Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Isabel Gemio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isabel Gemio. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de julio de 2014

Almudena Grandes e Isabel Gemio... con Pablo Iglesias, faltaría plus




   Al final el fenómeno Pablo Iglesias está sirviendo de prueba del nueve que nos certifique el extremismo radical de buena parte de la intelligentsia patria por más instalada y elitista que sea. El otro día dejaba caer incluso la impar Isabel Gemio en Onda Cero la penosa especie de que muchos desean quitar de en medio a Pablo Iglesias. Como a Obama, como al Papa Francisco, siempre que emerge un Santón del Progreso, se complacen sus fieles en propalar el rumor de que el sórdido Imperio del Mal ya está conspirando para liquidarle. Imposible aventurar el Futuro, claro, pues sabemos que la Historia es un cuento lleno de ruido y de furia, pero de momento lo que sí sabemos con plena certeza es que a Gregorio Ordóñez, y a otros muchos que plantaban cara al Terror, sí que a tiros les quitaron de en medio.
    
   Amén de los ya conocidos Julia Otero y Jordi Évole, se sube también ahora al carro filopablista la gran Almudena Grandes (“Populismo” EL PAÍS 14-7-14). Desde el mismo frontispicio de su artículo establece Grandes que “resulta verdaderamente notable la degradación intelectual y moral a la que están llegando los detractores de Pablo Iglesias”. ¿Pruebas de –échale guindas al pavo- …esa degradación intelectual y moral? Una declaración de Esperanza Aguirre invitando a Iglesias a entregar el sobrante del dinero de la colecta para su denuncia a las víctimas del terrorismo, y otra de la Vice Soraya  argumentando que Podemos dice lo que la gente quiere oír. ¿Y? Y ya está: eso es todo, viejos. Ese es todo el argumentario de Grandes en pro de la degradación intelectual y moral que nos acecha.
     
   Claro, leerle la airada denuncia de tamaña supuesta degeneración –intelectual… y moral, échale guindas again- a la Señora ganadora del Premio José Manuel Lara, que, entre otras hazañas, hízose célebre por artículos como aquel sobre el placer que sentiría una monja violada por una turba de milicianos, o el otro sobre su nostalgia del cóctel molotov, o el del gusto con que se fusilaría ella misma cada mañana a unos cuantos de la derecha, en fin, esas cosas sí que añaden bochorno sobre el bochorno.

       
   Tampoco podía faltar al final la crónica conspiranoia de que hablábamos al principio: “Ya veremos qué pasa cuando sean tres o cuatro millones millones de votantes. O cinco.” ¿Qué pasará? Yo te lo digo, Almudena: además de en EL PAÍS escribirás también en Público, o similares; habrás publicado y publicarás nuevas y muy premiadas novelas. ¿Qué apostamos, eso, qué apostamos?




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

jueves, 20 de septiembre de 2012

Sexo, olvidos y cintas de video



     
    La lozana concejala de Los Yébenes en amores adúlteros con un futbolista del lugar andaba liada. Nada nuevo bajo el Sol, se dirá. Así lo certifica la novela decimonónica, y es verdad. Eso sí, signo de la degradación de los tiempos y del Reinado de la Mugre, allá donde Emma Bovary y Ana Ozores alimentaban sus pasiones adúlteras con la desaforada lectura de novelas románticas o la audiencia en vilo de magistrales sermones, nuestra inefable concejala grábase muy crudos videos por lo digital en regalo al Amado futbolero. Por hache o por bé, por despecho al parecer, llega el crudo video a las redes sociales-pansexuales y tenemos ya, claro, el follón montado.
   Por supuesto, ni lo más mínimo nos interesa el video de marras. Como juanespalomos, que ellos se lo guisen y que ellos se lo coman. Todo lo más intentar con el suceso facer y desfacer un Romance a la mía manera, por ver si así es capaz uno de prestarle algo de la altura que acaso el evento mismo no tenga. Sí apetece en todo caso realizar alguna consideración sobre la discusión pública que alrededor del tremendo lío se organizó.
     
