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martes, 10 de abril de 2012

Contarle Caperucita y los lobos


     
   Contarle luego en todo caso a esa niña triste, para que se le vaya poco a poco diluyendo la amargura que le desborda el pecho, el cuento más clásico de los hermanos Grimm, Caperucita y los lobos, que te da un poco de grima, dices, no, anímate, es divertido, ya verás, niña mía, ¿que vaya lobos?, bueno sí, un poco retorcido el colmillo sí es verdad que lo tienen, pero verás como la chica se desenvuelve con ellos, y con qué esgrima ella los domestica, no ves, niña, como ya en su derredor el trío feroz le hace la corte, les tiene ya en su puño cerrado, sí, casi un crepúsculo de lobos parece la escena, hipnotizados alrededor del fuego que desprende la chica, toda esa atravesada fiereza que en su presencia vuélvese mansa y tan dócil, mira, niña, como ni a mirar a Caperucita se atreven, domadora indómita de muy sanguinarias fieras, cada una en su podio retrepada y al encanto de la chica rendidas, en nítida actitud de vasallaje ante ella, una Caperucita menuda, sí, pero menuda Caperucita también, observarás niña guapa, que falta un lobo en la imagen, que está en la cárcel ahora el Lobo Otegui, como el turrón más duro, que esta misma Caperucita por Navidades le llevó una cesta con dulces, tal como le había encomendado su mamá, sin detenerse por nada del inmundo mundo a hablar con desconocidos, le dijo, sólo que a esta bermeja Caperucita, menuda es, si en nada le intimida el hablar con desconocidos, con estos lobeznos que tiene ya más que reconocidos ni te cuento, un coser y cantar por el bosque de la vida del Progreso, que uno de estos lobos que aquí ves, niña, cazador por entonces, dijo haber tenido en la mirilla a los jefes de la manada de los loboteguis, pero que no, que desistió, que no sabe ahora si se arrepiente o no, pero es así la vida, niña patinadora, llena toda de engaños y de jueces rácanos como los tuyos, que no perdonan una caída, no, a esta Caperucita no hay lobo que se la coma, no hay más que ver su candor, el moño de su encanto hipnotizador, ¿ves, niña, la pleitesía con que le sirven los licántropos de negro pelaje que aquí ves?, es verdad, hay algo conmovedor en la escena, no te rías, como de bestezuelas pasmadas ante la inocencia de una chica radiante y entregada al Porvenir, casi mayordomos a sus órdenes parecen, así has de verles tú un día, créeme niña patinadora, a tus inhumano jueces de hoy, bebiendo de tu mano la magia que quieras tú darles.   



Post/post: gracias a Lobo Solitario, a Carolus, a Winnie O, a Jose Antonio, a Kayla, a George Orwell, a NV Ballesteros, a Sara O Durán, a Sonja, por acompañarme en el mío blog, que es también suyo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

