Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Chaves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Chaves. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de abril de 2011

Maria Antonia Trujillo, lady Macbeth de rompe y rasga


    
     Del Zen al Zas. Trujillo no sólo perdió los papeles; iracunda y descabalada los rompió además en vivo y en directo, como quien destroza el espejo que no le devuelve la beatífica imagen que ella espera. Recordaba un poco su aire en esa danza a Lady Macbeth, venga a lavarse las manos, venga a romper papeles, venga a tratar de acabar con las pruebas y con la culpa. Escribió así con su desabrido gesto Trujillo otro delicado apólogo izquierdista que acaso merezca ser contado a los niños, a esos infantes de los que fabla por el Lejano Oriente Zetapé in traslation. Acompáñame, lector mío, házme sentir tu mano junto a la mía, mientras también a mí mismo me lo cuento.
      En el principio fue el Zen. En el principio de la Era Zetapeica, quiero decir. El famoso “talante”, esa sonrisa algo mecánica con que arribó Bambi a la Presidencia, ese célebre buen rollito, venía a ser la peculiar deconstrucción que la Banda de los Cuatro de la Nueva Vía llevó a cabo de la milenaria sabiduría filosófica oriental, para derramarla luego sobre la inagotable reserva espiritual que continúa siendo esta vieja nación discutida y discutible. Y un poco de ese Zen es lo que le receta Lady Macbeth a su codicioso esposo para sobre sí acumular el Poder: “para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada, y en tus manos y lengua procúrate el inocente aspecto de la rosa, pero sé tú la víbora que ella oculta”. Oh, divino Shakespeare, cuánto los humanos a ti debemos.
         Hablábase así a todas horas del llamado socialismo zen, sin saber del todo entonces, entre tanta éterea bruma, a qué esencial sustancia nos estábamos refiriendo. Así es que para que fueran tomando cuerpo y realidad ese brumoso vacío, para sumarse también a la ola de la espiritualidad entonces triunfante, Maria Antonia Trujillo, a la sazón Ministra de la Vivienda, ordenó ampliar y redecorar su despacho bajo los cánones del minimalismo zen. Bah, total, qué eran 37 000 podridos euros del común si a cambio podría ya la ministra disponer de 77 clamorosos metros cuadrados de despacho rebosantes de espiritual armonía planetaria sobre los que poder elucubrar en paz. Y es que aborda sobre todo el Zen la conquista de la plena serenidad interior, el logro del precioso equilibrio íntimo, ése que nos evite ser marioneta al pairo de las vanas pasiones mundanas que tanto esclavizan a mujeres y a hombres en su diaria existencia.
      
      Más tarde, sumida ya de pleno en el nirvana de la vorágine minimalista, vivamente recomendó a la ciudadanía sus nunca bien ponderadas “soluciones habitacionales” de 27 metros cuadrados, para de una definitiva vez afrontar el engorroso problema de la vivienda. Añadiría luego al asunto la increíble y sobre todo simbólica dádiva de las míticas kelyfinder, para que a la manera de Kung Fú, pudieran con calma los jóvenes y jóvenas patearse los confines de su comarca hasta dar con la susodicha solución habitacional.
     Algo debieron conturbar a la Ministra las tímidas críticas -por causa sobre todo de ese inarmónico contraste entre los 77 para mí y los 27 para el resto- que  entonces entre los ciudadanos brotaron, en algo debió alterarse la supuesta autocontención de que el Zen hace gala, no sé, dejaría de hacer bien las hondas respiraciones,  el caso es que fue muy comentado  más tarde aquel verano en el que ordenó ella movilizar hasta  un helicóptero por causa de la picadura de una avispa refractaria al Zen sobre sus meditativas carnes ministeriales. Arcanos incomprensibles acaso para los legos en socialismo zen.
     Tuvo que ser la picadura de la avispa refractaria  sin duda la culpable decisiva de la notable pérdida de la dorada imperturbabilidad que el Zen persigue y que Trujillo a partir del prurito experimentó  sobre su persona, hasta un punto tal llegó su zozobra que el Sumo Zen, o sea, Zetapé, en la siguiente remodelación por la borda la arrojó del Poder, buscando con ello, es claro también, nada más que la verdadera sanación de la afectada. En vano, pues hémosla visto todos la otra noche en un debate televisivo descompuesta y atacadísima por muy traidores nervios, perdida en todo la compostura. Fue tormentoso el bravío episodio, y bien revelador de un en verdad extraño talante, que a los maestros del Zen, no a Shakespeare, hubiera puesto los cabellos como doradas escarpias.
    