    Anunciar la dimisión la concejala y al punto levantarse un formidable movimiento de solidaridad con ella por las redes fue todo uno. La misma número del PSOE lo capitaneó. No dimitas, Olvido. Dijo Olvido que es que el video iba a su marido dirigido, y se supo luego que mentía. Bueno, ese embuste no parece motivo para dimitir. Su acusación de que desde la alcaldía se difundió el video suyo íntimo está por ventilar ante la Justicia. Así sea.
      
    Lo sorprendente acaso fuera el extraordinario aura de una indefinible “Pietas” que sobre la concejala sus partidarios derramaron. No pareciera sino que ante los sobrenaturales méritos de una venerable presencia estuviéramos. No se entendía del todo bien cuadro tan piadoso como heroico. Tampoco, por supuesto, a los atrabiliarios trogloditas  que al parecer luego la insultaron. ¿No quedábamos en que la sexualidad toda es un asunto de lo más natural e intrascendente, que con toda tranquilidad debe ser explicado y ejemplificado a los menores? ¿O es que acaso no es tan sencillo como el discurso bienpensante pretende?
   
    Buena parte de la Izquierda mediática, como digo, se lanzó en tromba a defender el sagradísimo derecho a la intimidad de la concejala, que sin duda lo tiene. Que la Justicia sancione con severidad y sin pamemas de reinserción al culpable, digo yo. Pero no es el primer video de ese cariz que conocemos. Y en otras ocasiones esa formidable solidaridad no se dio.
 


Post/post: gracias a Jaime, a Juan Carlos, a Juante, a CLAVE, a Desde el Caballo de las Tendillas, a Little Moon, a Winnie0, a Cesar (doble), a Maribeluca, a Mónica, a Fernando, a Jose Antonio, por dejarme sus espléndidas reflexiones, por bloggear ayer conmigo, GRACIAS.
Y mañana: "Pongamos que hablo de tí, Leticia Ortiz"
  

martes, 22 de noviembre de 2011

Por qué el Socialismo es imbatible (por mucho 20-N)


     
      No, lo digo de verdad, no se me aflijan las buenas gentes del Socialismo, de la Paz y del Amor. Más pronto que tarde, como canturrearía Alfonso Guerra, volverá a abrirse camino entre las avenidas y las alamedas del entero mundo capitalista la Idea resplandeciente de la Justicia y de la Igualdad que el Socialismo alberga desde siempre y para siempre consigo. Volverán pues muy pronto, no sé si con la próxima primavera, sus mirlos blancos en los balcones del Poder sus nidos a colgar. La hermosura y la dicha generales enseguida volverán a relumbrar. La Derecha Española es sólo un lapsus invernizo y desalmado que muy de tarde en tarde toca, como un pedrisco amargo. Aunque resolviera ésta la Ruina y el Paro masivos en que la Élite Izquierdista ha vuelto a sumir a nuestra nación, tiene desde ya la Derecha Española en el Poder sus días contados. Es inevitable.
     
      Es inexplicable, casi milagroso en realidad, que las sociedades basadas en la iniciativa individual hayan sobrevivido a los embates revolucionarios de los fanatismos totalitarios del más opuesto signo. Su debilidad fundamental, con independencia de que hayan sido las sociedades que mayores cotas de prosperidad y de libertades públicas para la inmensa mayoría han conseguido en la Historia, la fragilidad esencial sobre la que se asienta, continua siendo insoslayable: consecuencia de la libertad, unos pocos consiguen más que la inmensa mayoría.
     El ideólogo socialista lo tendrá, pues, siempre a medio plazo “chupao”: ahí está todo lo que consiguieron esos pocos, repartámoslo entre todos. Sólo tenéis que darme el voto.
     