María Antonia Iglesias, visitadora de Otegui:quid pro quo


     
  La ex-directora de los Informativos felipistas, esa hermanita de la Caridad trotaconventos en cuyas manos con ritual de perfecto petimetre abreva Gallardón, acudió en estos días a visitar en presidio al ex-etarra Otegui, el Buen abertzale. ¿Cantaríale la devota Iglesias el “Noche de Paz” que corresponde al zetapeico Hombre de Paz?
    Al trascender la visita declaró la Iglesias que es que era la misma de carácter “personal”, lo que más aún desató las especulaciones, las guasonas y las otras. ¿Qué encargo llevaría consigo la prestigiosísima periodista al montuno batasuno? Ahí es nada: la señora que abría los informativos desde la celda de los dirigentes del Gal… ¡en pomada ahora con el sedicente separatista!, tócate las feromonas, Little Carmona. Bien se ve ahí el sagrado valor que los principios tienen para una y para otro, y el que acciones de ese corte deben estar en el fondo del destacado relieve que en la vida pública, esa selección de las especies mejores, ambos detentan.
     Me imaginaba yo a la delicada y progresista María Antonia taconeando por los pasillos de la cárcel, dejando al paso entre los reclusos la estela de su más íntima fragancia, hasta llegar a la presencia del doctor Otegui, temblorosa y a la vez fascinada la Doña, como Clarice Starling ante el cautivador  Hannibal Lecter:
     -“Quid pro quo, María Antonia, quid pro quo, yo le digo cosas y usted me dice cosas… Y bueno, María Antonia, dime, ¿los corderos han dejado de gritar? (vale decir, el cuarenta por ciento de los crímenes etarras sin castigo, la memoria y el dolor de tantas víctimas despanzurradas, algunas de la misma iglesia a la que tanto contribuye la Iglesias)… ¿sabes, María Antonia, qué aspecto tienes con ese bolso bueno y esos zapatos baratos? Usted usa crema hidratante L´air du temps… sé que era usted una presa fácil para los chicos…”  y luego de Arnaldo hacia su visitadora ese saliveo aspirado de placer sobre los dientes, dientes en éxtasis de goce caníbal como el que a Lecter hizo famoso.
     Filtró la navideña visitación el propio Otegui a través del twitter, dejando un poco en evidencia a la Iglesias, aunque en absoluto avergonzara eso en lo mínimo a la heroica Iglesias, menuda es nuestra estrella,  y acaso haya de verse en ello cierta jugarreta del batasuno ex-etarra a la periodista, al modo en que en la película jugueteaba Lecter con la intrépida Starling.
     Puede en ese caso también que, a diferencia del petimetre besamanos de Gallardón, como en el filme, Arnaldo se despidiera de la heroína rozando sus dedos con ella entre los barrotes al entregarle cualquier nota. Sí, de sobra me imagino al doctor Otegui declarándole a la Iglesias con arrobo aquello de “el mundo es más interesante contigo dentro, María Antonia”.
       

jueves, 8 de diciembre de 2011

Gallardón cuando besa...

    
  ¿Y si estuviera en realidad Gallardón entrenándose por si se confirma el Urdangarín dead-man-walking y  correspondiera a su ambición, sólo para salvar el Reino, claro, ocupar ese goloso Ducado? ¿Cómo entender si no semejante unción aristócratica, tamaña perfección procedimental –la redonda comba de esa espalda doblegada, el preciso abrochado de los ojos, la meticulosa pituitaria justo sobre las manos vueltas de la Dama, el exacto engarce de las propias entre las delicadas manecillas de la hembra, incluso el justo rubor en la color del oferente- un tan medido acompañamiento y homenaje en el besamanos de manual a la más noble Señora del periodismo patrio? Se comprendería entonces mejor esta imagen algo anacrónica, y de paso entenderíamos bien el afán en la contratación del célebre Mayordomo, que, en estos asuntos de aire tan british, han de saber ellos asesorar de lo lindo.
     Celebrábase un homenaje al padre de la más noble Señora del periodismo patrio, pianista y crítico musical fallecido mes y medio antes, cuando el madrileño edil, llamado sin duda a ocupar muy altas responsabilidades, entendió que en modo tan desusado y gentil había de cumplimentar en público a la susodicha Dama.
      
     Y aunque de aplaudir sea la necesaria cortesía que ha de regir en el trato con el oponente ideológico, resulta un punto grotesca, por exagerada, por la esperpéntica devoción implícita en la misma, la pictórica composición que el Alcalde aquí nos brinda junto a quien en el más tabernario de los lenguajes imaginables –acaso por eso sea una de las más renombradas periodistas y principal starlette de La Noria telecinca- ha criminalizado las ideas y valores políticos que Gallardón dice representar. 
     Ese contraste entre el estilo incalificablemente vulgar y violento de la Señora periodista, que nunca se para en barras a la hora de motejar –también desde el Poder, como jefa de los informativos felipistas- una y otra vez a la Derecha española de fascista, golpista, clasista y demás istas de la lista izquierdista, espumarajos suyos incluidos, y el bobo vasallaje honorífico y caballeresco que Gallardón le ofrece es lo que torna aberrante en grado sumo la estampa. Recordemos que tan floripondioso Regidor con la noble Señora, denunció a Jiménez Losantos en los tribunales por un quítame allá esas pajas acerca de cómo debía un alcalde mejor honrar a las víctimas del 11-M, asunto éste cuajado de muy negros agujeros, más y más sordidos a cada día que pasa.
     Hombre, puestos así, qué mejor que haber redondeado ya el cuadro: Gallardón, de hinojos postrado ante la suya Señora, reclamándole un público abofeteo por tener un ser tan faccioso, sólo para poder colocar luego de nuevo ante la Historia –esta vez como farsa- el celebérrimo “Manos blancas no ofenden, Señora” y eso.