     Puede que de nuevo actuaran los documentos del caso Iván Chaves a modo de avispa traicionera contra la impasibilidad de la ex-ministra Zen. El caso es que el periodista dijo: “Te voy a regalar el listado de las reuniones que tenía el señor Iván Chaves, más de veinte reuniones con la Junta de Andalucía, entre ellos con su PAPÁ, en tres meses, te voy a regalar... los contratos en que él firma como COMISIONISTA, te voy a regalar los contratos en los que se especifican claramente el contrato y la comisión por intermediar ante la Junta, te voy a regalar…”. ¿Qué hace Trujillo ante el envenenado presente? Turbarse. Dice ella: “… No sé qué has publicado porque no lo he leído…”. El periodista aprovéchase de la turbación: “… ¿y cómo hablas de algo que no has leído? Es increíble”. El  nuevo picotazo acrecienta, claro, la turbación de la lady. A Trujillo le va subiendo más y más la color al rostro, se le avinagra el gesto, comienza a aspear a gran velocidad con brazos y manos y hasta a removérsele hacia los lados los ojos, arroja sobre la mesa los papeles chavianos. “¿Tú has llevado esto a los tribunales? ¿has llevado esto a los tribunales? ¿esto está en los tribunales? Pues si no está en los tribunales, esto es esto…”, y precipítase ya sobre los papeles chavianos, zas, los rompe, una vez, otra, otra, empuja los trozos hasta el borde de la mesa, “cuando llegue a los tribunales, cuando llegue a los tribunales hablaremos…no, no, no”, y el cuello suyo es ya un amasijo de afluentes desbordados de ira, cabecea, duda entre reírse, colocarse el pelo, quizás mejor disolverse en el éter cósmico, y el Zen, dónde quedó el Zen, pues diríase que todo un ejambre de grillos le chirría desafinado por los ojos airados a Trujillo, uff, qué talante.
     Ahora que el Sumo Zen cuenta por el Lejano Oriente la fábula de España como un transatlántico que gracias a su talante muy poderoso se hizo, es preciso recordar, para cerrar, lector, el círculo de esta singladura minimalista desde el Zen hasta el Zas, la ambigua metáfora marinera que también  Trujillo aventó  al pairo de su despedida ministerial: “siempre recordaré aquel día de abril de 2004 cuando el presidente me dio una carta de navegación, pero ningún barco, ni siquiera astillero para construirlo”. Siempre recordaremos nosotros a Shakespeare y a su Macbeth, que aseguran que la vida es un cuento lleno de ruido y de furia narrado por un idiota que no significa nada.

(Video de la cosa en   http://youtu.be/TYzPR-gc_Ns    )

martes, 12 de abril de 2011

Auge y Caída de Gaspar Zarrías

      

      
     En plena inauguración arreóse Don Zarrías un morrazo, vale. Eso le pasa a cualquiera. Justicia poética, dirá quizás algún fachoso mal pensado. Zarrías, eterno factótum del socialismo andalusí “corruto” (mejor así, ¿no, sr Blanco?, además, es éste vocablo más adecuado a la naturaleza grotesca y cagarrutesca de la cosa) es ahora secretario de Estado y ha sido siempre secretario de Chaves, que acaso sea en sí otro Estado dentro del Estado, vista la Familiaridad con que lleva cocinándose el Señorito sus podridas tortillas del Gran Poder desde los más inmemoriales tiempos. Cautivaron en su día al soñador Zetapé las resplandecientes trayectorias de ambos, y como a nuevos y bien cebados Rinconete y Cortadillo, -y qué grandísimas testas ambas- hasta la capital misma de la nación discutida y discutible se los trajo, promocionando de esta manera y en grado sumo tantas acrisoladas virtudes. El idealismo zetapeico, claro, que diría Millás, que  de morros, cual machadiana pompa de jabón cantada por Serrat con la ceja puesta, contra la Botiniana realidad se ha quebrado. ¿Quién, quién me presta una escalera para sacar a Zarrías de la hondonada en que cayó?
       Zarrías alcanzó el cénit de la plena celebrity con aquella inolvidable instantánea que nos le inmortalizó en el escaño, pulsando con manos y pies a la vez su voto y el de los de al lado. Se ve que la querencia cuadrumana habitó desde entonces en él y ahora, urgido por las prisas del estreno, lastimado también en su íntimo fuero por tanta traición griñana, doblegarónsele ya los remos ante el cráter pancorruto que por toda la Alta –y aun por la Baja- Andalucía de par en par a sus pies se le abre. Menos mal que pronto del traspié vínose arriba Don Zarrías, pues de durar algo más la morrada, es seguro que al punto en su ayuda hubiera comparecido Garzón, ese íntegrísimo Superjuez, aunque sólo fuera por contraprestarle la ayuda que aquél, con ocasión de uno de sus deslices, también Botiniano, le procuró dejándose caer gubernativamente en la movida progre de la Complutense contra los torturadores del Supremo. Gaspar y Baltasar en mágica joint-venture, pues, y qué venture, tú.  
     
