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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Eguiguren, su mujer y los caníbales de Felipe G


    
     Le dijo ahora Felipe G a Millás, junto a lo de que pudo volar a la cúpula etarra y que no lo hizo, y que no sabía él si se arrepentía, que calculaba él también que ser hijo suyo debía ser “una putada sangrienta” (¡) . Dijo luego Millás que estaba él convencidísimo de que había hecho Mister Equis lo correcto, que sería lo contrario “como comerse a los caníbales”. Y a la misma vez el presidente de los socialistas vascos, Eguiguren, con firme sentencia en su currículum como maltratador de su esposa –que se dice pronto el morrazo que se precisa para mantener con tan honorífico título probado a las espaldas como presidente a una persona así, para timbre y gloria supremas del superfeminista gobierno zetapeico, al tiempo que se le monta crudelísima inquisición al bobo alcalde vallisoletano por lo de los morritos pajinianos- ufánase, como el cuervo de la fábula, nada menos que de “haber comido bastantes veces juntos” ,mano a mano con Josu Ternera,  cuya sanguinaria mano es responsable de alguno de los más atroces y multitudinarios asesinatos etarras. Vamos, que Eguiguen compartía mesa y mantel con los caníbales esos. ¡Con los que ordenaron despedazar sin compasión a sus propios camaradas de la fé socialista, como Fernando Buesa, por sólo citar a uno!
    
     En la desmesura de la bárbara pintura del cuadro resultante a los ojos de cualquier observador imparcial se quintaesencia el drama de nuestra nación. Qué cerebros tan alambicados y trastornados a la vez los de los mandamases del socialismo español. Quisieran presentarse y parecernos atormentadísimos personajes de Sófocles, de Shakespeare, o de Coppola, siendo en realidad muy pobres hombres más bien dignos de lástima, de no ser por el muchísimo Poder que sobre vidas y haciendas de todos a su capricho acaparan. Ocultan bajo toneladas de palabras ampulosas su compulsiva necesidad de ocupar siempre el escenario entero, cuanto más embarrado mejor, copando en su abanico siniestro todos los roles y planos de la situación, cortocircuitándole de raíz a la sociedad con sus calculadas esquizofrenias todo sosegado debate público posible.
    
     Y si Mister Equis dice que el general Galindo, condenado por ordenar extrañas manicuras a Lasa y Zabala, era “un gran tipo”, no se queda a la zaga Eguiguren ponderando su proximidad al psicópata etarra: “me entendía bien (con él) porque sabía exactamente como era… somos de la misma edad, tiene hijos, enseguida conectas con ciertas reflexiones”.
    
     Cómo ha entonces de extrañarnos que Zp, hijo político del Viento que a su paso arrasó Felipe G, gracioso patrocinador él mismo de Otegui como Hombre de Paz, severísimo admonitor de todo el mundo él también al señalarnos con flamígero índice que no nos pasáramos, que es que De Juana “está en el Proceso”, y de recordarnos que tenía él un abuelito y tal, cómo extrañarnos, digo, que a la vista de los soberbios cogotes de los dos prendas que a él con todo le anulan, pille unos leotardos y se ponga, como leopardo renco, a hacer como que corre por las calles de Seúl.
      
    

martes, 16 de noviembre de 2010

La esposa de D. Jesús Eguiguren no se contiene

    
     La actual esposa del excelentísimo presidente del Partido Socialista Vasco, Doña Rafaela Moreno, importante cargo político también ella allí, no pudo por más contenerse. Al término de la sesión del juicio que por enaltecimiento del terrorismo llevó al Hombre de Paz (zp dixit) al banquillo, y en la que, como testigo de cargo del Pluspacífico Hombre acusado, compareció su marido, creyó verse en la obligación de encimar a la presidenta de la AVT y nada menos que espetarla: “El día que nos maten, no lloréis”. Y si el gran Felipe G, que sostuvo tener una vez en la mirilla a toda la cúpula etarra, si hemos de creerle, decíalo todo “sin acritud”, los testigos de la tremebunda frase de doña Rafaela coinciden en verificar la mucha aspereza con que la misma fue arrojada a la representante de las víctimas del Terror etarra.
    
     Y son detalles espontáneos como éste -como el de su rozagante marido en compartir, y jactarse encima de hacerlo, mesa y mantel en repetidas ocasiones más ancho que pancho con uno de los más sanguinarios jefes etarras en busca y captura, que para vergüenza imborrable de todos presidió además la comisión de derechos humanos en el parlamento vasco- muchísimo más reveladores que cien mil retóricas condenas del atentado de turno del sideral abismo vivencial, simbólico, referencial, de valores, de la más básica orientación, de piel diríamos, que separa a los contemporizadores de los cafres batasunos de cuantos sentimos como propia la causa de los miles de perseguidos, extorsionados, secuestrados, torturados y asesinados por los criminales de la Eta, muchos de ellos, para mayor pasmo, del mismo partido que doña Rafaela. Que es precisamente quien señala y apuntala con su frase la magnitud de esa distancia y el calado de ese foso al proscribir incluso el más natural de los sentimientos humanos ante todo asesinato injusto. 
    
     Resulta así delirante e inconcebible que en esos términos se produzca la esposa de Eguiguren nada menos que contra la presidenta de la asociación de víctimas, que es sobre todo la viva memoria de los cientos de asesinados y mutilados por el furor criminal de la banda armada de la izquierda abertzale. No ve doña Rafaela en esa mujer nada de todo lo que con nitidez en su persona se resume, sino un adversario al que increpar, echándole incluso en cara una posible muerte suya -¿amenazados ellos por quién?- precisamente a quien sobre todo ha experimentado en propia carne el muy real y bárbaro asesinato de sus deudos. Hay que hallarse en otro muy impensable universo mental, sin contacto axiológico alguno con el de los millones de españoles restantes que aborrecen hasta la médula a los filoetarras,  para atreverse a incordiar así. Recuerda, claro, el escupitajo de doña Rafaela a la abracadabrante sentencia que Zp en su día endiñóle a la madre de Irene Villa. Para ajustarse los leotardos y salir pitando, vamos.    