      No quiere decir eso que bajo el Socialismo no existan desigualdades (más sangrantes, a menudo, en la medida en que dependen sólo del desigual acceso a los bienes entre los miembros de la nomenklatura y el resto), pero el perenne aguijón de la desigualdad aparece allí oculto, cuando no santificado por las propias masas que veneran a sus amados Benefactores, que entre ellos reparten la miseria que de forma inexorable sobreviene a la eliminación del estímulo individual a la superación.
     Muy pronto comprenden esta crucial verdad los Profesionales de la Palabra izquierdistas y con gusto e interés personal se apuntan al bombardeo altruista: consiguen así de una tacada apuntalar su propio privilegio material, que pasa a ser incuestionable, queridos compañeros, y que encima, a cambio de una migajas a la oenegé de turno, ya digo, es que  con los ojos les comamos.
     Así es que no se me aflijan mucho, por favor, buenas gentes de la Paz y del Amor, que, total,  van a ser cuatro días. Habrá que, eso sí,  llamar a la Revolución y propiciar que el Pueblo despotrique un buen rato contra la simple democracia formal. Graznan las gaviotas, cantaba el mismo domingo de las elecciones Javier Batanero en Onda Cero. Para qué sirve la democracia si no hay ley de dependencia, prolongábale desolada avant la lettre Isabel Gemio. Hasta que la Élite vea cercano el Poder y nos cambie entonces el chip, el fish and chip de Bakunin, Lenin y Kropotkin, por consiguiente.
    
    

miércoles, 19 de octubre de 2011

Willy Toledo, un libro, un árbol, un hijo


     
      Cuando Orlando Zapata, pobre y negro, murió en las sórdidas mazmorras castristas, Willy Toledo, ese insigne pensador que asegura que “Stéphane Hessel es un democristiano, yo soy un rojo” (Público 18-10-2011) y que “el Estado cubano es un modelo a seguir” (Público 1-3-2010), sintió sobre sí la obligación de, repicando la consigna castrista, escupir sobre su cadáver aún caliente: “Zapata no era más que un delincuente común”. Se ha echado de menos ahora, en la muerte de Laura Pollán, el escupitajo toledano de entonces: “la gran mayoría de los presuntos disidentes encarcelados en Cuba son terroristas”. ¿Dónde está Willy?, pensé.
     Estaba, a lo que se ve, ultimando su libro, “Razones para la rebeldía”, que en estos días se presenta. Con aparatoso ditirambo le entrevistaba el pasado domingo a ese propósito Isabel Gemio, esa Pasionaria reverdecida que guarda siempre una carta para ti, en Onda Cero. ¿Ha escrito Willy T un libro? Eso, a tenor de la publicidad, pareciera. Pero no, el libro sólo recoge el contenido de unas entrevistas que llevó a cabo Willy T con un reportero, que permiten eso sí explayarse a placer a inteligencia tan extrema como humanísima. Se lo publica Ediciones Península, una editora de culto nacida en 1962, que desde 2006 pertenece al grupo Planeta, dueño también de Onda Cero.
      
     Tiene que resultar acongojante eso, que te digas… hum, me apetece ahora “escribir” un libro, y le voilá, tener ahí a las editoriales a tus órdenes, al dictado de tu capricho, negro incluido, y más acongojante aún si es el caso, como el del presente toledano, de un libro que propugna el abierto enterramiento –los requetesobados tópicazos comunistas- de esta podrida sociedad aniquiladora, la que esas mismas editoriales representan, mientras miles y miles de anónimos facciosos liberales no ven manera de dar luz a sus íntimos desvelos, o sea,  esa flagrante y básica desigualdad de oportunidades tan indignante, sí.
     Sí le ha de haber servido la buena “obra” a Willy T para de una sola tacada, tres en uno, colmar de razones la propia experiencia vital, esa que el célebre dicho popular cifra en escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Bueno, aunque sólo a medias y en chapuza sea, como en una de esas bufas comedietas que tan de oro le hicieron al señor: ¿escribir un libro? trátase sólo de la reproducción, hecha por otro, de unas entrevistas; ¿plantar un árbol? un pino lo que en todo caso Willy T plantó, pues, cómo calificar si no su encendida reclamación de la inmediata libertad de… Otegui,IMPRESCINDIBLE para llegar de una puñetera vez a conseguir la PAZ en el País Vasco”. Luego dicen que nadie es en la vida imprescindible. Eso es rendir culto a la personalidad y lo demás cuentos prochinos  ¿Y el Hijo?
     Hízose carne la criatura en la presentación de la obra toledana en San Sebastián: ¡el vástago de Otegui! apadrinó el fruto escrito de Willy T, y de lo lindo fotografióse orondo y lirondo junto a él, como prestando testimonio de la continuidad de algunas especies, y no se sabía ya bien del todo en aquel cafarnaum si era a Willy, a Otegui, al niño de sus ojos, o a los no nacionalistas en el País Vasco, esa otra estirpe condenada a otros forrenta años de exilio y soledad, a quien había ya que allí liberar. ¿Razones para la rebeldía? Ya te digo, Willy T.    

