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domingo, 8 de enero de 2012

Los amigos de Juan Luis, el Reencuentro DOS

     
     Encontrarse con los viejos amigos, a los que hace mil años que no se ve, tiene siempre algo de chute estupefaciente. ¡Qué alegría más desbordante se desata de golpe y por todo el cuerpo al verlos! ¡Qué espontáneos achuchones entonces! Quizás, al abrazarse con esa fuerza, en realidad está uno a sí mismo en espíritu estrechándose, apresando en los viejos amigotes las pruebas vivientes de que uno vivió, de que alguna vez se fue joven y tal, aspectos éstos que siempre gusta corroborar para no sentirse perdido del todo uno en medio del marasmo que es la vida postmoderna, que si además escribes un blog, ni te cuento ya. Sí, es seguro que, con los energuménicos brincos de reconocimiento que pegamos, pareceríamos a ojos de extraños estas dos cosas solo: o trastornados niños de cumpleaños o cincuentones haciendo el indio. Así de rara es la vida: no se entiende muy bien, si tanto nos queríamos, cómo era posible que lleváramos la mayoría treinta años sin vernos.
     Tuvo que ser Juan Luis quien pusiera la guinda al pastel: “¡cabrones, no habéis cambiado nada, estáis exactamente igual!” Es verdad, es verdad, reverberaron algunas voces en eco al líder. Era mentira y gorda, claro, pero es que el efecto del chute aún nos duraba y hacía invisible la ineludible devastación, el estrago que la Vida –que es Tiempo en fuga- siempre consigo arrastra. Pelo, estómago, dientes, piel, rictus, gafotas, cada quien cojeaba de según que peana. Creo que se refería sobre todo a los gestos propios e íntimos de cada uno en la cara y en el cuerpo al hablar, al gesticular y moverse. Y en eso llevaba toda la razón, ahí seguían esas muecas personales y características de cada uno, el hilo conductor y el reducto cierto de nuestra individualidad. Conservaba Juan Luis, por ejemplo, intacto el sello de su impulso arrollador.
     Así es que, como era previsible, al punto empezamos a rememorar, convenientemente manipuladas, claro, para salir bien todos en nuestra película, las gestas (que si Lydia Lozano, que si Jesús Maraña, que si tal y cual profesor idiota, que si aquel examen de coña) de nuestro indomable pasado. ¿Te acuerdas Juan Luis el día en que tú solito en el abarrotado salón de actos te atreviste a enfrentarte a toda la asamblea de ultraizquierdistas de Kaos, -aquellos Indignados avant la lettre- sin importarte un pelo los multitudinarios abucheos teledirigidos? Porque Juan Luis era entonces un anarquista naif por libre con una gracia seria que no se podía aguantar.  
     Claro que, una vez festejadas las proezas del Pasado siempre mítico, enfriados ya los palmetazos iniciales, disipado el éxtasis, es decir, a la media hora más o menos, el inexorable ajuste de la Realidad empieza a pasar su factura. Para empezar, ni están todos lo que son, ni lo otro, es decir, alguno de los más íntimos amigos no acudieron a la pira de la Amistad y algunos de los que acudieron ni nos conocen ni les conocemos más que de refilón. Además, que han pasado treinta años, que muchos nos hemos perdido entre tanto la pista, que con la Crisis a cuestas según de qué cosas es mejor no preguntar. Entonces la traca inicial languidece, empiezan las miradas al suelo y los amagos de silencio… que a su manera reparó Juan Luis, “chavales, vamos a comer pero ya, que se nos va a hacer tarde”. Vamos todos tras él, claro. Cuentas entonces: siete camaradas facultativos del Periodismo en total, idéntico cabalístico número al de los legendarios sabios griegos... CONTINUARÁ

sábado, 7 de enero de 2012

El festín de los cincuentones (UNO)