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Zp en mallas? No, Berlanga para siempre


    
     Iba, lector, a dejar aquí, en este rincón solo tuyo y mío, reflejo de la apolínea visión de zp en mallas, correteante por Seúl, verdadero cervatillo ahora lost in traslation tras el bosque en llamas que dejaron los perjúmenes de Trini, como maniatado de remos el pobre en medio de la conflagración, un poco también con algo de pato mareado en el desenlace del Lago de los Cisnes batasunos, como si quisiera él como sea recabar las miradas del personal, que entre Mr Equis y Txusito, esos soberbios cogotes,  tenemos olvidada su presidencial apostura. Pero no.
    
     Ha fallecido Luis García Berlanga y algo le pide a uno, no por rutina, desde luego, ni por afición a la necrofilia cultural, sino como natural expresión de pena y de gratitud a un tiempo, rendir tributo, aunque sea en esta miserable covachuela que apenas a algún sitio llega y con los medios de que sea uno capaz, a uno de los creadores más excepcionales y singulares del panorama artístico español. Era Berlanga sobre todo un genuino ESPÍRITU LIBRE, en la plenitud del elevado sentido que estos vocablos contienen, y que muy pocos más que él, si es que los hay, merecen.
    
     Admiraba uno en él su casta insobornable, sin sacar nunca pecho por ello, rebajada siempre por un humor caústico inclemente, atento sólo a su obra y a su arte, y no a  posar calculadamente para la Historia de hombre bueno y “enrrollao”. No comulgaba en la cofradía fetén de la Ceja, mancomunado sindicato del Autobombo que mandarinea con mano de hierro la industria de la “Cultura” desde hace treinta años, y acaso por lo mismo, como le ocurrió a José Luis López Vázquez, no ha recibido el reconocimiento social que una nación en verdad culta debería prestar a los mejores de sus creadores.
    
     Ojalá por mucho tiempo sobreviva su extensa obra, deslumbrante de inspirado ingenio muy a menudo, magistral casi siempre en el depurado manejo de los dificilísimos códigos expresivos que la comedia exige, esa peculiar mezcla de ritmos y de tonos ante la que tantos “encumbrados” se estrellan y  que dominaba él con oficio de virtuoso, y que le permitía, y sin subrayarlo, so capa de un aparente desenfado, dejarnos entrever un penetrante punto de vista sobre la condición humana, en la que se conjugan, entremezclados con arte, cinismo y ternura, bondad y maldad, amargura e ironía, desengañada corrosión y latente esperanza. Es sencillamente monumental la extraordinaria galería de tipos humanos a los que llenaba de vida con apenas dos mágicas pinceladas en sus mejores películas y se hacen inolvidables las endiabladas situaciones caóticas a los que les enfrentaba y en las que Berlanga entraba y salía con una desenvoltura prodigiosa e ingrata a la vez, porque la misma desarmante fluidez con que ante nuestros ojos la peripecia berlanguiana transcurre –igual que un trozo arrancado a la misma vida, diríamos, aunque siempre, de forma apenas visible, estilizada- enmascara la propia y gigantesca dificultad que conseguir esa fenomenal verosimilitud entraña.
    
     Así, las legendarias cacerías franquistas le sirvieron, a través de su vitriolo único, para hacernos sonreír –y cavilar sobre esa amalgama de ocio y negocio- en las impagables secuencias de “Patrimonio Nacional”, que más tarde, oh, sublime magia berlanguiana, tendrían continuidad real, -la Realidad imitando ahora al Arte-, en las famosas cacerías garzonitas, con ministros, fiscales y superpolicías añadidos, que Berlanga supo asimismo anticipar en la ya decididamente disolvente y escéptica “Todos a la cárcel”.  
    
     Sólo por haber rodado una obra de la envergadura artística de “Plácido” (1961) tendríamos ya razón de sobra para admirar a Berlanga para siempre: brillan ahí en todo lo alto, para mí, las portentosas cualidades berlanguianas: crítica social acerada y humor compasivo a la vez, escarnio de la hipocresía pero también muestrario de humanidad, diálogos afilados y certeros, riqueza de tipos y de situaciones, máximo potencial narrativo y descriptivo a un mismo tiempo, estallido de una creatividad en aluvión genial, apoteosis del ritmo expositivo, superior en pericia, en mi opinión, al tan celebrado de los hermanos Marx, y que luego hemos visto superpremiadas, siendo sólo pálidos reflejos de la obra berlanguiana, en Scorsese (Jó que Noche) o (también con cadáver a cuestas, tipos extravagantes, y curiosa furgoneta, motocarro en Plácido) en Pequeña Miss Sunshine.
    
     Así, sin darse ninguna importancia, deja tras de sí Berlanga una obra inconfundible, colmada de logros artísticos espléndidos, que de haber nacido francés, harían de él sin duda materia de obligado conocimiento para las generaciones venideras, si es que  conservan éstas aún en sus cabezas entonces el aprecio por la excelencia artística .  

