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domingo, 17 de marzo de 2013

Irnos de poessías tú y yo


     
     Y ahora, cuando todos se pongan a ver la Final, cuando el mundo se paralice y nadie nos eche de menos, por entre los márgenes inaprensibles del día, oh, dichosa ventura, chascamos a la vez los dedos y nos vamos tú y yo de poessías, que tiene que ser la caña largarse de poessías contigo, bandolera mía, a desparramar tú y yo por ahí la belleza descrita del mundo, a aturdirnos al colmo los sentidos con palabras recitadas, sí, arribar juntos al Antro, oyes, tío, ¿nos pones un par de sonetos amorosos de Quevedo on the rocks? buff, subidón, subidón, meternos luego en la disco patibularia, y… porfa, ¿nos das un poco del garrafón de Antonio Gala?, allí mola y todo, eso, entrar de tu mano al tugurio, un doble de Lorca etiqueta del Amor oscuro, colega, uff, qué pasote, ¿poeta en nueva yol, le vale, señor?, venga, va, la locura, qué derroche de amor, que a la noche se le irá la mano de poessía, de música en partituras de versos volcada, y en mitad del bareto tomarte por el filo de los codos y colocarte al oído sobre los ríos de Babilonia siete versos de Pessoa, tristes, sí, pero qué alegres allí, qué posesivos, qué acariciadores, “tras la noche y dormir/ renace el día/nada haré sino sentir/pero ¿qué otra cosa haría?/, así es que déjalos entonces, que sigan con su Fútbol, que nos fugamos tú y yo de poessías pero ya, no has de aviarte mucho, no hace falta, bueno aviar el alma sí, avivarlo, expandirlo, inflamarlo, eso sí, ya verás, la liaremos parda de asonancias y de confidencias, investiremos la noche de un terciopelo magenta, entretejido de susurros aprendidos, y al cabo, en las postrimerías jubilosas del viaje,  qué, tomamos ya la espuela, en un bareto de mala muerte el Cántico de San Juan de la Cruz, buá chaval, casi caer redondo al suelo contigo, oh, Noche, oh Noche amable más que la alborada, oh Noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada, brutal, y al fin, en la amanecida, bajo la rúbrica  de golondrinas azules que vuelven, devolverte a tu casa trastabillados, medio patosos, con la sonrisa idiota en la cara puesta y el pelo un poco revuelto, ebrios, sí, pero de belleza, de verdad, de poessía… de alta vida… cuando nadie nos vea, sílbame, anda, y nos piramos de poessías tú y yo, que lo estoy deseando.  

martes, 25 de septiembre de 2012

Una coda también para Olvido, concejala de Los Yébenes



    
    En el principio en ella fue ya el nombre, que pareciera que una divinidad furiosamente nominalista (el nombre es ya el alma de la cosa) y guasona dirigiera la marcha de los asuntos en este mundo descarriado. Olvido le pusieron, como predestinándole así al descuido y al extravío en sus afanes y trabajos, acaso en los manuales también. Hormigos, su apellido, que designa también un dulce postre compuesto de almendras tan tostadas y machacadas en miel (ah, la luna de esa miel), que al pasarlas por un colador no parecen sino eso, un hormiguero, similar imagen a la del mismo corazón de las tinieblas femenino, predisponiéndonos ya sólo ese apellido a un inquietante hormigueo de los sentidos. Y en Los Yébenes (etimológicamente monte en árabe) tuvo que ser, como si el de Venus asomara ya por ahí  su anfibologíco genérico. Entonces, con todas esa constelación de nominaciones precedentes encima, quizás poco margen le restara ya al azar digital para estallar.  
     
    Sostienen los platónicos que existe un reino superior de Formas e Ideas abstractas y universales donde estas se preservan puras y eternas, y de las que las subsiguientes copias terrenales son solo sombras y sucesivas degradaciones de aquellas. Y tentados estamos en, a propósito del affaire de la bravía concejala yebení, darles la razón. Pues, en uno de los más excelsos poemas amorosos y espirituales de la Historia de la Literatura, en toda su inspiración y belleza está de alguna forma ya prefigurada la demasiado humana peripecia de Olvido Hormigos.
   Hablamos, claro, de La Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz. Ojalá sirviera el olvido de Olvido para que miles de personas recalaran en la extrema maravilla de este poema:
…
   En la noche dichosa,
   en secreto, que nadie me veía
   ni yo miraba cosa,
   sin otra luz y guía
   sino la que en el corazón ardía.
   …
   El aire de la almena,
   cuando yo sus cabellos esparcía,
   con su mano serena
   en mi cuello hería,
   y todos mis sentidos suspendía.

   Quedéme y olvidéme,
   el rostro recliné sobre el Amado;
   cesó todo, y dejéme,
   dejando mi cuidado
   entre las azucenas olvidado.

Todo cesó, se suspendió todo, dejando mi cuidado entre las azucenas de los yébenes olvidado, dulce Olvido, sí.