sábado, 15 de octubre de 2011

15-0, claro que otro Planeta es posible


      
     A pachas entre el Azar y la Necesidad (sabemos todos que estas armas no las carga sino Esperanza Aguirre) ha querido el Destino que coincidan en el Tiempo, hoy mismo, la más formidable impugnación que los tiempos vieran al sistema liberal democrático (una jornada más que promueven los mentores de la Santa Indignación) con la concesión del más laureado certamen literario de las letras hispanas, el Planeta Hollywood de los cien kilos.
     Clamaba esta mañana Isabel Gemio, esa Pasionaria reverdecida que tiene siempre una carta para ti, en Onda Cero (propiedad, como el Planeta, de mesié Lara), después de hacerle un poco la bola al magnate, porque acudiéramos todos a rebelarnos ya mismo contra el Sistema. Decía también esta mañana la misma radio que Eduardo Punset comunicó a través de las redes sociales que lanzaríase hoy también él a la calle -¡bimbo!- y por la misma radio peroraba  Don José Blanco, ministro y figura hasta en las gasolineras, que los Indignados de hoy, algunas de cuyas razones aseguraba él comprender, serán tras el 20-N los Desesperados, si lo sabrá él. Luego hablaba la radio de la concesión del Planeta, claro.
    
     Repasemos la lista de sus últimos laureados: Eduardo Mendoza, Angeles Caso, Fernando Savater, Juan José Millás, Boris Izaguirre, Alvaro Pombo, Lucía Etxebarría, Antonio Skármeta, Rosa Regás, Maruja Torres, Espido Freire, Nativel Preciado, Carmen Rigalt, Fernando Delgado, Lourdes Ortiz  la nata y la flor, y hasta el alcanfor, del mester de progresía hispano, el Gotha acaparador del pastizal planetario, que ni un pelo se cortaron en arrebañar el perol plutócrata de la mangancia, para cinco minutos después firmar el más airado manifiesto anticapitalista que se recuerde en el mundo. Pocas ceremonias tan abyectas como la cena del Planeta, pocas tan obscenas en la impúdica exhibición de la rapacidad y de la estafa del marketing del peor capitalismo, bajo la máscara grotesca encima de concurso literario.
     
      Inmejorable ocasión entonces la de esta noche para que las bases Indignadas, idealistas y bienintencionadas donde las haya, -sus teóricos rindiéronse ya a la admiración de las nubes zetapeicas- invadan y ocupen los distinguidos salones y fundan las cegadoras arañas de la señalada noche de la burguesía y el establihsment literarios, ocupen el estrado, pongan todo patas arriba y allí mismo prendan una colosal hoguera, y repartan luego los cien kilos entre necesitados de verdad y le canten a ese coro de premiados ilustres que por allí rondarán, las cuarenta de su berrea inolvidable, su jare krihsna particular, el bellísimo “que-no-que-no-que-no-nos-representan-que-no” y tal.
     Si no lo hacen, que se vayan, por mí, a la playa.
    