    

viernes, 12 de noviembre de 2010

Son tus perjúmenes, Trini



    
     Ay, mi ministra, que ya yo se lo advertí ayer aquí nomás, y no quiso su prudencia hacerme caso ni echarme cuenta, que son los de aquellas tierras de allá gentes bien melosas y hasta empalagosas, que son sus líderes Sietemachos a cual  más de  todos, que no iban a pasar allí desapercibidas las ternuras por vos prodigadas, sólo en sagrada defensa de los intereses de España, quede bien claro, al hombrote Evo, que ya el Primate Chávez muy serio le inquirió particularidades suyas al descendiente de Incas, ya lo puede ver, que lo es él también del gran Bolívar, que también luce él fulminante y afilada espada, y que en éstas el señorito Correa del Ecuador, por la mano le ganó, fogoso como un verraco, no me vea los arrumacos que le regala, que parece esto, yo se lo advertí ayer mismito, ministra mía, una epidemia d´amour, del amor en los tiempos del cólera, que diría el Otro, sólo que el cólera reina ahora de verdad en el Sáhara, el cólera y la cólera del ejército marroquí, de su ministro del Interior alahuí, ese sí que es un tío, ése si que los tiene pero que bien puestos, que por eso acaso recién le condecoramos, que hay saharauis asesinados y montones de desaparecidos, qué risa, verdad ministra, qué risa desdentada la de esos niños saharauis, y el Aiún en llamas, que Evo también quedó en llamas a su paso, y es que cómo les enciende usted de veras a los mejores Hombres de Hispanoamérica, y qué de la política para con los pobres del mundo, si parece Usted, ministra mía, estar haciendo las Américas, una Massiel que hubiera ganado no sé que festival de la Oti, -ah, la dignidad suprema de ese lugareño andino mirando al suelo a su paso, que hay bellezas insoportables de mirar- y mientras, los sayones marroquíes repartiendo ostias de verdad, que hasta Moratinos sollozante ha sido repescado para la Paz en la zona por zp, así que cuídese ministra mía, que no pueden más mis ojos soportar el ver cómo el tarugo Correa la encima, como me la estruja, me la achucha, me la acapara, la rodea entre sus hombros el muy gorilón, cómo me la abraza y me la besa, y como reclináis Vos, sólo en defensa de España, claro, la cabeza entre la embocadura selvática de su pecho, que no, que no quiero verlo, si es que se llega usted a Venezuela, madre mía, que ya se lo advertí, que es como si hubiéramos pasado de la democracia mendicante a la democracia insinuante, que ya los bravos mandatarios latinos, rijosos como son, que la sangre se les rebota al verla, se pasan recaditos secretos confesándose sus excelencias, refiéranse en discretas notas sus maravillas, que son sus perjúmenes, mujer, los que les suliveyan, los que les suliveyan, que ya deliran todos en ansias de acogerla, del sandinista Ortega mejor ni hablar, que ya tuvo el muy gocho lo suyo indignísimo con una ahijada suya, que la abusó el muy, a él ni se acerque, mejor a Cuba, que Fidel no creo que ya, ni Raúl creo ya que…, aunque nunca eso del todo se sabe, que hay ahora mágicos remedios azules que levantan espíritus requetemuertos, hágame caso, ministra mía, ponga proa rumbo a Cuba, por favor… que esto es una plaga, que del roce nace el cariño, y tal, que se lo predije yo aquí ayer nomás, ministra mía, que, la verdad estoy loco de celos en viéndola en los brazos de otro que no sea yo, que me parezco yo hoy, tan serio como voy, a aquel inolvidable Clodomiro el ñajo de Carlos Mejía y los de tal.  


jueves, 11 de noviembre de 2010

Trinidad Jiménez con Evo Morales (Caperucita en Cochabamba)

    
     Ay Trinidad, ministra mía, sonrisa sin igual del Régimen zetapeico, que yo creo que no sabes tú del todo el peligro grandísimo que has corrido al ladito mismo del Inca, que es tan puro tu idealismo internacionalista que no repara en afrontar los más temerarios peligros, en las mismas fauces del lobo tú, arrojada Caperucita Roja de mis entretelas, qué valor, acércándole bombones a la vera misma de la camita al lobo Evo, que acaso habíase ventilado ya antes él a la abuelita del cuento de la Vega. ¿O era acaso que el Cazador Mister X, desde algún secreto lugar que en la imagen no vemos, tenía bien encuadrada en la mirilla al garañón, por si con súbita patada osaba él mandar bien lejos la sábanas y allí mismo ponderarte el Machu Pichu y acaso luego de golpe sobre ti abalanzarse? ¡Qué ojos más grandes tienes, Evito! Son para verte mejor, ministrita mía. (Y casi al mismo tiempo, como en esas películas que abordan realidades simultáneas en distintas partes de la aldea global, en otra cama televisiva que patronea la superprogresista Milá, veíase el estertor del concursante a la concursante dirigido, en el clímax del edredoning, que le pedía él por Dios que con urgencia ella se apartase, que es que se vertía él de sí mismo, y en seminal modo, habiendo de aliviarse pero ya).
    
     Puede que fuera quizás esto, ministra, lo que ofuscara de podredumbre mi juicio. Pero te digo, ministra mía, y a la legión de mis treinta y siete pongo por testigos de la alta ley que yo te tengo, que fue ver la foto y sacudirse en violento tumbo el mío corazón. Claro, el monstruo de los celos me desgarró las entrañas. “No podía marcharme de Bolivia sin visitar al presidente”, dijiste tú, alimentando el espesor de mi tiniebla. Y que para afán tal, ni el vuelo, ni la distancia kilométrica de La Paz a Cochabamba, ni el que fuera una intervención de rutina, fueron obstáculo alguno. Y ahí estás, a medio metro escaso de su piltra, contagiándole la medicinal sonrisa tuya, que desmiente por sí sola la circunspección de los brazos, al descendiente del Inca, todo un tigre sólo por un instante domado. Será mi imaginación, que está sin duda por el resquemor muy corrompida, y ve gigantes donde solo hay molinos de diplomacia, pero paréceme a mí que el Evo descansa los brazos suyos sobre bendita parte quizás por que no se le descubra así del todo la alegría de verte, que hasta convaleciente se puso camisita limpia y todo el muy ladino para impresionarte con su indesmayable hombría, en altas cimas cuzqueñas afianzada.
    
