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martes, 25 de septiembre de 2012

Una coda también para Olvido, concejala de Los Yébenes



    
    En el principio en ella fue ya el nombre, que pareciera que una divinidad furiosamente nominalista (el nombre es ya el alma de la cosa) y guasona dirigiera la marcha de los asuntos en este mundo descarriado. Olvido le pusieron, como predestinándole así al descuido y al extravío en sus afanes y trabajos, acaso en los manuales también. Hormigos, su apellido, que designa también un dulce postre compuesto de almendras tan tostadas y machacadas en miel (ah, la luna de esa miel), que al pasarlas por un colador no parecen sino eso, un hormiguero, similar imagen a la del mismo corazón de las tinieblas femenino, predisponiéndonos ya sólo ese apellido a un inquietante hormigueo de los sentidos. Y en Los Yébenes (etimológicamente monte en árabe) tuvo que ser, como si el de Venus asomara ya por ahí  su anfibologíco genérico. Entonces, con todas esa constelación de nominaciones precedentes encima, quizás poco margen le restara ya al azar digital para estallar.  
     
    Sostienen los platónicos que existe un reino superior de Formas e Ideas abstractas y universales donde estas se preservan puras y eternas, y de las que las subsiguientes copias terrenales son solo sombras y sucesivas degradaciones de aquellas. Y tentados estamos en, a propósito del affaire de la bravía concejala yebení, darles la razón. Pues, en uno de los más excelsos poemas amorosos y espirituales de la Historia de la Literatura, en toda su inspiración y belleza está de alguna forma ya prefigurada la demasiado humana peripecia de Olvido Hormigos.
   Hablamos, claro, de La Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz. Ojalá sirviera el olvido de Olvido para que miles de personas recalaran en la extrema maravilla de este poema:
   En la noche dichosa,
   en secreto, que nadie me veía
   ni yo miraba cosa,
   sin otra luz y guía
   sino la que en el corazón ardía.
  
   El aire de la almena,
   cuando yo sus cabellos esparcía,
   con su mano serena
   en mi cuello hería,
   y todos mis sentidos suspendía.

   Quedéme y olvidéme,
   el rostro recliné sobre el Amado;
   cesó todo, y dejéme,
   dejando mi cuidado
   entre las azucenas olvidado.

Todo cesó, se suspendió todo, dejando mi cuidado entre las azucenas de los yébenes olvidado, dulce Olvido, sí.


Post/post: gracias a Manuel Rocha y a Juan Fernández por seguirme, a Mateo, a Mónica, a Winnie0, a Cesar, a Norma, a NVBallesteros, por redondear con sus reflexiones el post, por bloggear ayer a mi lado, alicientes todos para seguir dándole a la escrituta, GRACIAS.
(Y MAÑANA... "Impotencia del blog", que yo no me la perdería, claro) 
   

lunes, 24 de septiembre de 2012

Una coda para el Pongamos que hablo de Madrid



    
    Decíamos, a propósito de la balada de Sabina “Pongamos que hablo de Madrid”, que aquel Madrid que recrea la canción era ya el de la Movida, si bien aún no consciente de merecer sobre sí el haz de doradas resonancias lúdico-artístico-festivas bajo el que más tarde todo aquel despiporre colectivo se consagraría.
   Así lo prueban, creo, la visión amarga y desesperanzada que de la ciudad la propia letra destila. “…donde el mar no se puede concebir…la muerte viaja en ambulancias blancas… los pájaros visitan al psiquiatra…hay una jeringuilla en el lavabo… un agujero queda para mí, que me dejo la vida en sus rincones…”. Se concebían por entonces las grandes ciudades -en la heterogénea estela literaria de Arthur Miller, el Poeta en Nueva York de Lorca, Walt Witman y los escritores hippies, entre otros- como fabulosos monstruos de la deshumanización, alienantes y liquidadoras fábricas de los naturales lazos de fraternidad que, en contacto con la Naturaleza, perviven en la aldea. Cinco millones de habitantes, se decía, y no conoces el nombre de tu vecino de enfrente. Las ciudades vistas como nichos de las más espontáneas soledades, destinadas a propiciar irremediablemente la robotización de todos.
   
