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jueves, 12 de abril de 2012

Como si le persiguiera Hannibal Lecter, niña

       
    No me hagas mucho caso, niña guapa, que has de llegar a ello por ti misma, pero verás, a mi faccioso parecer la Politicorra tiene mucho de cuento, y sucede que la Izquierda sabe contarlos muuucho mejor que la Derecha, y por eso anda ésta casi siempre por los suelos, como tú misma anteayer, ángel mío, mientras que aquélla una y otra vez despliega sus relatos, y con pericia de cuentista best-seller que lo hace. ¿Has oído acerca de alguien decir: ése tiene más cuento que Calleja? ¿Sí? Pues, eso.
     Fíjate, niña, lo que ayer mismo ocurrió en el Senado, sí, en esa otra lujosa pista de patinaje, del artístico y del peripatético, que para todo hay. Traía el día malas puntuaciones para el ejercicio en marcha de la economía española. Esperaba la canallesca en corro un par de frases del Artista.   ¿Y qué? , podría decirse, si el que ahora se desliza en la pista acaba de empezar su actuación, si fueron los anteriores patinadores los que dejaron la pista patas arriba y minada por las deudas y la desesperanza. Cualquier eslógan de aliño bastaba a Rajoy para salir con bien del caso. Bueno, pues, como el Gigante timidote de un cuento desdichado, balbuceó, reculó y, dando la espalda al corrillo de la Prensa, escapó por el garaje, como si fuera un forajido, brindando de paso en bandeja de plata una imagen a EL PAÍS de esas que valen un millón de votos entre los indecisos, y son éstos, tú ya lo sabes, niña lista, pero algunos no se enteran, quienes escriben el final del Cuento de las Elecciones.
    
    ¿Te acuerdas, niña patinadora, de las indecibles florituras que en Oslo, acerca de la definición de parado, sólo para salir del brete de la bárbara multiplicación de los desempleados, ejecutó el inefable Zetapé? ¿No te acuerdas, niña lista, que fue cosa de mucha risa, incluso ahora, al solo recordarlo, cuando delante del 10 de Downing Street quiso a todos hacernos creer, sin un pelo cortarse, que entendía él la lengua de Shakespeare cuando ni pajolera idea de ella guardaba? ¿No llevó acaso siempre consigo el aura de un infausto Pochilinela, con sus ruborizantes máximas a cuestas? ¡Mas nunca dióse, delante de la Prensa entera, a la fuga así, como si le persiguiera Hannibal Rubalcaba Lecter, por el amor del profesor que a ambos donceles diera clases!
     Cómo puede ser, mía niña, que si hasta “el Bocas”, ese Ogro siniestro, delincuente sentenciado por asesinar y violar a una menor, se atreve al salir de la trena a enfrentar las preguntas de la Prensa, no pueda entonces el presidente Rajoy, elegido tal por la absoluta mayoría de los ciudadanos, a los cien días de gobierno siquiera hablarle a los periodistas?
     Y esa costalada, no tanto como la tuya,  pero también dolió el contemplarla, como duele un cuento mal contado con el que no consigues dormir… hasta que lleguen a mecernos la cuna los Cuentistas de Hamelín, como siempre, y sea ya todo la Felicidad y el Progreso universales, guapa niña, que creo que estoy ya contándote demasiados cuentos, y no sé si vas a empezar a pensar de mí que soy el viejo Werther.



Post/post: gracias a José, a Cesar, a Juan Carlos, a Juante, a Winnie0, a Mari Paz Burgos, a Trecce, a Mamuma, a Mónica, a Bonnie Parker, a Zorrete Robert, a en las nubes, por facer conmigo ayer el blog


   
           
         

jueves, 29 de diciembre de 2011

María Antonia Iglesias, visitadora de Otegui:quid pro quo


     
  La ex-directora de los Informativos felipistas, esa hermanita de la Caridad trotaconventos en cuyas manos con ritual de perfecto petimetre abreva Gallardón, acudió en estos días a visitar en presidio al ex-etarra Otegui, el Buen abertzale. ¿Cantaríale la devota Iglesias el “Noche de Paz” que corresponde al zetapeico Hombre de Paz?
    Al trascender la visita declaró la Iglesias que es que era la misma de carácter “personal”, lo que más aún desató las especulaciones, las guasonas y las otras. ¿Qué encargo llevaría consigo la prestigiosísima periodista al montuno batasuno? Ahí es nada: la señora que abría los informativos desde la celda de los dirigentes del Gal… ¡en pomada ahora con el sedicente separatista!, tócate las feromonas, Little Carmona. Bien se ve ahí el sagrado valor que los principios tienen para una y para otro, y el que acciones de ese corte deben estar en el fondo del destacado relieve que en la vida pública, esa selección de las especies mejores, ambos detentan.
     Me imaginaba yo a la delicada y progresista María Antonia taconeando por los pasillos de la cárcel, dejando al paso entre los reclusos la estela de su más íntima fragancia, hasta llegar a la presencia del doctor Otegui, temblorosa y a la vez fascinada la Doña, como Clarice Starling ante el cautivador  Hannibal Lecter:
     -“Quid pro quo, María Antonia, quid pro quo, yo le digo cosas y usted me dice cosas… Y bueno, María Antonia, dime, ¿los corderos han dejado de gritar? (vale decir, el cuarenta por ciento de los crímenes etarras sin castigo, la memoria y el dolor de tantas víctimas despanzurradas, algunas de la misma iglesia a la que tanto contribuye la Iglesias)… ¿sabes, María Antonia, qué aspecto tienes con ese bolso bueno y esos zapatos baratos? Usted usa crema hidratante L´air du temps… sé que era usted una presa fácil para los chicos…”  y luego de Arnaldo hacia su visitadora ese saliveo aspirado de placer sobre los dientes, dientes en éxtasis de goce caníbal como el que a Lecter hizo famoso.
     Filtró la navideña visitación el propio Otegui a través del twitter, dejando un poco en evidencia a la Iglesias, aunque en absoluto avergonzara eso en lo mínimo a la heroica Iglesias, menuda es nuestra estrella,  y acaso haya de verse en ello cierta jugarreta del batasuno ex-etarra a la periodista, al modo en que en la película jugueteaba Lecter con la intrépida Starling.
     Puede en ese caso también que, a diferencia del petimetre besamanos de Gallardón, como en el filme, Arnaldo se despidiera de la heroína rozando sus dedos con ella entre los barrotes al entregarle cualquier nota. Sí, de sobra me imagino al doctor Otegui declarándole a la Iglesias con arrobo aquello de “el mundo es más interesante contigo dentro, María Antonia”.
       