     Y es que, perdóname ministra, pero todo cuanto sobre el asunto cae entre mis manos no hace sino cebar más y más mi resquemor, que no hace mucho el boliviano clamó a los cielos muy alto por la trágica degeneración del género Macho, corrupción atribuida por él a la ingesta de pollos transgénicos, de lo que se deduce indudable autoridad en la materia (si llega a presentarse en Cochabamba Zerolo, el de los democráticos orgasmos, pollo en mano a cumplimentar al adorador de la Pacha Mama, ahórrame explicarte cómo hubiera podido acabar aquello), y poco después comprobamos todos algo pasmados el volumen indudable de sus futboleras gónadas en el lance ese en el que con duro rodillazo al oponente, por amistosa que fuese la lid, impuso su incalculable hombría. Si de resultas del topetazo aquel ha debido la rodilla de don Evo ser intervenida, adónde andarán, ministra, házte cargo, las aovadas criadillas del pollo aquel que se le enfrentó, tan contundentemente vapuleado.
    
     Si a más a más sostiene el diario Público que es que existe “feeling” entrambos, si vos misma, querida ministra, has reconocido encontrar a don Evo… “MUY ANIMADO Y CON GANAS” (¡) -y con ganas de qué, Dios mío, que decía Umbral que entre hombre y mujer la amistad es imposible, que siempre está el androide que a los varones nos habita por alrededor mascullando “qué, cuándo empezamos”-, comprenderá entonces, ministra, el alcance de mi desesperación, como saharaui por vos ninguneado, que en nada menguaba el de sobra saber que la defensa de los intereses españoles era nada más que la causa verdadera de vuestro ritual sacrificio.
    
     Cuentan las agencias que intercambiáronse y todo presentes la parejita, que un chal de vicuña –espero, ministra, que no empapado de andino trasudor como acaso gustara a la Grandes- dióle el galán a la galana, y que… con ¡un jamón de jabugo! le obsequió a cambio ella, que en colmo del recelo imagínase uno a Evo abrazado en el camastro a ese jamón y desecho en suspiros a la vez, como fabricándose para sí muy deleitosas y turbadoras imágenes.
     Y con ser desazonante la estampa, peor resulta el ejemplo, ministra mía, que se propagará como epidemia el caso, y pronto hemos de ver al primate Chávez –que al parecer jactábase en su televisivo chou de darle lo suyo a la parienta, superlativo machote también él- operándose puede que de una hernia, sólo por que Vos le rindáis visita e impar sonrisa. ¡Qué dientes más grandes tienes, coronelito! Son para… para eso mejor.   

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Toy Story 3, la lealtad, idiotas, la lealtad


    
     No me gustan las películas de dibujos animados: vi muy pocas durante la infancia y, acaso por eso, algo me impide “conectar” con ellas. Déficit de imaginación en lo sucesivo lo mío, como otros niños sufrieron la falta vitamina C, qué le vamos a hacer. No suelo, por lo mismo, nunca elegirlas. Hice una excepción en su día para ver, rodeada de la laudatoria leyenda que la rodeaba, UP: diez minutos a tempo lento primorosos y el resto, para mí, decepcionante carrousel de ruidos y eyaculación incesante de planos apta sólo para epilépticos. No había visto además las previas del Toy Story, aunque sabía más o menos de qué iban.
    
      Por si lo anterior fuera pequeña contraindicación, te confesaré solo a ti, lector mío, que iba a verla con mi hijo, que tiene quince añazos, y que ese día, por motivo de las infaustas Matemáticas que amenazaban el inminente septiembre, andaba yo encabronado con él. Trata de imaginarlo, lector: un padrazo y su hijo, más alto ya el descendiente que el ascendiente, -habría que cambiarles entonces los nombres a las cosas, qué lío-, malhumorados Uno con  Otro y Otro con  Uno, por lo mismo casi sin hablarse y como a un metro de distancia los pasos del Uno de los del Otro, metiéndose en pleno agosto madrileño a ver una de dibus.
    
      Yo creo que la multitudinaria guardería que llenaba la sala debió imaginar, silenciosa sólo por un instante al vernos tan contrariados entrar, que formábamos parte del corto de terror que ponían antes de la peli, porque, pasado el susto inicial por nuestra “triunfal entrada”, siguieron gritando como posesos. Y por si toda esa anterior escocedura fuera poca, había  además que por narices colocarse, a riesgo, de lo contrario, de quedarte bisojo, sobre las propias gafotas esas otras tridimensionales que en la sala te adjudican, como si alguien en la cabina de proyección, hasta los mismísimos de tanto griterío, se dispusiera a propulsar a toda aquella escandalosa Disneylandia –más el Uno, más el Otro, sí, lector-, al mismo estelar Infinito, o más allá incluso… hasta el Infierno mismo. La ocasión, pues, se las prometía felices. En fin.
        
     He querido desde entonces adrede dejar pasar el tiempo, a ver si se me pasaba la fiebre, dar tiempo a que se posase en mi cabeza el terremoto de sensaciones deleitosas y enaltecedoras que la película levantó en mí después de verla. Dejarla como en la punta de la lengua… del cerebro, dejarla ahí, no archivarla, no pasar a otra cosa, no llenar ese espacio sagrado con cualquier otra inmundicia. Ponerla a prueba ahí también. Y en ese sitio, desde finales de este agosto, la película en mi memoria no ha hecho más que crecer. Hablo, claro, de Toy Story 3.
       