lunes, 17 de enero de 2011

A la atención de Lydia Lozano (El curso en que amamos a Lydia)


    
 Querida Lydia:
      Es seguro que para nada te acordarás de mí y que menos aún que nada te dirá mi nombre. “Jo-se-An-to-nio-del-po-zo, y éste quién cuyóns es”. Es lógico. Si pasamos aquella vez más de un año entre cuatro paredes juntos -aunque no revueltos, aclarémoslo de inmediato, no vaya esto por estratosférica carambola a caer en manos de la Gemio y te la líe ella parda- y ni siquiera entonces advertiste mi penosa presencia,  cómo habrías ahora, encaramada a la espiral de tu enorme éxito, ya toda una reina del periodismo y de la televisión, reparar en un blog inmundo de este inframundo, por mucho que en las estrellas ciberesféricas pretendamos los bloggeros residir. Y sin embargo, Lydia, cruzo los dedos porque una extravagante conjunción de asteroides y demás cuerpos celestes, la más fantástica que se diera nunca, hiciera posible que esta carta llegara a tus manos. Leerías entonces esto que ahora mismo estoy escribiéndote: ¿te acuerdas, Lydia, de aquella encrucijada en la que yo tanto te ayudé? He pensado que quizás estés ahora tú en condiciones de devolverme aquel favor. No hay más que verte en la pantalla, siempre dispuesta a colaborar en las más benéficas causas de los desfavorecidos por la Fortuna, o sea, para qué irse más lejos, yo mismo con mi triste mecanismo, Lydia.
     Sí, seguro que de sobra habrás ya caído: yo, mejor dicho, la torva sombra que me constituye, estudié contigo durante los dos primeros años de la carrera en la Complutense madrileña. La mayoría de los que entonces eran mis compañeros más cercanos han acabado de funcionarios, y cuando de Pascuas a Ramos nos juntamos en tabernones rústicos llenos de humo de Legazpi y por ahí, para ponerle algo de brillo a nuestras rutinarias existencias te rememoramos todos en muy similares términos: es que Lydia, y sus  amiguitas, es que se veía ya… Lydia era otra cosa, joder. Tendrías que ver, Lydia, cómo entonces por un momento fulguran esos mustios semblantes, como si el mismísimo pincel de Velázquez, de bruces ya en el túnel del tiempo, tuviera que venir quinientos años después a pintarnos de nuevo, contagiándonos todos un poco vicariamente de tu triunfo. Chocamos siempre los vasos de cerveza rubia bien altos en tu honor, como en la polka de la cerveza, aquella del año la polka, claro. Brindo a solas yo ahora porque sea capaz esta misiva, impropia en extensión para la ley de hierro del Internet, I know, de atraparte en los efluvios de su seducción, y que no puedas soltarte de ella hasta el mismo punto final. Me va tanto en ello. Al fin y al cabo versa la misma sobre todo de ti, de refilón de mí, de soslayo un poco de los secretos y mentiras de todos, creo.
    