    El propio título despectivo de la canción así también lo muestra. Más explícito aún el clímax de negrura al que la letra nos lleva, anticipatorio de lo peor, claro: “Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid”. Aquí, no queda sitio para nadie, vale.
   Llegó luego el marchamo triunfal y oficial, esa Denominación de Origen, el Madrid de la Movida, y con él… el bussiness, diríamos, la proliferación de los conciertos y la adoración vertiginosa de las muchedumbres de fans… urbanícolas, precisamente. El de Úbeda, que las caza al vuelo, vió la necesidad de cambiarle sobre la marcha la letra al son, dándole un vuelco del todo absurdo a la canción, y qué más daba, total, si de agradar al público se trataba. Una manera también, tan cara a cierta Izquierda, de reescribir la Historia a su antojo. El nuevo colofón resultó ahora ser: “Cuando la muerte venga a visitarme/ no me despiertes, déjame dormir/aquí he vivido, aquí quiero quedarme/pongamos que hablo de Madrid. De Madriii-i-i-id, sí.
   (en otra canción de Luis Eduardo Aute aconteció otro tanto, y donde antes se oía “no aguanto este coñazo de Madrid”, pasó luego a escucharse, tras la vaselina reparadora, un mucho más grato “no aguanto este alboroto de Madrid”. En fin, todo esto es tan pueril. ¿O acaso no lo es?) 


Post/post: gracias a Cesar, a Pat.mm, a MAMUMA, a CLAVE, a Mateo, a Vicente Rubio -gracias-, a Mónica, a Carlos, a NVBallesteros, a Anónimo, a PACO GACELA, a La sonrisa de Hiperion por comentar mis ripios, por bloggear ayer a mi lado,  GRACIAS.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Romance de la Concejala y del Futbolista... en Olite,claro (Poessía treinta y cuatro)






Andaba la Concejala
con un diestro futbolero
que la goleaba certero,
en amores inflamada.

Nunca vió la portería
comparable puntería
a la que en Olvido
-a espaldas del marido-
el delantero acometía,
¡qué pancarta merecía!

Furor loco de la pasión,
incordio del adulterio
estorbos del horario,
la edil obsequió a su Amor
crudo vídeo digital
en su toda intimidad,
que el atleta disfrutara
que aliviara su soledad,
los  trabajos manuales
del gozo los rituales
el éxtasis y el tormento
de digital ayuntamiento.

Cesó luego la hoguera
que entrambos mantenían,
quiso la edil guerrera
señalarle la salida,
el atleta traicionero
aventó el digital…
¡nunca vióse otra igual!

¡Cuánto mejor habría sido
fugarse los dos a Olite
-almenas de gran castillo-
y darse allí al disfrute
-pegarse un buen tute-
cual  belga alcaldesa
que allí vióselas tiesas.
Sobre esas explanadas
-aquellas vistas señaladas-
al ocaso de la tarde
Olvido está que arde
 y barrita el delantero
goleándola el trasero.

Saciados ya del Deseo
más sencillo les sería
a fogoso delantero
a concejala bravía
decir, Lucas, hasta luego
a tan trabada adultería.

Si se aman que lo griten,
para promesa de Amor
-noble castillo de Olite-
no hay escenario mejor.
Que se olviden de la gente
del populacho inquisidor
que se bañen en sus mieles
que se quieran con primor
que nada más sublime
cantar desea el trovador
-algo cursi por romántico-
que  dulce fruto de Amor.




Post/post: gracias a Juante, a Asun, a MAMUMA, a Mariena, a Campurriana, a Google, a Winnie0, a Carlos, a La sonrisa de Hiperion (espero no dejarme a nadie), por completar con sus palabras mi blog, por bloggear a mi lado, ayer.GRACIAS.



   














viernes, 21 de septiembre de 2012

Pongamos que hablo de tí, Leticia Ortiz



   
   Princesa Leticia cumplió los cuarenta. No sabemos si don Joaquín Sabina, el Transgresor mayor del Reino, en mieles ahora con Kirchner la Largona, le habrá preparado al efecto una de sus creaciones a la Princesa, acaso cantándole las cuarenta. Es conocida la mutua admiración y deferencia que entre ambos se profesan. Queriéndolo o sin quererlo han tejido entre ambos, con sus trayectorias, una historia de esas de las que se dice tópicamente que en ellas la realidad supera a la ficción. Juzga tú, lector, si así es o no.
    En el principio fue el cantautor, que cantaba. A Leticia, que aún no había alcanzado la Princesidad, una más entre los millones de fans, ya le entusiasmaban al parecer las artes y las letras del cantante-protesta. La verdad, la pericia del de Úbeda para contar y cantar la realidad, los sueños y las pesadillas de los ciudadanos del común, adobados con su toque entre canalla y reivindicativo, resultaban extraordinarias. Uno de sus más resonantes éxitos fue aquella desgarrada balada que él tituló “Pongamos que hablo de Madrid”, en aquel Madrid de la Movida que aún no tenía conciencia de merecer esa denominación.
  