     Y bien, arriba, sobre el distrito de Argüelles, la Mañana no era la prometedora chavala que in the Metro se prometía. El sol flojeaba ya algo, como una gaseosa rumbosa que pierde el gas por momentos. Estábamos en noviembre, claro. Algunas nubes pardas oscurecían con sus harapos ese encanto radiante. Pasé frente a un par de librerías huérfanas de público. Se levantó además un aire antipático que obligaba a tensar el gesto. Se ve que el viento sí que iba a juego con la Crisis general. Sólo faltaban los remolinos de polvareda y hierbajos de las pelis de la gran Depresión. Eran casi ya las dos y los comercios estaban vacíos, con pinta de no haber recibido además un solo cliente en toda la mañana. Bueno, yo iba a una alegre comida de cuchipanda con antiguos camaradas facultativos y cincuentones, qué podía en el fondo importar todo eso.
     De camino hacia el restaurante recordé –puede que al paso de las mismas nubes pasajeras- los lejanos días universitarios, cuando, con motivo de algún horario de clases atravesado o de una despedida de trimestre, nos quedábamos a zampotear en el bar de Aeronáuticos. Éramos siete u ocho y el menú del día no debía costarnos más de ¿veinte calas? Pasábamos con la bandejita por la barra y aquellas lentejas, más dos salchichas con huevo y patatas, el pan, la manzana y un vaso de agua nos sabían a la gloria bendita misma. Además, que, Juan Luis, con su desparpajo natural, se tenía camelada a la chica que nos atendía siempre y nos llenaba ella un poco más el plato que a los demás. O de eso al menos Juan Luis nos convencía.
     Aquella chica morena, con ojos grandes y cara a lo Maribel Verdú, era muy seria y diligente en su trabajo, pero a Juan Luis, un remolino de simpatía, es que le reía todas las coñas. Los demás, claro, le envidiábamos mucho eso a Juan Luis y por eso mismo le proclamábamos a la vez el informal líder de nuestro grupo. Luego, tras jugar un rato a los chinos entre el cachondeo general, nos largábamos con viento fresco. “Adios, guapa”, restallaba la voz jovial y la sonrisa arrolladora de Juan Luis, hacia aquella Maribel Verdú de nuestras aeronáuticas memorias dirigida. ¿Hace falta añadir que, por atareada que se encontrara, hacía siempre ella un alto en su quehacer para devolverle el saludo y la sonrisa? Qué cabrón, qué tiempos… ¡Basta!
      Por suerte, el estruendo del cierre de un comercio me apartó justo entonces del veneno de la nostalgia, y de los pegadizos caramelos que en el paladar de la memoria la misma instala. ¿Cómo pueden en ese momento saber los universitarios, si por ley de vida ignoran todo, que son esos los mejores días de su existencia? ¡Basta he dicho! Muchas gracias, señor antipático comerciante, por tener un cierre en su tienda tan horrísono que revuelve las meninges y le salva a uno así de la trampa morfinómana y letal de la melancolía. ¡A comer, ostias, se acabó!   …   CONTINUARÁ

      
    
    