     Coincido con todos los que han catalogado a Toy Story 3 como auténtica obra maestra, con la condición de que reservemos este marchamo -para no devaluarlo- como oro en paño a solo muy escogidas películas, no más allá de dos por año. Y es que en Toy Stoy 3 hay una muy acabada y pensada historia, hay personajes maravillosos con conflictos hermosísimamente recreados en los que todos nos reconocemos, -la alegría, la tristeza, la soledad, la amistad, la angustia por lo incierto del porvenir, el amor, la vida a chorros, la despedida, el abandono, el miedo, los celos, la ternura, la imparable corriente de la vida , la aceptación de la misma- hay, pues, un caudal jubiloso de sentimientos universales, hay una prodigiosa mutación de ritmos y de músicas y de géneros acompasados con perfección al hilo de una historia trepidante que sabe también remansarse cuando conviene; hay, en estos tiempos de cochambre, una  emocionantísima exaltación de la lealtad.
    
     Y además, creo que es de esas películas en las que vuelve a llenarse de  sentido el ver cine alrededor de una gran pantalla y al lado de muchas personas, -sí, aquella turbamulta de canijos alborotadores habíase tornado, de la mano de la magia única de la película, en adorabilísimos infantes de grandioso corazón- a las que sientes a tú lado, sacudidas y agitadas por un mismo sentir, estremecidas o dichosas por unas idénticas emociones -qué gozada el ver pulsadas con inteligencia suma dentro de uno, por una vez, las más nobles y altas aspiraciones de los humanos al compás de la historia, sin calzador de moralina postiza alguno- arte, pues, conmoción engrandecedora en medio de la que suspiras, piensas, ríes y lloras junto a quien tienes en la butaca de al lado, sin que haya necesidad siquiera de decirlo, reconociéndote así igual a ellos.
    
     Terminó la peli. Terminaron de pasar títulos y títulos de verdaderos créditos. Terminó aquella música deliciosa. Encendiéronse unas luces como si a algún sitio habitual aterrizáramos Nos miramos entonces mi hijo y yo, lector mío: parecíamos ahora dos astronautas con las respectivas viseras de la escafandra empañadas. Le brindé a mi hijo, un poco a tientas,  la palma de la mano abierta en alto, como los de la NBA. Sin quitarse las tridimensionales, él me la chocó con ganas. Toy Story 3 reconcilia con el cine y con las personas de buen corazón, sin ser en absoluto una película naif o tontorrona. Bravo por ella.
    (Ah, y te iba ya a confesar, lector mío,  que, en septiembre, regalo último de Toy Story 3, aprobamos las jodidas mates. Pero no sé si esto no será ya innecesaria moraleja. Bórralo entonces, si crees tú que sobra).

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martes, 9 de noviembre de 2010

Ciudadano Facebook (Comentario acerca de "La red social")


      
      Aborda la película la historia del creador del Facebook, y la de su socio, dos de los más precoces multimillonarios de la Historia. Cuéntase la crónica de ese invento, a partir de un genial friki de los ordenadores y de los algoritmos, al que la chica que pretende, harta de su “frikura”, manda a hacer gárgaras. Esas amargas gárgaras de despecho serán las semillas del artefacto que le hará prontísimamente –prodigios de la supersónica aldea global, de mísero estudiante a una especie de Ciudadano Kane en apenas dos años- de Oro. Es el reflejo y el relato de una portentosa visión empresarial asociada a la extraordinaria inventiva cibernética.
    
     Si la película arranca con un íntimo intríngulis –chico vése rechazado por chica-, al final, a pesar de las toneladas de dinero y de los millones de personas que el Einstein consigue vincular a su creación en tan corto espacio de tiempo, después de los problemas judiciales a los que ha de hacer frente –acusado de robar la idea, primero, enfrentado por desavenencias y celos profesionales a su socio y amigo del primer momento, después-la película apunta en el desenlace a que,  en apariencia íntimamente “tocado”, sigue el cerebrito preso de su carencia afectiva primera y primordial: teclea sobre su ordenador su invento, demandando una y otra vez cibernética amistad con la chica primera, aunque el rótulo final nos recuerda los muchísimos milmillones que atesora en la actualidad el colega, como desmintiendo a la vez de plano cualquier  romántica motivación decisiva.
      
     Y si Ciudadano Kane era toda una laboriosa pesquisa en torno a la íntima verdad –Rosebud, el trineo infantil, la infancia desdichada- que a través de la vida entera ocultaba el rostro del gran magnate, La red social renuncia a esa indagación, y lo hace en parte a la fuerza, por cuanto sucede ahora todo a una velocidad tan vertiginosa que no hay forma de encontrarle el sentido a nada. Renuncia pues la película al intento de explorar los móviles que en el fondo mueven al figura del Facebook, que es sólo una máscara impenetrable de ambición en abstracto por su juguetito, en cuya defensa demuestra muy acerada perspicacia, pero en quien nunca vemos una reflexión,  un humano interrogarse por la trascendencia de lo que tiene entre las manos, un libro, una amistad verdadera, nada. Resulta al cabo el jovencísimo artista un enigma dentro de un misterio envuelto en un arcano. Da que pensar realmente que el creador de toda una gigantesca malla para acercar y relacionar a las personas –epidérmicamente, por supuesto- resulte un tipo aislado, incapaz de un vínculo real con cualquier cosa.
    