    Ofrecía allí Sabina una visión entre amarga, desolada y lírica de la deshumanización rampante en una gran urbe, pongamos que hablo de Madrid como podría decirte Barcelona, Buenos Aires, París, en fin, esos leviatanes en los que los pájaros visitan al psiquiatra. Si a los niños les da por perseguir la vida en un vaso de ginebra, resulta que… las niñas ya no quieren ser princesas, cantábase allí. Era estupenda la ironía así cargada al sesgo, pues, era artículo de fé entonces entre la juventud, en la entera sociedad, el descrédito de la fosilizada vida cortesana, no digamos si tratábase de la misma Realeza, por contraposición a una vida libre, rebelde y sin ataduras, considerada como un modelo propio e irrenunciable de vivir la propia existencia. Más aún en el caso de las jóvenes, ebrias de liberación y ansiosas por revolverse contra los reaccionarios modelos sociales que hasta entonces se le ofrecían. Con mayores resonancias identificativas caían todavía esas palabras sobre las jóvenes contestarias.
   
    Es casi imposible que esas estrofas no percutieran con violencia simbólica en el interior de Leticia, que una y mil veces no se las canturreara. No en vano, ella era una joven estudiante, luego avezada profesional, en posesión pronto de una radical autonomía para dirigir su propia vida. Conocemos a grandes líneas su peripecia, su Canal Plus, su TVE, sus ideas dicen que avanzadas. En fin, en la vida de Leticia, ya no tan joven, apareció Don Felipe de Borbón, y  con él, cuanto vino después.
   Es muy posible que Leticia se enamorara de verdad de un Príncipe, incluso de una persona que coincidió que era Príncipe. Es innegable también que Leticia decidió casarse con él, entrar en ese engranaje del Trono y apostar por ser la futura Reina de España, Princesa ya. Era, claro, un fantástico desmentido al verso de Sabina, pero era sobre todo un clamoroso mentís a la visión progresista de la existencia que en la sociedad se abría paso, al Canon izquierdista de lo que ha de ser el republicano way of life. El trono de España bien vale una misa, hubiera debido apuntar alguien menos original que Sabina.
   Sorprendentemente el Soviet supremo del Feminismo oficial en nuestro país se aprestó con inmejorable denuedo, no a denunciar la impostura de Leticia, esto es, su propia debacle ideológica, sino a por encima de todo defenderla, como si depositaran en ella, en su carácter, extravagantes esperanzas republicanas. El tiempo pasó y el inicial protagonismo de Leticia, el lógico en una profesional exitosa, quedó pronto relegado a su actual y decorativa momificación.
   
    Cuenta la leyenda que, según se publicó en la prensa, Princesa Leticia en persona llevó a Don Felipe de Borbón a conocer en vivo y en directo al Transgresor Mayor del Reino, don Joaquín Sabina, y que una cena legendaria reunió a los tres en casa de Víctor Manuel. ¡Qué gran ocasión sin duda debió resultar aquella tenida! ¡Esos figuras, espectrales sombras de lo que un día juraron ser, mano a mano con el Borbón heredero, deseoso éste de ganarse el aprobado de los rampantes triunfadores!
  Sigue contando la leyenda que, más adelante, ya en Real Palacio, volvió al parecer –no me consta del todo- don Sabina a visitar a los Príncipes, a por todo lo alto reanudar su amistad con los herederos al Trono. ¿Hablarían en algún momento de aquella remota canción? Al final, la Niña sí que quiso ser Princesa. No, no llegas demasiado tarde. Yo mismo te ladro. Muchas felicidades, Princesa.


Post/post: gracias a Mónica, a Javir, a Juan Carlos, a Mateo, Juante, George Orwell, a Herep por bloggear conmigo ayer. GRACIAS.