Encontrarse con los viejos amigos, a los que hace mil años que no se ve, tiene siempre algo de chute estupefaciente. ¡Qué alegría más desbordante se desata de golpe y por todo el cuerpo al verlos! ¡Qué espontáneos achuchones entonces! Quizás, al abrazarse con esa fuerza, en realidad está uno a sí mismo en espíritu estrechándose, apresando en los viejos amigotes las pruebas vivientes de que uno vivió, de que alguna vez se fue joven y tal, aspectos éstos que siempre gusta corroborar para no sentirse perdido del todo uno en medio del marasmo que es la vida postmoderna, que si además escribes un blog, ni te cuento ya. Sí, es seguro que, con los energuménicos brincos de reconocimiento que pegamos, pareceríamos a ojos de extraños estas dos cosas solo: o trastornados niños de cumpleaños o cincuentones haciendo el indio. Así de rara es la vida: no se entiende muy bien, si tanto nos queríamos, cómo era posible que lleváramos la mayoría treinta años sin vernos.
Tuvo que ser Juan Luis quien pusiera la guinda al pastel: “¡cabrones, no habéis cambiado nada, estáis exactamente igual!” Es verdad, es verdad, reverberaron algunas voces en eco al líder. Era mentira y gorda, claro, pero es que el efecto del chute aún nos duraba y hacía invisible la ineludible devastación, el estrago que la Vida –que es Tiempo en fuga- siempre consigo arrastra. Pelo, estómago, dientes, piel, rictus, gafotas, cada quien cojeaba de según que peana. Creo que se refería sobre todo a los gestos propios e íntimos de cada uno en la cara y en el cuerpo al hablar, al gesticular y moverse. Y en eso llevaba toda la razón, ahí seguían esas muecas personales y características de cada uno, el hilo conductor y el reducto cierto de nuestra individualidad. Conservaba Juan Luis, por ejemplo, intacto el sello de su impulso arrollador.
Así es que, como era previsible, al punto empezamos a rememorar, convenientemente manipuladas, claro, para salir bien todos en nuestra película, las gestas (que si Lydia Lozano, que si Jesús Maraña, que si tal y cual profesor idiota, que si aquel examen de coña) de nuestro indomable pasado. ¿Te acuerdas Juan Luis el día en que tú solito en el abarrotado salón de actos te atreviste a enfrentarte a toda la asamblea de ultraizquierdistas de Kaos, -aquellos Indignados avant la lettre- sin importarte un pelo los multitudinarios abucheos teledirigidos? Porque Juan Luis era entonces un anarquista naif por libre con una gracia seria que no se podía aguantar.
Claro que, una vez festejadas las proezas del Pasado siempre mítico, enfriados ya los palmetazos iniciales, disipado el éxtasis, es decir, a la media hora más o menos, el inexorable ajuste de la Realidad empieza a pasar su factura. Para empezar, ni están todos lo que son, ni lo otro, es decir, alguno de los más íntimos amigos no acudieron a la pira de la Amistad y algunos de los que acudieron ni nos conocen ni les conocemos más que de refilón. Además, que han pasado treinta años, que muchos nos hemos perdido entre tanto la pista, que con la Crisis a cuestas según de qué cosas es mejor no preguntar. Entonces la traca inicial languidece, empiezan las miradas al suelo y los amagos de silencio… que a su manera reparó Juan Luis, “chavales, vamos a comer pero ya, que se nos va a hacer tarde”. Vamos todos tras él, claro. Cuentas entonces: siete camaradas facultativos del Periodismo en total, idéntico cabalístico número al de los legendarios sabios griegos... CONTINUARÁ