     Y como la película rechaza explorar ese crucial interrogante, se entretiene, a cambio,  con brillantez y con habilidad narrativa sumas –es notable como consigue hacer entendible una temática tan extremadamente prolija- en contarnos, a través de diálogos acerados y de una sabia dosificación dramática de los argumentos, con riqueza expresiva y plástica, las peripecias judiciales del fenomenal embrollo. Tampoco vemos desarrollado y ahondado el que sería el verdadero asunto de la película: el del significado de la amistad, el de cómo la ambición y el éxito pueden destruir ésta y todos los valores humanísticos de paso.
    
     Y no lo hace, porque es que tampoco tenemos la sensación al principio de que sean los dos socios verdaderamente amigos, el haz de significaciones que esa palabra encierra, quiero decir, como si fuera la discreta levedad del ser, la acomodaticia adaptación a la momentánea exigencia del momento, la verdadera cifra de estos tiempos postmodernos, (hasta el punto de que la más reconociblemente humana en la película es una joven enamorada y engañada, que significativamente juega un muy secundario rol en la movida) en los que como digo, transcurre todo a una tan endiablada velocidad –véase el caso paradigmático de Susan Boyle, de anónima y amargada solterona, a quienes hasta los perros ladraban a su paso, a rutilante star del mediático universo discográfico sin solución de continuidad- que en el mismo parpadeo se diluye lo que hasta ahora creíamos específicamente humano, la lealtad, la memoria, la trayectoria y un cierto bagaje de universales sentimientos.
    
     En la pérdida de esa solución de continuidad –no deja de ser “solución” sinónimo de pegamento- se desvanece todo sentido de la acción humana. Sólo hay ruido y furia instantáneas, eso sí, bien conectados ambos en todo momento a la Red. Es, claro, la insoportable levedad del interné.    

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ken Follet, Almudena Grandes, yo mismo


    
      Verá, Mr Follet, no me cuelgue todavía, please, no creo que el importe de esta llamada haya de suponerle mucho a su también descomunal Fortuna, que aún no he terminado yo de hacerle relación y escrutinio suficientes del cúmulo sin fin de espirituales refinamientos del que hacen gala los principales feriantes de la intectualité patria, mucho más divertida y sabrosa, dónde va a parar, que la plúmbea trilogía que tiene usted proyectada. Y es que el cloqueo del folleteo dragoniano, Mr Follet, como la uva arrancada de un racimo precioso, háse traido consigo otra, que lleva consigo el todavía reciente runrún del caso de la aguerrida miliciana Almudena Grandes, que no sé si a sus excelsos oidos terminó por llegar. A los sindicatos de Telemadrid y a los izquierdistas de postín que ahora acometen a lanzazos a Dragó herido, lo de Almudena ni les inmutó, claro. Como dicen ahora los loritos a la última, Mr Follet, le cuento, es decir, si tú así me lo permites, Ken, te comento: 

     Es Almudena Grandes conocidísima, y laureada entre las que más, española escritora.  Participa además en muy principales tertulias radiofónicas y es señera columnista del periódico de mayor difusión nacional. Sus públicas y reiteradas tomas de postura, su conocida rúbrica e impulso a los habituales manifiestos de abajofirmantes hacen de ella muy destacada figura de lo que estos mismos promotores autotitulan –colándonos de matute al paso unas cuantas presunciones ventajistas- como “el mundo de la cultura” (…y de la prosperidad, le añadiría yo, Mr Follet, si me permite usted ponerle algo de británica guasa a la cosa). Arribó Almudena a la Fama de la mano de una muy picante novela, Las edades de Lulú, galardonada con La Sonrisa Vertical, cuyo contenido, con protagonistas menores de edad, convierte a las lolitas chinas de Dragó en ursulinas de la Contrarreforma. (otro ejemplo más que avala, Mr Follet, mi aviesa intención de darle una vuelta de tuerca puerca a mi relato del Antro, a ver si así Editores y  Fama, como lolitas dragonianas, asáltanme a mí también, y con ansias de devorarme.)
    
     Bueno, pues es el zumo de la dichosa uva que tuvo a bien no ha mucho doña Almudena, coincidiendo, vaya por Marx, con la promoción de su libro “Corazón helado”, de en efecto dejarnos a todos el citado músculo tiritando, al proclamar sin más ni más ella a los cuatro vientos que “cada mañana fusilaría a dos o tres voces de la derecha española que me sacan de quicio”.
    
     Era en verdad inaudito ese desquiciado ánimo fusilador (o trajinador, que diría Dragó, que mezcla el castellano curiosas anfibologías para el Eros y el Tánatos, por qué será) en tan insigne representante del dorado mundo de la Inteligencia y el Humanismo sin Fronteras, máxime en un país como el nuestro, azotado desde hace cuarenta años por los más cobardes asesinatos terroristas. Almudena quería cada mañanita fusilarse ella sola dos o tres. Pues vaya toalla, ¿no, Mr Follet? 
    
     Mas no termina ahí, sr Follet, la cima de la espiritualidad almudena. Porque a finales de 2008, en la contraportada del más importante periódico nacional, a propósito de una monja –para los católicos además santa, sor Maravillas- Almudena G se preguntaba: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y ¡mmm! sudorosos?”.  ¡Ahí estaban, en la cabeza de la escritora, primero, transcritos después como ideas propias, los más sórdidos prejuicios que atiborran las podridas mentes de los violadores más reincidentes! ¡Si eso de una mujer hubiera escrito Dragó! Ni las raspas quedan de él a estas alturas. Ese ¡mmm! incalificable, como esencias de Aníbal Lecter que la Grandes se echara encima tan ricamente.

