Del Zen al Zas. Trujillo no sólo perdió los papeles; iracunda y descabalada los rompió además en vivo y en directo, como quien destroza el espejo que no le devuelve la beatífica imagen que ella espera. Recordaba un poco su aire en esa danza a Lady Macbeth, venga a lavarse las manos, venga a romper papeles, venga a tratar de acabar con las pruebas y con la culpa. Escribió así con su desabrido gesto Trujillo otro delicado apólogo izquierdista que acaso merezca ser contado a los niños, a esos infantes de los que fabla por el Lejano Oriente Zetapé in traslation. Acompáñame, lector mío, házme sentir tu mano junto a la mía, mientras también a mí mismo me lo cuento.
En el principio fue el Zen. En el principio de la Era Zetapeica, quiero decir. El famoso “talante”, esa sonrisa algo mecánica con que arribó Bambi a la Presidencia, ese célebre buen rollito, venía a ser la peculiar deconstrucción que la Banda de los Cuatro de la Nueva Vía llevó a cabo de la milenaria sabiduría filosófica oriental, para derramarla luego sobre la inagotable reserva espiritual que continúa siendo esta vieja nación discutida y discutible. Y un poco de ese Zen es lo que le receta Lady Macbeth a su codicioso esposo para sobre sí acumular el Poder: “para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada, y en tus manos y lengua procúrate el inocente aspecto de la rosa, pero sé tú la víbora que ella oculta”. Oh, divino Shakespeare, cuánto los humanos a ti debemos.
Hablábase así a todas horas del llamado socialismo zen, sin saber del todo entonces, entre tanta éterea bruma, a qué esencial sustancia nos estábamos refiriendo. Así es que para que fueran tomando cuerpo y realidad ese brumoso vacío, para sumarse también a la ola de la espiritualidad entonces triunfante, Maria Antonia Trujillo, a la sazón Ministra de la Vivienda, ordenó ampliar y redecorar su despacho bajo los cánones del minimalismo zen. Bah, total, qué eran 37 000 podridos euros del común si a cambio podría ya la ministra disponer de 77 clamorosos metros cuadrados de despacho rebosantes de espiritual armonía planetaria sobre los que poder elucubrar en paz. Y es que aborda sobre todo el Zen la conquista de la plena serenidad interior, el logro del precioso equilibrio íntimo, ése que nos evite ser marioneta al pairo de las vanas pasiones mundanas que tanto esclavizan a mujeres y a hombres en su diaria existencia.
Más tarde, sumida ya de pleno en el nirvana de la vorágine minimalista, vivamente recomendó a la ciudadanía sus nunca bien ponderadas “soluciones habitacionales” de 27 metros cuadrados, para de una definitiva vez afrontar el engorroso problema de la vivienda. Añadiría luego al asunto la increíble y sobre todo simbólica dádiva de las míticas kelyfinder, para que a la manera de Kung Fú, pudieran con calma los jóvenes y jóvenas patearse los confines de su comarca hasta dar con la susodicha solución habitacional.
Algo debieron conturbar a la Ministra las tímidas críticas -por causa sobre todo de ese inarmónico contraste entre los 77 para mí y los 27 para el resto- que entonces entre los ciudadanos brotaron, en algo debió alterarse la supuesta autocontención de que el Zen hace gala, no sé, dejaría de hacer bien las hondas respiraciones, el caso es que fue muy comentado más tarde aquel verano en el que ordenó ella movilizar hasta un helicóptero por causa de la picadura de una avispa refractaria al Zen sobre sus meditativas carnes ministeriales. Arcanos incomprensibles acaso para los legos en socialismo zen.
Tuvo que ser la picadura de la avispa refractaria sin duda la culpable decisiva de la notable pérdida de la dorada imperturbabilidad que el Zen persigue y que Trujillo a partir del prurito experimentó sobre su persona, hasta un punto tal llegó su zozobra que el Sumo Zen, o sea, Zetapé, en la siguiente remodelación por la borda la arrojó del Poder, buscando con ello, es claro también, nada más que la verdadera sanación de la afectada. En vano, pues hémosla visto todos la otra noche en un debate televisivo descompuesta y atacadísima por muy traidores nervios, perdida en todo la compostura. Fue tormentoso el bravío episodio, y bien revelador de un en verdad extraño talante, que a los maestros del Zen, no a Shakespeare, hubiera puesto los cabellos como doradas escarpias.
Puede que de nuevo actuaran los documentos del caso Iván Chaves a modo de avispa traicionera contra la impasibilidad de la ex-ministra Zen. El caso es que el periodista dijo: “Te voy a regalar el listado de las reuniones que tenía el señor Iván Chaves, más de veinte reuniones con la Junta de Andalucía, entre ellos con su PAPÁ, en tres meses, te voy a regalar... los contratos en que él firma como COMISIONISTA, te voy a regalar los contratos en los que se especifican claramente el contrato y la comisión por intermediar ante la Junta, te voy a regalar…”. ¿Qué hace Trujillo ante el envenenado presente? Turbarse. Dice ella: “… No sé qué has publicado porque no lo he leído…”. El periodista aprovéchase de la turbación: “… ¿y cómo hablas de algo que no has leído? Es increíble”. El nuevo picotazo acrecienta, claro, la turbación de la lady. A Trujillo le va subiendo más y más la color al rostro, se le avinagra el gesto, comienza a aspear a gran velocidad con brazos y manos y hasta a removérsele hacia los lados los ojos, arroja sobre la mesa los papeles chavianos. “¿Tú has llevado esto a los tribunales? ¿has llevado esto a los tribunales? ¿esto está en los tribunales? Pues si no está en los tribunales, esto es esto…”, y precipítase ya sobre los papeles chavianos, zas, los rompe, una vez, otra, otra, empuja los trozos hasta el borde de la mesa, “cuando llegue a los tribunales, cuando llegue a los tribunales hablaremos…no, no, no”, y el cuello suyo es ya un amasijo de afluentes desbordados de ira, cabecea, duda entre reírse, colocarse el pelo, quizás mejor disolverse en el éter cósmico, y el Zen, dónde quedó el Zen, pues diríase que todo un ejambre de grillos le chirría desafinado por los ojos airados a Trujillo, uff, qué talante.
Ahora que el Sumo Zen cuenta por el Lejano Oriente la fábula de España como un transatlántico que gracias a su talante muy poderoso se hizo, es preciso recordar, para cerrar, lector, el círculo de esta singladura minimalista desde el Zen hasta el Zas, la ambigua metáfora marinera que también Trujillo aventó al pairo de su despedida ministerial: “siempre recordaré aquel día de abril de 2004 cuando el presidente me dio una carta de navegación, pero ningún barco, ni siquiera astillero para construirlo”. Siempre recordaremos nosotros a Shakespeare y a su Macbeth, que aseguran que la vida es un cuento lleno de ruido y de furia narrado por un idiota que no significa nada.
(Video de la cosa en http://youtu.be/TYzPR-gc_Ns )


