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viernes, 7 de febrero de 2014

Panacea para una Infanta Presunta

     

   Verá, Alteza, esta nada con ínfulas (pero de las buenas) que aquí escribe, cree tener la solución a cuántos males a su egregia Persona afligen: declárese afín a la Causa catalana. Hágalo y verá como a su alrededor a medio plazo todo para mejor cambia. No es preciso que sea esa Declaración descaradamente pro-independentista, no, ha de ser muy sentimental, sí, pero a la vez muy calculada, como en la ideal intersección que de forma inconcreta abarcara tanto las posiciones de CiU como las del PSC-PSOE e IU. Conceda para ello sendas entrevistas, una estelar a Ana Pastor, y otra, en formato más casual  a Évole. Hágalo, Alteza, proclame su aldabonazo, plántese ante las puertas la catedral de la Sagrada Familia, clave allí su Tesis, y verá como imperceptible pero inexorablemente el dogal que le ciñe ahora el borbónico cuello empieza a aflojarse.
   
   Ya la elección, tras apartar al leguleyo panoli anterior, de Miquel Roca, padre de la Constitución y difuso independentista hoy, como sumo abogado suyo, de alguna manera intuía y prefiguraba lo que aquí le propongo, por lo que no supondría ello salto en el vacío alguno. Declare comprender las ansias y el fervor identitario del Pueblo catalán, hágalo ahora que incluso el presidente Rajoy -él sabrá por qué- en público ha apostado por su inocencia y verá como milagrosamente su caso ve suavizado sus contornos más amenazantes: no sólo la marea de las redes sociales o las muchedumbres reivindicativas en las calles, como por ensalmo se olvidarán un mucho de Usted, no sólo las CELEBRITIES progres amainarán los vituperios contra su persona, incluso los más bravos Superjueces aquietarán el rigor de su espuela justiciera en su contra, y hasta es posible que el cimarrón Señor de la sandalia del CUP empieza a ver en usted una muy proba y discreta ciudadana que siempre amó lo catalán.

   
   Hágalo, Alteza, juegue esa carta decisiva del Poder social hoy y verá como todo en su torno se dulcifica. ¿Que sería nocivo para España? Ya, Alteza, pero eso, a quién importa hoy.




 LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El secreto de Urdangarín



   La nueva remesa pública de correítos del Duque em-palma-do le ratifican en su estricto ser: un parvenú de la más baja estofa. Quizás nunca vióse antes Duque tan vulgarote. ¿Vulgar? En los prostíbulos, me parece, se producen en la intimidad con mucha mayor delicadeza. La gente de la mala vida le ponen a sus cuitas un alma lacrimógena, se expresan a menudo en palabras con aromas a serial romántico. Este Duque en puntas en cambio pone sólo su cipote.  
    
   Esa recurrente zafiedad urdangarina no se improvisa: era ya, es,  y acaso siempre será. Se sabe, por otra parte, que una de las prerrogativas que por cuna asiste a una Infanta borbónica es la de prácticamente poder desposarse con quien –nunca mejor dicho- le dé la real gana, tal es el dorado resplandor que la Corona desparrama sobre las ambiciones súbditas. Entonces, ¿qué vería la Infanta en Urdangarín, no ya para que el rubicundo garañón mil y una veces le estremeciera hasta casi –o sin casi- romperle las más nobles partes, traseras y delanteras, de su anatomía, -tradicional diversión ésta de las realezas con los mejores ejemplares del Pueblo que ahora este a menudo copia- sino justamente la de elegir para contraer públicas y sagradas nupcias a semejante elementalote botarate?
   
   Recuérdese que al parecer Urdangarín, cuando se “conocieron”, hallábase ya medio prometido entonces con una zagala de su entorno, a la que rápidamente postergó, claro. ¿Por qué entonces elegirle para unirse a él en público matrimonio? Por el Cuerpo, por la externa apostura, naturalmente. Eso es justamente lo que hace a Urdangarín, a pesar de todos los pesares, un héroe de estos tiempos desdichados que vivimos. Se recoge en él casi a la perfección el espíritu de la época: la extraordinaria revalorización de la imagen corporal y el desprecio sin tasa a todo lo que de refinado y elevado pueda bullir en el interior del alma humana. La Mugre envuelta en celofán de luxe, repitámoslo una vez más. Por corruto y chocarrero que el Duque nos resulte, es muy probable que, de tener muy de cerca sus azules ojos, sus apolíneas hechuras, millones de ciudadanas –miles también de ciudadanos- todo se lo perdonaran con tal de con él menearse un ratito en la intimidad.