     Y es que,  acaso para la clase entera, desde luego para nosotros lo eras en aquel año de gracia, en efecto, eras otra cosa, eras… el glamour personificado, que me parece que entonces ni conocíamos esa palabra. Pero al lado de nuestras pellizas que debían oler a establo, de nuestra ropa de baratillo y sin gusto, de los trasquilones de las crenchas infames que gastábamos, venga a fumar Ducados todos como condenados en algún penal del buen gusto, al lado de todo eso, tus finos jerseys policromados sobre una piel bronceada hasta en febrero, tus pantalones fruncidos con los últimos cuadros escoceses, el cascabel de tus pulseras, el ingenio de tus peinados, el elegante antifaz de tus Rayban, el aroma british de tus colonias…  todo un emblema de la sofisticación coleando en el aire de una chavala rumbosa y rubicunda que a aquella partida de pueblerinos dejaba petrificados.
     Y lo más: es que eras un glamour en vendaval. Flameaban el escándalo de tus risas interminables que llenaban ellas solas el aula, el dinamismo de ajetreo con que ibas y venías, ese taconeo decidido de botas caras, el tono extravagante de tu voz estruendosa –a veces, perdóname Lydia, poblada de roncos ecos de cantina-  que a menudo se rompía como una porcelana, no sé, ese crujido y ese cóctel informe de distinción y vehemencia algo truhana a aquel atajo de paletos nos resultaba irresistible.  Ibas ya como quince años delante de nosotros, que sólo empollábamos aparatosos manuales uno tras otro entre la niebla de los Ducados mientras te bastaba a tí tu estilo –éste sí en verdad ducal- para saber con nitidez abrirte ya entonces tu propio camino. Claro, te contemplábamos fascinados, pero a distancia, como intimidados por la tempestad de tu empuje. Tenías mundo y rimmel. Nosotros teníamos pueblo y algunas películas de cine.
     No, no te hacían falta los libros, quizás es que te los machacabas todos por las noches. Aunque debía eso en todo caso ser muy de noche en la propia noche, porque hasta nuestros sitios, como olas rompiéndose contra un archipiélago, llegaba el fragor alborotado de tus risotadas cuando muchos días les contabas ya entonces, a las compañeras que a tu lado se arremolinaban haciéndote círculo, la última disco que la misma noche anterior a las tantas habías frecuentado, y a que no sabes quién estaba allí y con quién está liado… ¡No me digas!, clamaba alguna, y su pasmo y el estrépito de tu risa eran todo uno. Ya te movías de lujo en la cosa esta de las agencias del cuore. Recuerdo que tenías un hermano de profesor en la Facul, que me daría  más tarde a mí clase, una auténtica lumbrera que se lo sabía todo de la Semiótica. Y algo en suma de icono deseado e imposible a la vez tuviste aquel año para nosotros, que eras nuestra Kim Novak particular, y podías tú, discúlpame la menudencia, Lydia, muy a gusto rivalizar con la Novak también en la turbadora firmeza de tus turgencias, tan pujantes.
    