jueves, 9 de diciembre de 2010

Una película, un relato, una canción sobre la Puerta del Ángel

       
     
      Esperar que los del Sálvame y similares se ocupen en poner en valor la actuación de esa persona, Ángel, que sin pensárselo dos veces arriesgó su vida para salvar la de otra, arrojada entre los raíles del Metro, ciertamente es a estas alturas de la película una impertinencia. Qué cosas se le ocurren aquí al satélite, más de uno se pensará. Ya los telediarios lo dieron, se me podría además rebatir. Dieron el video de marras, sí, aunque más como recurso de suspense para sobresaltarnos epidérmicamente durante un instante, y que no pulsáramos aún al mando a distancia, que como serena ponderación del trascendental capital humano que ese valeroso gesto atesora –rayo de sol en el invierno de nuestro descontento- para el entramado básico de la sociedad actual, en constante proceso de desintegración.
    
     Así se “fabrican” ahora, por otra parte, los telediarios, como una retahíla de Impactos Tv que nos zarandeen los sentidos durante cincuenta y nueve segundos, que son los que al parecer resiste la concentración del espectador moderno sobre algo, antes de darle al mando en ávida busca de otra imagen sensacionalista, en loca carrera que nos distraiga sólo un instante del lógico sopor subsiguiente a tan constante agitación. Lo que aquí se demanda sobre todo es una reflexión de los profesionales que elaboran la información y el entretenimiento sobre la nociva mercancía que a diario enjaretan a las fauces de los ciudadanos a través de las pantallas, es decir, a través del más importante medio de comunicación, representación y socialización de los valores –a menudo de los vicios- con que cuenta la sociedad.
     Ese elevado ejemplo moral de Ángel no pasaría tan desapercibido, y dejaría su huella y la exigencia de su referencia en la orientación actitudinal de todos, si se resaltara y se encareciera como en sí merece, máxime en una sociedad bombardeada día y noche por radiantes modelos de irresponsabilidad social.
    
     Otro tanto podríamos decir de la hegemónica producción cultural. ¿Cuántas películas, cuántos relatos, cuántas canciones alrededor de la heroicidad de Ángel, o de gestos similares al suyo, que impregnaran la colectiva conciencia, que fueran así algo más que gotas en un océano de ruido y furia malsanas, se compondrán? Seducidos por la sedicente atracción del Mal, que es al parecer muchísimo más divertido que el Bien –y divertirse, sin saber muy bién cómo y de qué, parece ser el mandamiento central del mundo presente- los “creadores” suelen desde hace decenios –también porque colocan en el mercado mucho mejor esa mercancía- deleitarse en la morbosa plasmación de antisociales psicópatas, adobados por los “creadores” con un encanto transgresor irresistible, ante el que ellos mismos se derriten primero, y más tarde su legión de admiradores. En muchos talleres de relatos la primera lección no escrita al aspirante a escritor viene a ser: si te sale un “cabrón”, un auténtico “cabrón”, cojonudo, por nada lo sueltes.
   
     Es paradigmática a este respecto la diabólica fascinación que Hanibal Lecter –y su desquiciada, y no por casualidad, caníbal “ética”- a todos –incluida Clarice, la heroína detective del relato- nos producía, brillo maléfico y magnético ante el que la insulsez repeinada y pazguata del policía bueno disolvíase en la misma insignificancia que espera al inaudito arrojo salvador que en la Puerta del Ángel madrileña pudo verse. Hasta el punto de que el autor de la película reservaba al criminal Lecter incluso, para que nada se rindiera a su transgresor atractivo, nada menos que la autoría de la frase misma del enamoramiento sumo –que en la boca de un elemento como él debía un poco rechinar, ¡como si fuera el caníbal el único posible portador de la llama decisiva del amor!-: “el mundo, Clarice, es mucho más interesante con usted dentro”.  Quizás tampoco por azar la cosa –por lo demás, formalmente brillantísima a mi juicio- llamábase “El silencio de los corderos”. El nuestro, quizás.
     Por eso mismo ahora, no curados, sino sumergidos ya la mayoría en todos los espantos imaginables, el reclamar a los del Sálvame su brillantosa atención al Héroe  quizás resulte lo más trangresor hoy, una estupidez, vamos.