     
   Si la Infanta con todos esos correos traga, ella sabrá, doctores tiene la Casa, desde luego, pero quizás podrían, no sé, por mor de recabar ingresos para devolver al Fisco, como el “artista” de que hablábamos este lunes ofrecer en público también el “arte” que a los dos una vez en peneuve convergencia unió. 



 LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

viernes, 2 de agosto de 2013

Urdanga profunda (Reinado de la Mugre, nueva entrega)



   Los correítos íntimos del Duque Urdangarín, a sí mismo insólitamente  llamado Duque em palma do, y tanto, que nunca vióse Duque ni tan salado ni tan de sí salido, nos dan un poco igual, claro. Lo que no se le perdona es la insufrible vulgaridad que los mismos revelan, esa zafiedad que es el verdadero ADN específico de estos malhadados tiempos, de este Reinado de la Mugre, que iguala, en eso sí, con su pringosa cochambre a nobles y rufianes. Como cantaba Serrat, hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha, juntos los encuentra el sol, empapados en alcohol, a la sombra de un farol, magreando a una muchacha, aunque más a lo crudo hoy le dirían ellos al magreo.
    
   Resulta, pues, que todo un Señor Duque fabla en la intimidad igual que los figurones del Sálvame, rampantes y exitosos a su modo ambos y modelos en sociedad, canónicos hoy, y, cafres todos, se producen mucho peor que las porteras y que los peones camineros, pues mantienen estos su romántico corazoncito y su natural decoro.
     
   Vemos así, tras la corrida de los correos ducales, que el Figura, además de pegar el braguetazo con borbónica Infanta, además de hacerse Duque, además de hacerse Rico y de pavonearse junto a todos los Grandes del Mundo, encima va y, entre otras, se la pega, … ¡con la mujer de un íntimo amigo balonmanero! ¿Vióse antes Duque más depravado?

     
   ¿Y tragarse todo esto? Desde luego no son ya los Reyes lo que eran… pues a la postre es lo cierto que un perfecto advenedizo, que hizo valer su físico –moneda ésta tan cotizada hoy que en todos los reallitys, por contrahecha que la nominada sea, siempre de los suyos escucha como supremo elogio el consabido “estás guapísima”- se ha cachondeado y se ha beneficiado a cuanto alrededor se mueve. Como en un simultáneo espejo inverso a la embriaguez libidinosa de los dionisíacos sanfermines que aquí ya cantamos, ahora, pobre de ti, se te ha acabado la fiesta, Urdangarín. Qué follón, sí.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

martes, 25 de junio de 2013

Lo que pasó paasoó entre el Duque de Palma y Aznar

    


   Era Aznar, por absoluta mayoría popular, presidente del gobierno de España en ejercicio. Según se ha revelado en el juicio del caso Noós, el modélico Duque de Palma envió entonces a su esposa, la Infanta Cristina, un correo que contenía un muy cáustico fotomontaje en el que una contrariada Ana Botella sostenía en brazos a un bigotudo bebé con la viva efigie de Aznar sobreimpresa. La leyenda de acompañamiento rezaba: ¿Te imaginas? NO A LA CLONACIÓN.
     
   En otro correo que poco después el ejemplar Duque a su esposa remitió, el fotomontaje en cuestión rezaba un “aquí está el guiri”, bajo el que de nuevo de lo lindo salía ridiculizado el en ejercicio presidente Aznar. Hay constancia aún de otro correo más, en el que consistía la mofa en un fichero con el nombre “Aznar” que el destinatario debía inexcusablemente enviar a la papelera. El sistema preguntaba entonces: “¿Desea eliminar a Aznar?”, a lo que el usuario había de contestar Sí.
      
   La reiteración en la burla ducal revela a las claras, a mi juicio, la cómplice animadversión que entrambos hablantes se profesaba hacia la figura del Presidente del gobierno entonces. No sabemos, claro, si esa visión denigratoria de Aznar, líder de la Derecha española en aquel momento, era extensible a toda la Familia Real, aunque es conocida la frialdad de esas relaciones, en clamoroso contraste con el hiperbólico ditirambo que de Zapatero presidente el mismo Rey en público hiciera. No consta, por otra parte, en los correos del sumario Noós, creo, ninguna otra befa semejante con, y mira que a patadas los hay, absolutamente ningún otro personaje político vituperable, lo que acentúa el relieve y la significación de los mismos.
     