     Bueno, pues hubo un día, Lydia, imposible que te acuerdes, claro, -cuántos años han pasado ya, por favor- hubo un día, digo, en que, como dirían los antiguos folletones, nuestros destinos más aún se entrecruzaron. Llegabas tarde al examen de Introducción a la Economía y tu sitio habitual estaba ya ocupado, así que tuviste que sentarte en cualquier lado. Sí, aquel melenas borroso y con la cara atiborrada de espinillas que apenas se movía a tu lado era yo. Dios mío, lo recuerdo ahora y todavía, por encima de las paletadas inmisericordes de tierra que nos echan encima los años, al punto me viene aquel anonadante perfume tuyo ese día. Olías a… serían violetas violentadas, no sé, en mi vida había olido yo algo con ese poderío, que más que una colonia parecía un imán, de cómo tiraba de uno hacia ti aquel olor centrifugándote a la vez el cerebro. Ostias, había que rellenar el examen y estaba yo como un bobo, con los ojos entrecerrados e inclinado hacia ti como la torre de Pisa con sonámbula intención nada más que de adherirme a ti, tal era el sortilegio diabólico de aquella fragancia. Recuerdo que paseó por allí el profesor, el mítico Sánchez-Ramos, su mostacho de morsa canosa, seguro Lydia que de él si te acuerdas, y mientras a ti te sonrió, me largó a mí un bufido que al menos me sacó de mi sopor zombie.
     Empecé a escribir como loco, loco por recuperar todo el tiempo perdido en el éxtasis pituitario. No es por nada, Lydia, pero la curva de Philips y la ley de los rendimientos decrecientes y la utilidad marginal del último bien consumido, todo aquello me lo sabía yo de carrerilla. Zas, cuatro folios en un pis-pás. Levanté luego la vista hacia ti. No llevabas ni medio folio escrito. Me sonreíste pícara y me hiciste una mueca de película de espías después. Empezaste a arrimar tu silla (con aquellas odiosas… manoplas, creo que se llamaban esas tablas adosadas a la derecha para escribir sobre ellas) a la mía. Reconozco que por un momento, trastornado por aquella soga de violetas esenciales alrededor de mi cuello que sólo hacia ti me tironeababa, pensé… pero Lydia, leches, si estamos en medio de un examen, cómo nos lo vamos a montar aquí y ahora, quizás luego, luego. Otra mueca tuya y ya lo entendí bien. Puse mis folios a tu vista y te dejé copiar todo. Ahhh, aquel perfume tuyo como un remolino de vértigo justo encima de mis napias, qué turgencia de curvas, qué utilidades crecientes y anti-económicas me estaban a mí entonces aguijoneando.
     Yo creo que el profe, Sánchez-Ramos, aunque éramos en el aula más de ochenta, toleró tu copieteo. Te le habías, con la onda desarmante de tu simpatía, ganado antes, claro. El resultado de todo aquello, lo que son las cosas ahora que las repienso, tuvo valor anticipatorio y simbólico de nuestras posteriores trayectorias. A mí, por esas cosas de Kafka que tiene la Universidad, aquel cabrón me cateó, y a ti, no podrás jamás decirme a la cara que miento, Lydia,  te aprobaría, digo yo, porque te llevó ese día a casa en el Dodge-Dar que el muy marxista gastaba por entonces. No me diste, ni entonces ni después, las gracias, Lydia, pero yo lo entiendo, que andabas siempre liadísima con no se qué inaplazables inauguraciones de antros de perdición, que eran para ti, ya se ve, trampolines de salvación. Además, que yo muy bien lo comprendí, y el vernos alguien a ti y a mí, tan disímiles, charloteando, hubiera sido como contemplar en vivo una profanación. Tampoco yo habría sabido bien qué decirte, y si hubieras llevado puesto otra vez aquel perfume, yo que sé, igual se hubiera abalanzado sobre tu espalda el Cro-magnon que entonces uno un poco era. O sea que hiciste bien. Además de esa forma es como puedo ahora cargarme de razón histórica y con justicia pedirte el favor de que al principio te hablé, el único que de verdad me mueve a escribirte esta larga carta, que con todo el alma anhelo que como sea  te llegue y que hasta aquí te tenga en vilo.
    
     Así es que, Lydia, yo me alegro mucho de tu éxito. Los lectores de mi inmundo blog saben que soy yo fan total del Sálvame, muy principal programa donde descollas tú sobremanera. Hasta el baile Chuminero  que has puesto tan de moda, que en cualquier otra quedaría indecoroso, -la otra tarde te ví en la tele bailándolo sobre un cajón en plena calle Preciados, a ver quien más es capaz de hacer eso delante de la gente y sin avisar- reviste en ti perfiles de elegancia. Te dejo ya mi son:
     Verás, Lydia, tengo yo escritos más de cincuenta relatos de románticas hechuras casi todos y  vagan los pobres como almas en pena por mi covacha, condenados a una cruel oscuridad. Como no tengo yo contacto alguno, las editoriales ni se dignan siquiera a contestarles algo. Soy su autor: sé que no son del todo pésimos. No quebraría su penuria tanto mi moral si no viera uno publicados a diario, es decir dados a luz con plena bendición editorial, toneladas de incalificables engendros que por libros pasan. He pensado que tú, Lydia, si levantas un teléfono, podrías bautizar los míos, aunque fuera en parroquia de barrio, y sería así menor mi pena, y las violetas violentadas de la memoria como violines estradivarius en la misma seguirían sonándome. Sálvame, te digo yo a tí ahora.
     Y nada más, Lydia, que esto  era cuanto quería yo transmitirte. Que te dure de verdad el éxito y consigas tú también muy pronto un Ondas. Que sobre todo seas tú feliz. Oye, y un abrazo, de parte de este indocumentado que una vez estudió a tu vera. Tuyo siempre, José Antonio del Pozo.