viernes, 6 de enero de 2012

Los Magos en casa de Carmen Chacón



     
     Debe ser la mala uva esa que a los facciosos nos corroe sin remedio las entrañas. Pero anoche, en plena Gala de Reyes –jugando al parchís con mis mayores, azules juegan y palman, mirando de reojo la tele, seguro que la culpa fue de los anuncios que ponen y ponen por estas fechas- , tuve que ir a acordarme, que también tiene que ser uno malvado sin tasa, de Carmen Chacón.
     Chacón, la niña de Felipe G a la que crueles espolones rubalcabos aterrorizaron antes de las elecciones –aquellos ojos enormes de cierva acosada y a punto del llanto durante la rueda de prensa en que tiró la toalla- , que se revuelve ahora, muy cuca ella, tras el planchazo del Big Faisán, contra quien fue su Vicetodo.  Recordé el “Retrato de una candidata” (ver mío post del 17-11-2011) que en torno a su figura los socialistas catalanes habíanle para las elecciones del 20-N elaborado. Podrá valerse de él también ahora y más amortizarlo así, que en epoca de austeridad siempre será eso bien visto por la sufrida militancia.
     Recordé la formidable historia de las muy peculiares Nanas que habían acompañado sus primeros y más dulces sueños: “si a los niños les cantaban nanas, a mí me han cantado desde el Himno de Riego, pasando por A las barricadas, siguiendo por la Internacional”, confesaba orgullosa allí la ex-ministra de Defensa.
     Ese recuerdo, como las uvas en racimo, me llevó a otro –tuvo que ser culpa de los anuncios de la tele, ya digo- no menos impresionante, que pasé por alto el otro día incluir en la asimilación que como la auténtica Reina del Sur de Bibiana Aído establecí (mío post del 14-12-2011), y que en sí mismo más agiganta aún la magnitud del misterio que constituye su leyenda: me refiero a la extraordinaria revelación que en su día hiciera Bibiana acerca de que… “mi primer muñeco cantaba la Internacional”. Toma del frasco pachasco. Sumáronse así en chil-out mix sobre la memoria las Nanas chaconianas y el primer muñeco bibiano.
     Puede parecer una chorrada pero en modo alguno a mi juicio lo es: es muy revelador dato de la realidad el que dos de las ministras más jóvenes y prometedoras del socialismo hispano coincidan en reconocer, a las alturas de los tiempos en que nos encontramos, la intensidad y la precocidad en que con plena conciencia fueron milimétricamente (en los momentos clave del sueño y del juego, ¿libres?, para todo niño) adoctrinadas en Política, y a la perfección además, pues no puede decirse que se produjera en ellas efecto rebote alguno, ese por el que basta que te empeñes en que tu hijo sea tal para que te salga pascual. El encaje de bolillos Internacional resultó en ellas, desde luego,  misión insuperable.
     Uno desde luego jamás conoció niños –que lo dijeran al menos- a quienes dormían bajo semejantes arrullos, o estrambóticos muñecos que esos himnos cantaran. ¿Un muñeco cantor de la Internacional es un juguete bélico? ¿Qué empresa los fabrica? ¿Se siguen fabricando? Supongo que sí.
     Como iba yo palmando al parchís, que es que me las jamaban todas, tenía buena excusa para divagar a conciencia: entonces, para los Reyes de su niño, lo tiene Carmen Chacón muy fácil. Además que, como luego andará ella por fuerza atareada en el lío del corazón partío del Partido, podrá el muñeco bibiano ese, siquiera por unas horas, suplir sobre el infante el maternal canto. 

(Post-post: el que avisa, lector, no es Troitiño; mañana retomaré, si nada pasa, mi relación del festín de los cincuentones, que tiene, a mi parecer, su tela marinera por cortar, y sobre el que necesitaré tu opinión, siempre sugerente)
          

jueves, 5 de enero de 2012

Jimmy, Albinoni y un organista bisojo


     Puede que por eso mismo decidiera entonces Jimmy concentrarse en la chica que por su arte y sus huesos suspiraba, acaso pensando más en el pájaro en mano de una soberbia mujer a la que sin duda gustaba, que en los cientos volando del público y la Fama, simples futuribles sólo. Sí, hacia ella apuntó entonces Jimmy el arma devastadora de su magna sonrisa, a la que añadió la seda de algunas pocas palabras volcadas al oído. Pronto estaban ya a solas ellos dos, envueltos en su idilio gestual, al margen de todo, en esa divina forma en que sólo el Amor margina.
     Frenó el metro, anticipando la parada. La chica latina miró entonces el reloj. Hizo un gesto de fastidio, como si tomara conciencia de cuánto la apremiaba ya el Tiempo, lo inaplazable del trabajo que la esperaba, puede que de limpieza, en alguna casa importante del meollo madrileño a unos pasos de la estación. Sólo que era ahora Jimmy, en trovador pirata, el que no iba a dejar escapar el botín de esos ojos, chispeantes hasta hace un segundo, el meneo de esas curvas mareantes, y con gestos y leves toques sobre los brazos desnudos de la chica que parecían demandarle por unos minutos más la presencia, hablándole sin parar, conseguía hacerla retroceder en el vagón y disuadirla de bajarse ahora, te bajas en la próxima, chica, serán sólo unos minutos y así. 
    El público disimulábamos sin perder ripio, y como mudo coro griego sentenciábamos a la vez hacia adentro –Oh, Jennifer López del subterráneo, serán muuuchos minutos- el triunfo momentáneo del Amor y la Pérdida del empleo para la chica. Bueno, llegamos a la estación de Tribunal, y la mayoría allí nos bajamos. Allá se quedaron, dentro de la caja de cristal, embobados en lo suyo, Jimmy y su Jennifer López, apurando hasta el fondo la línea del Metro que hasta él a ella había llevado.   
     