     Parecen las imágenes, la  insólita aceleración de las mismas, esa velocidad endiablada que, dejando atrás a la comitiva entera, como si de un caudillito raudo y voluntarioso se tratase, le imprime don Zarrías a sus pasos, estampa propia del mítico cine en blanco y negro. No deja al cabo el pobre Zarrías de portar consigo en su penosa lámina apagadas reminiscencias del inolvidable Oliver Hardy, aquel que junto a Stan Laurel tanto nos hizo alguna vez reír.
     Veamos: con el transbordador ya dispuesto, para sorpresa de los propios que en el trance le acompañan, destácase de todos en solitario Zarrías, como al súbito oído de una voz que sólo a él hablara, mondo y orondo Moisés del peñasco ya, y que emprende  veloz y  decidido paso de descenso a través de la plataforma de desembarque, con los mismos aires sobre sí que los de ese torero que ante el miura alardea delante de la cuadrilla, y por mejor ganarse al respetable, con el inveterado “dejarme solo”, por más que los trastabilleos iniciales en la misma rampa hagan ya a todos temer lo peor, aunque, claro, a ver quién es el guapo que levanta la muy ante su cabezona Excelencia. ¡Dios mío!, pareciera, tal es el brío del bizarro Zarrías, que desembarcara en Lepanto el mismo don Juan de Austria, bueno, seamos justos, sólo un adelantado chusquero de las mismas tropas corrutas, presto a clavar allí mismo el Perejil de su bandera indiscutible.
      Al poner pie en tierra el héroe dudoso, los vislumbres de la Tragedia que acecha más y más se acrecientan, pues Don Zarrías, lejos de toda prudencia, empieza a malcaminar a zancos sobre gruesas e irregulares piedras, como si ya, más que ante un Julio César cruzando el Rubicón,  ante un excursionista dominguero que es que se la va a pegar atravesando el riachuelo estuviéramos, sin por ello en lo más mínimo reducir esa velocidad de crucero que consigo lleva, que menudo es el Señor, que menuda es la chola que el colega se gasta. Los trancos de pingüino torpón tropiezan entonces una primera vez ante la vertical de una roca más gorda.
     “Cuidaaaoo”, óyese entonces desde atrás, con lorquiano acento premonitorio de lo peor, lo mismo que le diría desde el burladero uno de los subalternos más sabios al diestro figurín que se arrima demasiado, aun a sabiendas de que es ya todo inútil, pues el Artista, encelado con el brillo de la inauguración y de las cámaras, es que ya no hay quien le pare, tan grande es el clamor que le retumba por entre los aladares.  
    
     Y entonces, al tratar de sortear la Piedra definitiva, la que como al Rey León al fin le encarame al Trono de la Victoria, desde el que acaso contemplar la extensión toda de sus corrutas posesiones, ante el ánimo lívido y suspenso de la cuadrilla, sobreviene el Talegazo: héteme aquí que Don Zarrías besa de bruces el suelo lunar de ese cráter. No, no es que hinque la rodilla, se incline más tarde y al fin caiga, no, es que pierde la vertical y gana la horizontal al instante delante nuestra. Ahora sí que se multiplican, inútiles ya totalmente, los cuidaaaoos anteriores, pues el daño está ya hecho. A ver a qué valiente de los allí presentes se le escapa una natural risita. Es sólo un instante, pero se hace el mismo eterno: ese cuerpo gentil, en todo su gallardo porte extendido en decúbito prono, con las piernas y las abaciales manitas abiertas y en total postración yace al fondo del secarral. Podría pensarse también que hállase don Zarrías cara a la Meca orando, así de expuesta se contempla la postura del secretario del Estado zetapeico. Salam malecon por la Alianza de las Civilizaciones gadaffianas, qui será, será.
     El ordenata me detiene sin querer un instante el video y me muestra entonces una congelada imagen de una belleza violenta y sobrecogedora: allí el azul corinto del mar eterno, el dorado sol de costado, el siena de la tierra inhóspita, el negro de los ternos casi fúnebres de los acompañantes, el fondo claro del barranco, ah, el rojo vivo de esa cazadora en uno de ellos, como en la película de Spielberg la rebeca de la niña, la metonimia de la pasión y de la sangre que los hombres en mil inútiles batallas derramamos, el cuerpo exánime de don Zarrías allá al fondo, oh, al fin, cuánta alegría nos embarga al verlo levantarse sano y salvo, nada grave pasó, sólo fue un mal paso, ya la Muerte se ocupará en su momento de cada uno de nosotros, el mismo don Zarrías,  ya recompuesto así lo avizora (puede oírse en el video chiclanero), “no, si terminamos todos en el suelo, ya verás”, vivamos entonces en lo que podamos con júbilo, vivir es ya sólo en sí un auge, fue sólo un instante, una parábola tal vez del Ascenso y Ocaso de Gaspar Zarrías, cénit  y caídas que, salvadas las distancias corrutas de tiempo y espacio, a los Chaves también, a todos nosotros también, un día nos esperan.  
    