   ¿Es exagerado afirmar que, de haberse hallado difamantes caricaturas tales con –digamos-  Rubalcaba en el Poder de protagonista, en horas veinticuatro habríamos visto a la Familia Real en pleno con las maletas caminito… del exilio?

   
   A las vueltas de las corruptelas del Duque em-palma-do, y de la posible implicación en las mismas de la Infanta Cristina, resulta todo un sangrante sarcasmo que, por responsabilidad institucional, sea precisamente la Derecha española en el gobierno quien, a través de las burdas patrañas de Montoro y Margallo, se halle enfangada, con el incalculable coste añadido en términos de la imagen que entre los ciudadanos se da y queda  para muchas elecciones, en la tarea de literalmente salvarle el trasero a su Alteza la Infanta, que tanto al parecer se cachondeaba en privado del elegido por la mayoría entonces como Presidente.  Cornudos y apaleados, una vez más, sí. 




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
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jueves, 21 de febrero de 2013

Enigma básico del caso Urdangarín



   ¿Y no te resulta extraño, lector, que en todos los retortijones del desdichado caso Urdangarín jamás se proceda contra las respectivas Autoridades que aquí y allá, a cambio a veces de ramplonas fotocopias, concedieron fabulosas millonadas al yernísimo Duque ahora en calo mado? ¿Y tampoco te resulta extravagante el hecho de que habiendo tenido las andanzas urdangarinas como principales escenarios territorios PP –que incluso  la municipalidad Gallardona ahora sabemos que pingüemente subvino- la habitual oposición a degüello del PSOE brille en este caso por su ausencia? ¿Qué cabe legítimamente entonces deducirle a semejante escaparate, qué se puede concluir de este estrambote, qué pensar de aqueste botarate?
     
   Aparte del caído Torres –y sus picantes e-mails- y a la vista de todo esto, ¿no parece la carita de Urdangarín la del chivo expiatorio de Alguien por cima de él? ¿Podría alguien explicarnos cómo pudo ser posible que un fiscal y un simple juez –cuando la mayoría en tesituras mucho menores de najas salen y se inhiben- aceptaran el promover tamaño caso contra la Corona? ¿No sabemos acaso lo que por mucho menos les ocurriera al presidente del Constitucional cuyo voto fue decisivo para el lío de Rumasa o a propósito de Filesa al inolvidable juez Marino Barbero, o por haber PRISA a Gómez de Liaño entre otros?



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS (Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
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sábado, 24 de diciembre de 2011

Lo que Rajoy dijo y no dijo a Ana Oramas (yo estuve allí)

     
      Gracias, gracias, …ehhhh…verásh, Ana, que, ahora que ya controlo yo todo, je jé, puesh nada, que anda por ahí un bloguero faccioso dándome a todas horas la lata en el twitter ese con que tengo yo que presentártele, vamos, que arreglarle un encuentro a solas contigo, como si no tuviera otra cosa yo que hacer, imagínate, que parece que está muy prendao de ti el pobre, que le tiene muy impresionao tu porte bacalliano dice, ya sabesh,  qué se habrán pensao estas buenas gentes, qué idea se harán de cómo son estas cossass,  ya le he dicho… milagros No, que eso a Lourdes, pero nada,  el tío bloguero puñetero dale que te pego, que me la tienes que presentar, Mariano, me insiste por tierra-mar-y-aire el tío,  que es muy devoto tuyo, está enajenao yo creo, no veash la de lisonjass que te dedica, que si tus ojos, que si tu pelo, que si el dulce silbo de tu voz,  que si también tiene él un hijo de dieciséis, bueno, no te digo más… ¡que  hassta te mete en una aventura con él en el Museo de Cera con Urdangarín y que no se qué de que también yo te quiero mi amor, sí, shí, lo que oyess… yo creo que está tronao el tío, y duro, que me la presentes y eso, y venga, y ya le he dicho, qué perra, oiga, ¿y qué paso se supone que tengo yo que dar?, escríbala a su grupo, yo que sé, oiga, que por mucho que usted me haya votado, yo a usted no le debo nada, vale…eeehhh…qué másh le digo Ana Oramas, sabes que la política es así, llena de insidias y cosas pequeñas,  díle tu algo, anda, me tiene frito… (…joder, qué guapa es esta tía, hum, el tacto de su mano blanca y tan fina, ¿y tengo que soltársela ya?,  pero qué pequeñita es, es su mirar bella insidia, desde luego, qué divina criatura, vive Diosss,  con gusto la alzaría bien alta entre mis brazos por los aires, la elevaría y la lanzaría un poco en vilo hacia los techos, como un dorado trofeo de la Victoria, King Kong y la rubia en el Empire de San Jerónimo, pero qué estoy pensando, ¿y no podría este abrazo durar un poco más? ¿estrecharse algo más al menos? hum, hueles a brisa del mar prufundo, Oramas,  que acabo de ganar los comicios, que todo esto dentro de muy poco será nada,  joder, ahora mismo anegaría a bessos esta boca y este cuello, le tomaría el pelo entre las manos, qué ojo tiene este cabrón, ¿le pareceré ahora a Ana guapo y todo eso? altísimo desde luego, a las mujeres les gustan muy altos, qué cabrón ese jodido bloguero puñetero de cuyo nombre no quiero acordarme, y qué fermosa dama ess, el muy cabronazo) 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Misterioso asesinato en el Museo de Cera