Post/post: gracias a Manuel Rocha y a Juan Fernández por seguirme, a Mateo, a Mónica, a Winnie0, a Cesar, a Norma, a NVBallesteros, por redondear con sus reflexiones el post, por bloggear ayer a mi lado, alicientes todos para seguir dándole a la escrituta, GRACIAS.
(Y MAÑANA... "Impotencia del blog", que yo no me la perdería, claro) 
   

viernes, 8 de julio de 2011

La Noche Oscura de Víctor Manuel


     
      Apuremos un instante más una de las Imágenes por antonomasia de estos años que vivimos zetapeicamente. Era la clara noche de la segunda victoria electoral de Zetapé.  Principiaban entonces, al decir de Zerolo, cuatro años más de democráticos orgasmos. ¿Os imagináis? , añadió radiante, con bríos de Cameron Díaz brillándole por entre los ojos, el señorito. Y cómo habríamos de imaginar placer tanto. Bueno, de pronto encaramóse al estrado Víctor Manuel, comandante en plaza de la Ceja, ese jardín de la Alegría zetapeica. Y allí, delante de la querida presencia Vencedora, perdida un poco la compostura, casi en femenil querencia, vivió Víctor Manuel la Noche oscura de su alma enardecida. Víctor y Víctor, Víctor M y la Victoria hecha Hombre anudados en público, apoteosis y sobredosis de vencedores, pues .
     Críate fama de cantautor protesta para acabar en esto, para al fin echarte a dormir casi abrazado al regazo del Presidente. Recreemos esa noche oscura, penetremos los abismos de esa Pasión incomparable, participemos así, aunque sea de refilón, de semejante deliquio.
                               En mi pecho florido
                               que entero para él solo se guardaba
                               allí quedó dormido,
                               y yo le regalaba,
                               y el ventalle de cedros aire daba.
  (Y, en efecto, he ahí ese pecho florido, el del mandamás de la rosa socialista, ese pecho leonés de poéticas flores atiborrado, que por doquier Él a su paso derramaba, el propicio almohadón de ese hombro providencial y presidencial sobre el que descansar, y sí, allí quedó nuestro cantautor, como dormido en un complaciente sueño, como demudado de efusión, y acaso el sueñito éste valiera la regalía del Canon, quid pro quo, yo me recuesto delante de todos a tu costado y me dejas tú a cambio un regalo, como cuando de niños el ratoncito Pérez Rubalcaba nos dejaba un presente, ¿acaso no notas, oh Invicto príncipe, este Viento de cedros que nos acuna, que, sabido es, la Tierra entera sólo al Viento pertenece?)
                                 El aire de la almena
                                 cuando yo sus cabellos esparcía,
                                 con su mano serena
                                 en mi cuello hería,
                                 y todos mis sentidos suspendía.
 (mano serena, sí, y sonrisa gioconda en el perfil de esos labios también serenos, en esos ojos de Gladiator vencedor y de recientes campañas fatigados, victorioso guerrero presto ya al reposo y al deleite, ojos entreabiertos, como achispados de idilio, ah, la galanura presidencial de esos brazos hospitalarios, ven, tesoro mío,  que te embarcaré yo entre la cuenca propicia que forman mis brazos fundidos a la artesa de mi pecho, ven, y esas manos como suavísimas flores acariciantes, sobre el hombro y sobre el mentón, y sobre los cabellos y el cuello y la oreja misma del gran cantautor, cuya manita entrelaza y se ancla al antebrazo presidencial, cerrando así el círculo perfecto del abrazo, apresándose por propio gusto, preso tuyo soy, a ti me doy,  como sólo hacen los enamorados, más la sonrisa feliz del cantautor, de amante desfallecido, rendido a los resplandores del Vencedor, también como de plácido angelito durmiente, ahuyentados todos los temores nocturnos, a salvo ya entre la mullida arboladura presidencial, ah, esa frente que descansa piel con piel sobre la firme mandíbula zetapeica, sí, diríase que todos los sentidos suspendidos)
                                     Quedéme y olvidéme,
                                     el rostro recliné sobre el Amado,
                                     cesó todo, y dejéme,
                                     dejando mi cuidado
                                     entre las azucenas olvidado.
  (Hum, y lo agustito que así se está, esas caritas, esa Cáritas, olvidado de todo y de todos, olvidado de uno mismo incluso, de las urgencias del mundo y de los blogs, de la realidad pesada del propio cuerpo, en éxtasis ya, contemplándonos en paz sin el cuchillo del Tiempo en la espalda, rostro con rostro tú y yo, el tuyo y el mío cara a cara, y disolvernos tú y yo en nuestro amor pluscuamperfecto, acurrucadito a tu vera, deshacerme así contigo, escuchando sólo el latido de tu corazón y el fluir tranquilo de la sangre corriendo tus venas, el rumor de tu respiración más íntima, puede ya acabarse el mundo, que lo mismo me da, libre incluso de la propia conciencia, enajenado, pena de esos malditos focos, con lo requetebien que se está entre las azucenas moradas de tus brazos enamorados, tan de cerca tú y yo, juntos de la mano en el jardín, humm, amore mío, que sólo pienso en tí).

     Postblog: cuentan que a las afueras de Weimar paseaban una vez Goethe y Beethoven en animada charla. De pronto un carruaje principal ante ellos se detiene. Era el Archiduque de Baviera, o algo así. Allí se le veía, emperifollado tras la ventanilla. Se aprestó Goethe a hacer entonces al Poderoso la florida reverencia, mientras Beethoven seguía a lo suyo. Desaparecido el carruaje, Beethoven, con ánimo torvo, le espetó al escritor: “Pensaba que erais el Rey de los Poetas y ahora veo… que sólo sois el poeta de los reyes”. Pos eso, lector mío.