    
 

viernes, 18 de febrero de 2011

Chaves, ERES tú

    

    
      Estaba ya él en la foto legendaria de la tortilla. Y vaya tortillota tan CORRUTA que ha ido cocinándose el Señor de los Eres desde entonces. La Historia de Andalucía desde hace más de treinta años acumula capas de corrupciones una tras otra como sucesivas manos de pintura que sólo tiznaran de mugre la anterior para que ésta se olvide. Progresivos palimpsestos de la mangancia interminable, faraónicos trinques que desbordan la capacidad de la humana memoria, un Régimen venal y bananero hasta las trancas que abomina de las comisiones de investigación del órgano de la soberanía popular.
     
     La Enmana de Aido, titulada en Turismo, –dice la prensa- también le ha rebañado una miajita al perolo putrefacto: nada menos que de estratega para el empleo la han colocado en una fundación con generoso patrocinio –el ordenata me pone de oficio latrocinio, y lo corrijo, qué virus facha también a él le habrá tomado - de la Junta griñana. Solchaga y su socio socialista buena tajada sacaron también al parecer de la millonaria subvención que la Junta chaviana le dio a la multinacional en que trabajaba la truebiana niña de sus ojos, su hija. Insólitamente, después de modificar ad hoc toda la legislación habida y por haber, la empresa multinacional recibió ¡más de lo que había solicitado! Olé y olé. Se lo reprocharon en el Parlamento andaluz y para la Historia quedó la respuesta antológica del diputado chaviano de turno: en la naturaleza de las cosas está que un padre mire por el futuro de su hija. Qué Séneca, el tío.
    
     Roldán se levantó hasta la hucha de los huerfanitos de la Guardia Civil. Al menos tuvo que largarse, hasta que el capitán Kahn en Laos le pilló. Descúbrese ahora –me ahorro explicar el tétrico panorama del desempleo y del Pensionazo perpetrado por el zetapeísmo, que para más inri elevó a los altares del gobierno central al Sultán de las tortillas- el escandalazo de los Eres: el dinero de los parados –más de cien mil millones de calas que se sepan- malversado en fabricarse numerosísimas jubilaciones anticipadas para los numerarios cesantes de la satrapía. Qué perfiles siniestros no revestirá el asunto que de “fondo de reptiles” –terminología propia del franquismo donde las haya-  catalogaba la cosa uno de sus mentores ahora descubierto, después de la tenaz labor de una juez cuyo nombre ni sabemos y a la que el fiscal ¡quiso apartar!  Reptiles, sí: saurios, serpientes, ofidios, quelonios, mandriles, cucudrulos, esa piel tan dura, esas mandíbulas soberbias y prestas a engullirse los dineros del común.
    
     No tengo la más mínima duda: esta malversación de los fondos del dinero de los parados, en medio de la chufa que está cayendo, la lleva a cabo el PP, y sus sedes andaluzas habrían sido ya asaltadas y saqueadas, y hasta el último de sus miembros ni la calle se atrevería a pisar, sin contar los que hubieran sido esposados y arrastrados por la policía a presidio bajo las cámaras y los insultos de la muchedumbre. ¿No ha sido acaso a un consejero popular murciano al único que, con la excusa de unos recortes, le han llovido sobre la cara una gabilondas hostias como soles, de cuyos autores nunca más, contra las promesas rubalcabianas, volvió a saberse? Sí, la realidad, ese fétido fondo de reptiles, se vuelve a veces literalmente insoportable. Chaves,  eres tuuuú… así, eres tú.