Huy, un poco más y los cerebros obamitas del Pentágono le ponen al bombardeo sobre Libia el poético nombre de Viento del Amanecer, en cumplido homenaje al célebre Discurso del Viento zetapeico que tanto hizo estremecerse –más, mucho más que el maremoto japonés, más, mucho más que las bombas que tiran estos poéticos fanfarrones- al orbe entero. Es fantástico: llegó Obama al Poder y hasta la prensa de la Derechona a toda plana es que se derritió: COMIENZA UNA NUEVA ERA. Un Apocalipsis del Bien se desataba de su mano, si es que no lo mataban antes, que ya andaba entonces la extrema derecha en ello, según nos aseguraban, como anda ahora en liquidar a Rubalcaba, que vendría a ser un Obama paliducho y calvorota, le voilá, la paloma y el faisán. ¿Qué podemos nosotros hacer por Obama? se interrogaba, atrito y contrito, Zetapé.
Tanto subió la imparable Marea del Bien que incluso pajinianas zahoríes nos auguraron nunca vistos prodigios planetarios. Otro pajiniano, sin duda algo menos espiritual, tradujo en carne la beatífica visión: era un turbión de democráticos ORGASMOS lo que ahora nos sobrevendría. Uno al menos de inmediato se cumplió: Ministro de Defensa hubo que, por no quedarse atrás él en nada, arrastrando bien cachazudo jotas y merengues y hasta pringosas mieles tras de sí, aseguró que prefería morir él antes que matar, como rápidamente demostró con hechos en el caso de las florecientes joyerías de su señora esposa y de su no menos próspero hipódromo. Qué menos que hacerle entonces la Tercera persona en rango protocolario del país. Acaso el Rey de España tenga ya en el caletre el nobiliario título que mejor le cuadre al merengoso Señor en su retiro: el Duque Bonito.
Multiplicó luego Obama la guerra heredada de Afganistán y ante él si se cuadró de inmediato Zetapé, triplicando nuestros efectivos allí, los mismos que habían sido antes, según rezaba el panfleto reivindicativo, una de las dos causas del terrible 11-M, aunque, oh prodigio, no tuvo Zetapé otro 11-M sobre él. Bien es verdad que en la guerra afghana descubriríamos luego, sobrecogidos todos, un nuevo milagro: los bombardeos obamitas no causaban nunca daños colaterales, vamos, que no desventraban niñas y ancianas como hacían siempre los de Bush. Contagiado de benéfica taumaturgia, aseguró entonces Zetapé que dudaba mucho él de que las armas por su gobierno vendidas pudiesen matar a alguien, como lo oyes, compay. Nada más natural entonces que el estruendoso silencio de la Ceja Nostra ante la cosa afgana, pues, si muy alto y heroico había bramado ella su NO A LA GUERRA, bien sabido es que guerras, lo que se dice guerras, hubo sólo UNA en la Historia de la Humanidad.
“Mi ansia infinita de paz…el Poder no me va a cambiar”, blasonaba de sí, con dejes de cantante-protesta malherido, ante el populusque hispaniarum Imperator Zetapé en el instante mismo de subirse al machito. Y dijo en eso gran verdad, pues acaso los tintes orwellianos que ya antes le adornaban los aladares, en todo caso, con los resortes capilares que proporciona de suyo el Poder, hánse sólo acentuado. Frente a la realidad, frente a la verdad, la medida de mi Poder para imponerte mi mentira por tierra, mar y aire. Así: el Ministerio de la Igualdad, la Educación para la Ciudadanía, la Alianza de las Civilizaciones, La ley del Desarrollo Sostenible y demás estupefacientes aidadas. Crisis, queda prohibido decirlo; Guerra ¿nosotros? ¡imposible!: lo nuestro es… intervención humanitaria a base de bombas contra el Genocida… al que no hay mandato para derrocar, porque lo digo yo, porque sí, porque lo dice Sarkozy.
Es que es ésta una guerra, perdón Mr Rubalcaba, una intervención legal, proclaman. Y se quedan tan anchos, tan muelles en su limpia conciencia de insobornables benefactores de la Humanidad. Y como es legal, los acribillados por las bombas lo son legalmente, claro, tanto que casi ni lo son. Es que hay mandato del Consejo de las Naciones Unidas, arguyen, cómo si fuera ésta una vitola de lesa humanidad y de suma justicia que hasta resucitara los cuerpos achicharrados. En uno de esos paralelismos que la Historia, como farsa y como tragedia entremezcladas, se complace en ofrecernos, resúltase que Genocida Gadaffi presidió la Comisión de Derechos Humanos de la muy legal ONU, a la manera en que Josu Ternera, el cerebro de la hecatombe de Vich, presidió idéntica comisión en el Parlamento Vasco, que hay que verlo por escrito y pellizcarse luego para creerlo. No puede descartarse, pues, que, por mor de la Alianza de las Civilizaciones y de las ansias esas de paz, al igual que hizo con don Evo, vaya al cabo la señorita Trini J a acercarle a la vera de la jaima uno de los míticos jamones suyos a Muamar, una vez humanitariamente bombardeado.
Le preguntaba la otra mañana una gran comunicadora de la radio a un militante del PSOE con cien años ya vividos que en qué consistía para él el ser de izquierdas. Rápido le contestó el centenario, como el que recita un catecismo bien aprendido: “en ser una persona decente y en ponerme al servicio de la Humanidad”. ¡Zape!, pensé entonces yo: la viva estampa de Zetapé, más el Viento y la Odisea del amanecer libio que por doquiera van con él .