     Bueno, sr Follet, no le entretengo ya más, pero  dígame si no merece acaso Almudena Grandes estatua colosal como la suya, a colocar en la sede de la Sgae  frente a la de Ian Gibson, que no encontrará el tío la tumba de García Lorca ni para atrás, pero que no se corta el muy intelectual en pedir ¡una bomba! para la basílica del Valle de los Caídos. Dígame también si no es la intelectualité hispana mil veces más morbosa, y por lo mismo con éxito asegurado de ser por vos novelable, que la saga que quiere endiñarnos. Dígame, please, por último, Mr Follet si no le interesaría a usted subvencionarme mi relato del Antro, aunque haya yo de darle al mismo, si es que me sale, una puerca vuelta de tuerca, a la “Grandragoniana maniera”.   

sábado, 6 de noviembre de 2010

El sueño de una noche de Otoño

     
     
      Anoche, como Luther King, también tuve yo un sueño. Y quiero contártelo a ti, confesarme así un poco contigo, lector mío, y hasta implorar tu perdón, por si es que no fuera el mismo de tu completo agrado. Ahora pienso –cuando a la luz de la razón contemplo mi nocturno desvarío- que una maldad congénita –que diría el Cardenal Rubalcaba-, en las dionisíacas tinieblas de la noche campa sin freno por mis fueros, atraviesa de parte a parte mi juicio y me turba un poco el mismo, hasta ofuscármelo; de forma que acaso exteriorizando el onírico lance, dándole cauce, pueda así al menos un poco atemperarle y esperar con tiempo en por mí mismo sanar de tanta polución. Sigo yo en esto a Cortázar, que creía mucho en lo que de verdad anticipatoria, libres de conscientes censuras, portan consigo los sueños, y se apresuraba él también nada más despertarse a anotar en la libreta, que al efecto dejaba preparada sobre la mesilla, cuanto del sueño de la noche reciente aún recordaba.  Bueno, júzgalo luego tú mismo.
    
     Verás, lector, el caso es que soñé que los 666 asesores presidenciales llegaron a la inaudita conclusión, desbaratada como baza electoral suprema la ilusión de la deposición etarra de las armas, -como la circular del CESID en días pasados de forma inapelable certificó-, que la única arma que a Zp restaba por jugar en orden a conseguir el vuelco electoral estribaba en… arrodillarse ante el Papa Ratzinger, y con gesto sincerísimo ante él, solicitarle su perdón. Sí, una parte de la hispana ciudadanía comprendería entonces todo, y contemplado ese honesto arrepentimiento, dibujado con esmero en el semblante presidencial, le renovaría sin duda en las urnas el apoyo.  Oh, lector, la amargura indecible que ensombreció el rostro del Presidente cuando el Mayordomo de los 666 comunicóle de trémula voz la estadística resolución. Si tuviera yo la habilidad. o el oficio al menos, de trasladarte aquella desolación.
    
     Trató el Mayordomo entonces, a pesar del Gólgota que aquel hombre estaba delante suya experimentando, de animarle: ¿no fuiste capaz, Jose Luis, de irte a orar con Obama sobre la Biblia hasta Washington en el sarao aquel que cada año trama una muy ultraconservadora facción? ¿no tuviste acaso reaños, José Luis, para sin temblarte el pulso, aceptar el diktat del ultraliberal FMI y por decreto rebajar salarios y congelar pensiones, por más sagradísimas promesas que habías antes juramentado de nunca jamás hacerlo?  Has de verlo, Jose Luis, como un acto de responsabilidad más, como un amargo trago a aceptar para asegurar a cambio tu permanencia, es decir, la pervivencia del socialismo en el Poder. Y con la hiel de ese cáliz atragantada, como una luna aciaga, en la boca del esternón retiróse entonces el Presidente a sus aposentos.
     
     Al día siguiente, al pie de la escalerilla del avión que en viaje pastoral dejaba al Papa sobre tierra española, para morrocotuda y planetaria sorpresa –allí las cámaras del entero orbe parecieron hasta relucir de pura perplejidad-  embutido en formalísimo terno y  muy compungido de rictus, compareció el Presidente. Y fue el besar el Pontífice el asfalto aeroportuario y el postrarse de hinojos el Presidente ante el sucesor de San Pedro todo y uno en el tiempo. Entonces el Papa, como en un deja vu, extendió el índice admonitorio sobre la presidencial cabeza, y ésta se humilló entonces un poco más, como si quisiera ocultarle al mundo unas moratinianas lágrimas.
     
     Pero no acabó ahí el dislate equinoccial de mi truculenta pesadilla, indulgente lector, que apelo yo de verdad ahora a tu más excelsa comprensión para digerir la desmesura que ahora viene y que puedas así excusármelo, porque a continuación, recobrado un poco el ánimo, el Presidente se irguió y, dando un pasito hacia atrás, extendió su brazo izquierdo para presentarle al Papa a su querida esposa y a sus dos góticas beldades que allí estaban, primorosamente vestidas de blanco las tres para la ocasión, más los zapatitos de negro charol relucientes como tricornios, y que al punto también allí se prosternaron con muy humilde acatamiento hacia el máximo Prelado. Algún acólito le acercó el hisopo y roció entonces el Papa aquellas benditas testas de muy purificada agua. Bueno y sonaba entonces y todo –no te digo más, apiádate de mí, lector santo- los primeros acordes del himno nacional.
      
     Uff, me desperté desalado, avergonzado de la visión que dejaba atrás, perdida en la intrincada espesura del bosque enmarañado del sueño. Me acordé luego de Luther King, de cómo acabó el pobre, y se me llenaron a mí entonces de lágrimas los ojos, hasta que del llanto me arrancó Cortázar, y de su mano vine aquí, a compartirlo contigo, compasivo lector mío.