     
      Pues nada, que me escribió Ana (Ana Oramas, naturalmente) y con la amabilidad que en ella es categoría plena de su Ser me agradeció el post que le había yo confeccionado. Que se había reído mucho y eso, que muchas gracias y mieles tales. ¿Gracias? Las tuyas, Ana, las tuyas, fue lo único que se me ocurrió entonces atropelladamente por escrito responderle, bobo de mí. ¡Me volvió a escribir a los dos minutos! Pensé, es que eres un merluzo, tío, la has liado buena, seguro que, airada Ana por tu gracieta, te mandará ahora a Parla con el remite de burdo machista en la frente del correo electrónico. ¡Me citaba a las diez de la noche en la Plaza de Colón! Que allí me explicaría ella todo. Bueno, excuso decir que casi sufro una lipotimia frente al ordenador.
     ¿Qué podía hacer esta nada interbloguera sino plantarse en la madrileña plaza quince minutos antes de la fecha señalada? Las ramas de los altos árboles de la calle Génova lucían primorosos collares navideños prendidos en intenso azul. No sentía el cuchillo del airón decembrino en el rostro, claro. Pensé que podía tratarse de una broma pesada, que quizás alguien quería sólo cachondearse un rato del muá. Un minuto antes de las diez alguien tocó mi espalda y… allí estaban los ojitos azules de Ana (Ana Oramas, naturalmente) otorgándole calidad de suntuosa gala a la noche. Llevaba puesta una gabardina bogartiana que en ella quedaba muy glamourosa, sí. Me tendió la mano y, como solo a ella le sale eso, me sonrió por un instante. Bajo la estatua del Descubridor, me temblaron entonces las piernas, lo noté.
     
      No tenemos tiempo que perder, dijo ella, electrizando de urgencias la noche. Que tenía ella privilegiada información de un horrible crimen que en el Museo de Cera iba próximamente a tener lugar, y que era preciso adelantarse y evitarlo. Pe, pe, pero yo, yo soy sólo un jodido bloguero, yo, yo, no no tengo ni media leche, Ana. ¡Jose Antonio del Pozo!, bramó ella contra mi rostro, avergonzándome ya sólo con la mirada. Por el amor de Dios, ¿vas a dejar tirada a tu heroína, vas a ser capaz de hacer eso?, añadió.
    Suficiente el dulce silbo de su voz para armarme ahí mismo de valor. Está bien, Ana, va… sólo dime por qué yo, Ana, por qué el muá. Se apartó un mechón de la cara y suspiró: por increíble que te parezca, la política es así,   … sólo puedo ahora confiar en ti, José Antonio… no podemos perder un segundo más… o los batasunos nos ganarán por la mano, ya te contaré, vamos.
     Seguí sus pasos, cortos y apresurados, taconeantes sobre las baldosas de los bajos de la Plaza. A veinte metros unos raperos ensayaban sus gimnásticas contorsiones, atentos sólo a su pericia. No me pregunten el modo en que Ana lo hizo, pues iba yo del todo alucinado por la situación, que claramente me sobrepasaba, pero, como si con con algo parecido a una ganzúa fuera forzando ella cuantas compuertas del Museo de Cera nos salían al paso, como si conociera las claves que desactivaban las alarmas –tecleó Ana rauda una combinación en su blackberry- en un periquete estábamos dentro de aquellos sombríos y solitarios corredores. ¡Todas aquellas horripilantes estatuas en la oscuridad, aquel cúmulo de pomposas celebridades reducidas a cerumen que parecían salirnos al encuentro, qué canguis!
     
