mucho más suelto uno que otro, la verdad-, aquellos Sammy Davis jr y Dean Martin de hace mil años resbalando sobre las tablas de su propio desquicie. Veamos: puso Bush el pasquín de wanted al más criminal terrorista de la Historia, que no otro era Laden. Y añadió con tétrico gusto tejano: vivo o muerto. Cuando le tuvo Obama al fin en la mirilla –antes Felipe González le daba vueltas aquí a lo que debería o no haber hecho él con los jefes etarras cuando a tiro los tuvo- decidió: muerto.
     Es curioso, porque al acceder Obama al Poder el inagotable repertorio de la propaganda progre susurraba por las esquinas que muy pronto los Eternos Amos del Sistema iban a ordenar el asesinato de Obama. (Un día me llegó mi hijo todo cariacontecido y pesaroso del Instituto, “papá, papá,… es que me han dicho en el patio… que a Obama le van a matar). Dios y la lucha de clases no lo quieran, por supuesto. Lo que si es irrefutable de momento es que en su día estuvieron en un tris de matar a Reagan, a Juan Pablo II, a la Thatcher… a Aznar, aunque  como tantas veces, en nada mengüe esa verdad la perenne huella de la machacona propaganda progre sobre las conciencias.
     Y para más inri se dejó fotografiar Obama en grupo –como un tramposo repartiendo, él un poco al margen, entre todos el Pecado; ah, ese delicado gesto de horror, la mano en la boca de Hillary Clinton, esa femenina sensibilidad- siguiendo desde el Despacho Oval la acción, la misma que luego ordenó ocultar él al mundo entero. “Se ha hecho justicia”, sentenció además Obama así la Operación Jerónimo, con resonancias del Far West. Pero es que también ordenó Obama… ¡lanzar el cadáver de Bin Laden al mar!… ¡lo mismo que hacían los siniestros militares argentinos en sus vuelos de la muerte! Mamma mía, si tal llega a hacer Bush, la que arman los Cejateros del mundo.
    
     Bueno, pues aquí, su rendido admirador Zetapé, el adalid de la Alianza de las Civilizaciones y de la más escrupulosa “legalidad internacional”, esa conciencia malherida ante las semillas de la violencia en el mundo, el mismo que sostiene que hasta los niños chinos dicen paz en español, tuvo arrestos para espetarle en el Parlamento a Llamazares, repito, a Llamazares, el emblema de los comunistas españoles, que el de Bin Laden “es un destino buscado por él mismo”, que él se lo buscó, vamos, que sonaba en sus labios a la inadmisible chulería del acusica de la clase que se esconde tras el más fuerte mientras, nunca mejor dicho, da lanzadas a moro muerto.
     Y es que mucho parecía dolerle a Llamazares la muerte de Bin Laden, pues por mucho que el comunismo considere la religión como el opio del pueblo, -y resulta el fundamentalismo islámico crudísimo veneno mortal-  mucho más opiáceo les resulta siempre el Capitalismo y los EEUU, y el explotar a la vez cuanta causa anti-occidental pulule por el mundo pro domo sua. También que, en increíble carambola,  el FBI obamita había por error en su momento en sus carteles identificado a Bin Laden bajo el rostro del ínclito Llamazares (¡), por lo que acaso sintiera éste en el propio cuerpo a la misma vez que Mr Bin los disparos que a miles de kilómetros acababan con la perra vida del terrorista. Debió quizás reconvenirle al Presidente en que, como se entere el nuevo Obama de que Zetapé en día no tan lejano no se levantó ante la bandera norteamericana, un muy negro futuro en León puede de parte de su endiosado Obama esperarle.
      Así es que al fin, a la vista del claqué zetapeico, no pudo Llamazares –acaso también hablaban entonces a su través los ecos activos y clandestinos de las voces familiares- sino concluir apesadumbradísimo y del todo derrotado el hombre: “Señor Presidente… no le reconozco”. Y de esta forma el imperativo socrático, y los inciertos flujos de la identidad voluble y móbile, y en política ya ni te cuento, sobrevolaron la siestorra de sus augustas señorías.