     Bajas del convoy, se cierran las puertas del mismo a tus espaldas y es como si tras ellas todo lo anterior también de golpe se clausurase. Aquel mudo coro griego era ahora una estampida de bípedos taconeantes por los pasillos en busca de alcanzar la pole position para el largo ascenso de las escaleras mecánicas. Lo veía todo desde atrás, pues no llevaba yo prisas. Al doblar uno de los pasillos, como algo acordado a la llegada de la tropa, empezaron a sonar los compases del célebre Adagio de Albinoni. Mira que los habremos oido todos cientos de veces, uno de los cuarenta principales para todos los que ni flores tenemos de la música culta.
     Y sin embargo, fue como si entonces cuajaran a la vez en mi perola todos los ingredientes de la mañana: la alegre llamada de los cincuentones, el nirvana del sol de noviembre, la balada desgraciada de Jimmy, la señora del rubio chillón, la Jennifer López del metropolitano, aquel subterráneo love story, los griegos en coro, mi cuáquero desdén. Todo fermentó en mi cabeza con las majestuosas notas tristonas de Albinoni y se me llenó el corazón de una mezcla de alegría y pesadumbre en éxtasis y a la misma vez, tan difícil de explicar como fácil de entender. Aquella música era allí preciosa y obraba como un maravilloso incienso en la mañana sobre las humanas cabezas, haciéndola nueva y sagrada. 
     Al llegar arriba comprobé que aquellos dolientes sones se los arrancaba a un pianucho, indiferente a todo y a todos, un inspirado músico cincuentón, de mefistofélicas barbas y medio bisojo, feo como sólo él. Le dejé un billete de veinte euros dentro del raído cajón de su teclado. Pensé inmediatamente: así me gustaría el blog, a imagen y semejanza de los sentimientos que despierta esta música. Eso querría. ¿Y si sacara fotocopias y, echándole un valor del que carezco,  plantara alguna de mis mejores piezas al lado del pianista bisojo? Basta: me esperaban mis cincuentones facultativos camaradas...      
   
       
    
      
   
      

miércoles, 4 de enero de 2012

Balada agridulce de Jimmy (In the Metro) Dos...


     
     Era Jimmy un chavalote negro –de un negro obamita, diríamos- de mediana estatura –era todo de tamaño medio allí en la mañanita novembrina- y regulares facciones, con un gorrito de flores a la cabeza y una hilera de dientes blanquísimos, perfectos como los de una película tramposa. Llevaba una guitarra en bandolera acoplada a unos aparatos amplificadores y una zamarra de lana multicolor a la cintura en la que ponía Viva Colombia. “Y bueno ya sin más dilación voy a interpretarles mi canción, que por cierto la pueden escuchar también en el yutub, que la puse yo ahí, y que lleva por título “Superar la crisis”, porque yo… yo reivindico la alegría, y pienso que si cada uno ponemos lo mejor de nuestro corazón y de nuestra intención saldremos juntos adelante, pues nunca jamás debemos perder la fe y la esperanza en el ser humano, por penosas y adversas que sean las circunstancias del presente”. Y empezó Jimmy entonces a atacar su canción.
     Fuera por los amplificadores, por la incomodidad del escenario trepidante, o por la calidad interpretativa del Artista, la Canción de Jimmy sonaba espantosa, a cacharros desbaratados chocándose, desconocedoras tanto la guitarra como aquella voz de esenciales notas de armonía. Pensé incluso que en cualquier momento sayones metropolitanos irrumpirían y se lo llevarían preso en la siguiente parada, por de aquella manera atentar contra el sagrado nirvana.  Sin embargo, la gente no pestañeaba. En efecto, los ecos del speech previo, el precario vaivén, la magnífica sonrisa de Jimmy, el sol entrando a raudales lo hacían todo, embellecían el error, sobredoraban la realidad, así es que cuando el Artista remató de improviso la obra, unos cuantos aplaudieron con ganas, toda una hazaña entre un público tan exhausto a ese uso como es el del metro madrileño.
     Ni por un instante abandonó Jimmy su magnífica sonrisa de estrella del celuloide mientras, sin comprometerles con un hosco ademán, pasaba la bolsa entre los viajeros. La mayoría le echaba monedas, y los inmigrantes en mayor cuantía que el resto, como si proyectaran en Jimmy ellos sus propios  deseos de éxito. En un alto entre la fila de asientos, desde el lado derecho llegó ex profeso hasta él una mujer teñida de rubio chillón y con humildes trazas. Sí, la calculé también cincuenta castañas. “Es que desde allí no se oía muy bien”, le dijo con fingido gesto de pena, pero le echó a la vez varias monedas al zurrón. Como quiera que a su vez Jimmy le propinara entonces muy de cerca el clamor de su sonrisa, a aquella señora delante de todo el mundo se le encendió de grana el rostro y… ¡le besó!, deseándole además mucha suerte, antes de volverse por su lado. Parecía todo aquello una película, mediana, sí. Como si más que a llantar, a un estreno de barrio me hubieran convidado mis antiguos camaradas facultativos.
     No acabó ahí la estela de la balada agridulce de Jimmy. Entraba el metro en el largo túnel que antecede a la estación de la Plaza de España, seguía él pasando entre la concurrencia la bolsa, cuando por el flanco izquierdo compareció medio a la carrera, encimando a Jimmy, una joven morena de rasgos latinos y muy curvilineas formas en los muslos y en los pechos tremolantes. Las ropas ajustadas remarcaban esos volúmenes en toda su espléndida pujanza: una Jennifer López del suburbano, dijéramos, que no supiera entonces que llegaría después a tanto. Llevaba una bolsa de trabajo al hombro.  Como si para nada hubiera esperado esa mañana verle y mucho a ella le complaciera el súbito encuentro, aislándole del público circundante  besoteó los pómulos de Jimmy muy de cerca. De sobra se notaba, en el modo en que lo miraba, embarcándolo, centrifugándolo con los ojos marrones, hablándole sin parar, recordándole uno tras otro cercanos antecedentes que sin duda a ambos reunían, que a la latina tremolante le molaba mucho aquel negrito cantarín. El negrito la atendía, desde luego, pero con artístico equilibrio, de solayo cumplimentaba a la vez a su público. Qué quieren, sentí la punzada violenta de la pura envidia y, cuando Jimmy pasó la bolsa delante de mí, con cuáquero gesto ni un mísero céntimo le doné...