     Atravesamos salas, recorrimos galerías, bajamos escaleras, - la antorcha de los cabellos de Ana, que me precedía- nos adentramos en lóbregos sótanos iluminados sólo por mínimos pilotitos de emergencias con la respiración en vilo. De pronto, a la vuelta de un recodo, una figura amenazante pareció abalanzarse sobre nosotros faca en alto. Ana dio un respingo y sin pensarlo se apretó con vehemencia contra mí. Las curvas de su cuerpo menudo pero incitante encajonándose un instante contra el mío, el goce fugaz de ese súbito acoplarse de órganos cóncavos y convexos. Un instante sólo. Aun detrás de Ana, lancé una patada hacia quien fuera aquel oscuro coloso desafiante. Ni se movió. ¡Como que era la estatua de Marichalar, con la que de bruces por puro azar nos habíamos topado!
     Extrajo Ana una linternita de la gabardina, se la enfocó a la cara y… allí estaba don Jaime, con expresión encarnizadamente burlona. Verle y saltársenos a ambos también la risa, fue todo uno. Oye, Ana, plis, dime qué carallo estamos haciendo en el Museo de Cera a las tantas y de furtivos, le inquirí al cabo a mi heroína canaria. Verás, José Antonio…, me susurró ella –sus labios rozando los míos en la noche del museo, rodeados por aquel monstruoso estatuario, que me pareció entonces que me guiñaba un ojo en lontananza Elvis- …los batasunos pretenden dar un golpe de efecto mundial en la investidura de Rajoy, plantificando por sorpresa en el estrado la figura de Urdangarín bajo una guillotina, y rebanarle el pescuezo en efigie,  proclamar luego a voces ¡el Delenda Monarchia est!  …imagínatelo, chico, la que se va a armar, y necesitan robar para eso la estatua de aquí, en cualquier momento llegarán, tenemos que impedírselo, Jose.
     Me dio la risa. Ana Oramas, tú no estás bien, quiero decir, que estás muy bien… pero, vamos a ver,  qué me estás contando. Quise reirme con audacia de galán, hacerme el duro. Psschh, me tapó de golpe la boca con su mano ella. Se escuchaban en el piso de arriba violentas pisadas acechantes. Ostias, pensé yo, y tragué saliva. ¡Los batasunos! ¡Vamos!, susurró Ana. Sí, vale, pero hacia adónde. Interrogamos con angustia el céreo rostro descacharrado de Marichalar. Reparamos en que su mano izquierda tenía el dedo corazón extendido hacia el más oscuro rincón del sótano.
     
      ¡Albricias! Allí estaba Urdangarín, su estatua en cera quiero decir, vestida de calle ya y, curioso, pareciera que a la expresión de la cara se le hubiera subido una roja vergüenza inconsolable. No pudo evitar Ana al verla –Ana Oramas, naturalmente-, abofetear la efigie y lanzarle por lo bajini un insulto inimaginable a su dulzura. Pero acto seguido, sacó un diminuto serrucho del magín de su gabardina y con formidable energía en un pis pas maniobró y me dijo, vamos, chico, cógele tú de los pies. Oíamos cada vez más cerca y más estridentes las pisadas. Por ahí, y me señaló Ana una puerta de emergencia.
     Subimos con el Duque de Palmarena a cuestas las escalerillas que nos llevaban de nuevo a la Plaza. Lo que pesaba aquel olímpico Ducado, la mare deu. Nos faltaba el resuello. Ana, ajigolada, los cabellos rubios revueltos, estaba aún más guapa. Los raperos seguían practicando sus contorsiones. En un tris decidimos agregarnos a su corro, sosteniendo a nuestro Duque en pie entre nosotros dos. Jaleamos a los raperos, que nos miraron extrañados un segundo, se sonrieron luego aceptando nuestra presencia… para seguir enseguida a lo suyo. Sonaron los ecos lejanos de una sirena policial. De reojo vimos escapar del Museo, por las mismas escaleras nuestras pero hacia el Prado, a los batasunos, contrariados y lanzando euskalherríacas imprecaciones. Bueno, les habíamos chaflado el plan.   
       Estábamos los tres en la Plaza de Colón, que parecía haber ganado en el interim de nuestra aventura un mayor aspecto navideño. El run rún del tráfico parecía el rumor musical de un río muy poderoso. Ana marcó algo en su móvil. Miré hacia arriba y el Descubridor parecía apuntarnos. Le dije, mira, Ana, Colón nos señala. Entonces ella, con la confitura envolvente de su voz al oido me dijo: y ahora tú, chico, vas a cerrar los ojos y vas a contar hasta cuarenta, y piensa,  Jose Antonio, que la política es así,  que fue maravilloso conocerte, y que es eso lo que cuenta. Aunque tenía ganas de llorar, cerré los ojos y empecé a contar. Lo hice sólo porque pensé que Ana –Ana Oramas, naturalmente- besaría al menos mis labios antes de desaparecer. Hacia los veinte escuché el frenar de un cochazo. Abrí al llegar a cuarenta los ojos y, naturalmente, nada, ni del Duque ni de ella, había ya por allí. Increpé –pobre, qué culpa tendría él- al Descubridor al estilo Mou: ¿pur qué? Pero, tan arriba, con tanto coche, no podía él escucharme. Vuelta a casa. Y que this is the end.   
       