       

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ken Follet, Sánchez-Dragó, yo mismo

    
      Por si el sr Follet pudiera o pudiese, a través del cibernético espacio, por raro milagro oírme: ¡Ken! ¡KEEEEEN!, tenga a bien escucharme, Mr Follet, olvide su plomiza trilogía proyectada y pégueles el ojo y el oído a la intelectualité española, que está la pobre que de sí misma se sale. Que está salidísima, vamos. La penúltima fantochada de Dragó (que antes la montó de budista, y antes de manchesteriano liberal, y posó también en bolas, y luego de falangista cantando el cara al sol, y antes de experimentado homosexual, y luego de tántrico atleta sexual, y antes de mitinero de Aznar, y antes de partenaire en frac con la Obregón, y antes de comunista de postín, que acaba Dragó él solito con todos los antes, tal es la frivolité  inmisericorde de su ego Super, que al mismo Freud hubiera vuelto tarumba) exige también colosal estatua, broncínea como la suya, Mr Follet, y me parece a mí que de lujo quedaría emplazada esa talla al lado de la torre inclinada de Pisa, frente a frente con otra que a pulso gánase a diario Berlusconi, gemelos ambos dos a sus añitos en idéntico y desatado furor puericial. Vaya par.
    
     El libro que ahora mismito a su manera promociona Dragó lleva por título “Dios los cría y…”, y paréceme ello gratuita alusión al Altísimo, a no ser que donde pone Dios pongamos nosotros la Televisión, en efecto Suma Hacedora hoy de famas y haciendas, que sólo endriagos parece capaz de producir. Debe resultar apelotante el llegar a ser toda una “vedettona” de la literatura y la cultura patrias, y soltar luego la primer sandez que por el caletre se te cruce, con la única condición de que aquilate la misma los más fenicios de los intereses propios, brújula máxima en estos tiempos detestables. El que a la misma vez se siente acreditada plaza de Superácrata y contestatario librepensador al Sistema roza ya la cuadratura del círculo.
    
     Claro que, vistos la celebridad y el caché que Dragó legitimísimamente ostenta, no le vendría mal a uno aplicarse el cuento, es decir, retomar el relato del Antro que de esta covacha apenas salió y darle una vuelta, a la “dragoniana maniera”, por ver si el pobre respirar pudiera el oxígeno ambiente y crecer y crecer hasta hacer de mis seguidores legión, y que los ecos de la misma a las oídas de un editor llegara y prestara éste al fin algún caso a lo mío, celoso seguidor como soy, gemelo en eso yo también de Dragó, si bien gemelo fracasati, del caché y la celebridad antes reseñadas. Y si no, seguro que usted puede, Mr Follet, que célebre también es el tamaño descomunal de su magnanimidad, el subvenir con apenas una propina suya la publicación de lo mío.  Ya ve, Mr Follet, que el cuento de la lechera es de universal alcance.
    
     Voy a empezar entonces por recrear, a tu lado, paciente lector, el lance que con indiscutible oficio puso en pié Dragó y por el que a todos los noticiarios vióse arrojado. Resúltase que “en Tokio, un día, al salir del metro, me topé con unas lolitas de esas, ahora hay muchas ( y es que habla Dragó de hace cuarenta años, que siempre fue él, por si lo habíamos olvidado, adelantado en todo y cuando los demás vamos está ya él de vuelta y media de la cosa), pero no unas lolitas cualesquiera (veamos, veamos en que se distanciaban las suyas de las ninfas nabokovianas, que por fuerza habían de ser las de Dragó en algo singulares), sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda… tendrían unos trece años (oséase, Dragó, unas lolitas verbeneras, era esa su especificidad). Subí con ellas y las muy putas (alto, alto: véase el ritmo desenfrenado que toma la acción, que fue llegar Dragó y besar el santo señor a las muy…, qué decir de esas instantánea captura psicológica del alma de los personajes, ni Dostoievski, aunque a la vez tenga la cosa maneras como de chiste de tasca) se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter… (si supónese que no iba a vomitar la criatura, ni a hacer sus necesidades, ni a de cosa dragoniana limpiarse –lo habría él dicho-, cabe deducir que iba allí a con oriental paciencia guardar el turno, que las dos asistir a la vez a las fauces en acción del dragón debía ser grande pecado)… la otra se me trajinaba (bárbaro el encabalgamiento de reflexivos, que por lo demás sugiere la muy plástica imagen del sr Dragó, soberbio gallo, allí magníficamente expuesto y pasivo, apenas mera corpórea presencia enhiesta, sólo para que las muy niponas saciaran su lolitismo único, dígame, ¿no escucha aún, Mr Follet, el suave cloqueo del folleteo dragoniano?).
    
     Recuerde, Mr Follet , que arrancábamos la temporada con la Teoría del Incesto según Sabina, que quería él convencer de las bondades del mismo a sus hijas, por lo que ésta en verdad mágica historia de Dragó (qué lejos, sin embargo, de aquella monumental guía mágica de Gárgoris y el otro que escribiera él in illo témpore, y cómo mueven a pena estas idioteces en quien es a menudo un extraordinario animador cultural) rezuma todo un familiar aire de ambiente. Se piden luego disculpas, se jura luego “por el propio honor” (¡) que es todo mentira, y aquí paz y después gloria, y a ver si así se vende un poco más el libro, que está la cosa muy cruda. ¿En qué se diferencian tantos figurones de la intelectualidad de los calculadores concursantes del Gran Hermano? Recabar de ellos un algo de responsabilidad queda tan… estúpido.
     Ya le digo, Mr Follet,  voy yo a darle una vuelta de tuerca puerca al mío relato del Antro, a ver si así.