     
 
   
    

lunes, 5 de diciembre de 2011

Urdangarin, remember Marichalar, dead man walking


    
     Su caso, Señor Duque de Palmarena, me ha devuelto a la memoria el triste interruptus y el ocaso del Duque de Soria, del que a la postre acabó resultando uno, por simpatía de fracasati -que lo mío ya es una banda- entusiasta partidario. Por si de algo pudiera servirle, por soplar también las brasas de aquella querencia cibernética, me permito remitirle la carta que entonces yo envié, sin respuesta como tantas otras, al incomparable Don Jaime de Marichalar. Ahí le va, señor Duque. Aprehéndasela, please.    



Excelentísimo Señor:
       Sin duda me disculpará Usted la franqueza, por lo demás un tanto ociosa en quien nada es, y que acaso por lo mismo una higa haya de dársele a Usted mi proclama, mas con todo, he de confesarle,  Señor, que en el principio no gozaba usted precisamente de las más acabadas de mis simpatías. Vamos, que me caía Usted como un tiro, Señor. Pero luego, el mordisco cruel de la enfermedad y su odiosa secuela, la separación y el dolor que la misma siempre acarrea, su paulatina caída en desgracia, el borrado de su imagen en la página oficial de la Real Casa, la retirada ahora de su gallarda figura del mismo Museo de Cera, todo eso junto ha acabado por levantar en mí un elemental sentido de la piedad que para Usted reclamo.
     Verá, Señor, en pocos casos como en el suyo se verán tan manifiestos los tornadizos y a veces harto caprichosos designios que la voluble Fortuna oculta hasta para los más ilustres de los mortales. Al cabo, Señor, es usted un perdedor, así al menos me lo parece, y tengo para mí, que por mucho que hoy incluso se asesine por poseer siquiera diez minutos sobre uno el falso resplandor del éxito, perdura en algunos fracasados una más hermosa aura, la que sólo la humana ternura  irradia sobre quienes en sus carnes y en su alma han sufrido los aciagos derrotes del infortunio. Y la crudísima ceremonia en la que fue  su estatua al ostracismo condenada en el mismo Museo de Cera, seguro que sin conocimiento alguno en ello de la Real Familia, obra tan sólo de pérfidos sayones que con inexplicable rigor persiguen así el favor del poder, fue lo que acabó por sublevarme y solicitar para Vos clemencia, aun cuando uno menos que nada sea. 
     Fue cosa de gran pena el verlo, Señor. Acaso porque la obligada rigidez de la estatua sin querer de continuo remitía a la similar inmovilidad en que la enfermedad a Usted le confinó, no parecía sino que aquel simulacro de ejecución sobre su cuerpo mismo se estuviese perpetrando. Aquellos dos grises operarios, con trazas de mozos de mudanza sin afeitar, por la espalda le sorprendían para de su torero rincón arrancarle. Uno de ellos por el cuello le apresaba, mientras el otro, sobre el esternón, con dura mano sujetaba el ímpetu rebelde que a Usted pudiera restarle. Ahí iba usted, Señor, transversal sobre un fúnebre carretillo, con el brazo a media altura paralizado y una sonrisa de cera sobre el rostro congelada. Agitó entonces alguien un pañuelo blanco, no se sabe si de bromas o de veras, como despidiéndole para un muy largo viaje, entre las indisimuladas chanzas de los zarrapastrosos reporteros que en malevo enjambre por la propia calle pululaban y retransmitían en torno suyo, como embromados heraldos de su malanueva.
     Y luego se tornó todo más dramático aún, cuando el tosco carretillo que a Usted transportaba, por aquellos dos mandados dirigido, tras atravesar un lúgubre corredor hubo de ser ingresado en un tétrico ascensor que caracteres de cámara de gas en ese justo momento revistió. Cómo sería la cosa, Señor, que diríase que a la misma estatua suya el rostro se le demudara de turbias inminencias, y así, uno de los operarios hubo de inclinar más su estatua y apretar un punto más la coacción sobre la trasera de su cuello, no fuera Usted entonces  a escapárseles. Llenaba de congoja el presenciar todo eso, Señor. Ah, cómo anhelé entonces, aunque todo era en realidad nada, pues de tan sólo muñecos estamos hablando, cómo deseé, digo,  que en un postrer conato hubieseis Vos entonces elevado hacia toda aquella villanía una castiza peineta.
     Con tino remataba luego la redactora de Efe la triste información, al señalar que su estatua, Señor, “ocupará ahora un lugar en un almacén junto a otras estatuas en desuso”. Eso, becquerianas arpas olvidadas, estatuas en desuso donde habita el olvido. Allí nos encontraremos, Señor, allí osaré hablarle de unos relatos míos de amor, que tampoco a nadie interesan y podrá allí Su Excelencia darme sincero parecer sobre los mismos. Don Jaime, perdóneme de nuevo el tamaño de mi insolencia, pero sospecho que, como dijo el otro, es éste el comienzo de una gran amistad. A los pies de su fina estampa, Señor.




    

domingo, 13 de noviembre de 2011

Plutarco y los ríos que llegados son iguales



     
      Me acordé al verlos, claro, del griego Plutarco, de sus “Vidas Paralelas”, ese grandioso fresco de la Antigüedad clásica, de su máxima al escribir las soberbias biografías: “A veces una broma, una anécdota, un momento insignificante, nos pintan mejor a un hombre ilustre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas”.
     ¿Cuál de entre todas entonces elegir sobre José Blanco? ¿Cuando se quedó sopas delante de todos en el curro? ¿Cuando fustigaba con acritud de savonarola los privilegios económicos de los controladores aéreos? ¿En el crudo momento de la turbia gasolinera? No sé. Casi mejor quedarse en esos años en que, como yo, Blanco era Nada, sólo ese apunte de ciudadano anodino y gris (sí, lector, Blanco fue más bien gris) que desvela la foto antigua, un poco feo e imprecisamente lírico él ahí, creo, y al que ese rostro desvaído permitía sólo hacerse muy rebajadas y domésticas ilusiones, las mejores. ¿Qué quimera le llenaría algún día la cabeza de tantos sueños locos?
     ¿Y de Urdangarín?  ¿Su espectral silencio de ahora? ¿Su desorbitada mansión de Palma de Mallorca? ¿Envuelto acaso en las góticas sombras de sospechas que ahora sobre él se ciernen? No. Preferible quedarse con su imagen del momento en que, a la inversa del muá, lo era él Todo: un olímpico Coloso de perfectas proporciones, un cuerpo mayestático rebosante de potencia y belleza bajo un rostro angelical, ante el que una Infanta borbónica cayó prendada.
     Y entremetido ya en los clásicos, y viéndoles a ambos notables tan igualmente apenados y apurados a la misma vez, como una pareja de hecho, gemelos casi del hecho del Infortunio, los dioses me soplaron al oido entonces los conocidos versos de Manrique (léelos despacito, conmigo, anda) :

allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.


Sí, en los versos de Manrique el “allí” era el Mar de la Muerte, pero en mi texto de hoy ese “allí” sólo quiero que sea el purgatorio del Mar de la Justicia, y que estas aguas les den a cada uno, como a todos los imputados, lo que en verdad por sus hechos merezcan, que yo, puede que por ser hoy domingo, les contemplé, creo, con humor y benevolencia, los mismos perfumados bálsamos que para ti, que hasta aquí me sigues, hoy deseo, lector mío.