martes, 3 de enero de 2012

In the Metro (Balada agridulce de Jimmy) Uno

     
     Antiguos camaradas de la Facultad periodística me habían convocado a una de esas comidas en grupo que sirven para mantener viva la llama  de aquella Amistad que fue un día lumbre colosal. Era además ahora una noble ocasión doble, pues cumplíamos todos en el compás de unos pocos meses la redonda cifra de las cincuenta castañas y, sí, pensé que convenía, a quienes pocas agendas del futuro esperan ya, el empezar a celebrar las míticas calendas del pasado. Así es que espoleado de ilusión  cogí yo el metro y hacia el corazón de los madriles que partí, como si en vez de cincuenta fueran cinco las anualidades a festejar y una fiesta de globos rojos a la salida del colectivo me esperara.
     Era una mañana otoñal de las postrimerías de noviembre y el sol le ponía aún una luz incisiva e impropia a las cosas, una luz de abril allí, a media mañana, como si confundiera el astro rey los tiempos o quisiera por su cuenta colaborar, radiante infante también él, al festín de los cincuentones. Como los novelistas comprometidos con la Humanidad, escruté las caras de mis hermanos de viaje. Busqué rostros amargos y ajados, a juego con el estrago de la crisis que nos azota, lo juro. Pero no. El convoy no iba del todo repleto y la gente –inmigrantes varios de aspecto saludable, terciadas mujeres de compras, jóvenes en camino de ida hacia sus universidades, y el muá, a la vez de ida y de vuelta- no parecía llevar demasiadas prisas anotadas en la agenda de su inmediato presente, lo que le daba un más plácido aire aún al viaje.
     Es que viajábamos en superficie y atravesábamos el Batán y la Casa de Campo madrileños. El sol tras los cristales iluminándolo todo, su mano ancha de calor y claridad sobre los árboles y  los cielos, sobre los rostros, era ya casi en sí una bacanal pacífica a las puertas mismas del Invierno. Qué tentación la de cerrar los ojos, apuñar esos rayos amnióticos a la vera del corazón y con ellos caldearlo un poco, guarecerse en esa paz insospechada de los prolegómenos y en los confínes de ese benéfico traqueteo, dejar ahí el relato, anda y que le den. ¿Qué altisonante aventura podría jamás mejorar la calidad de ese momento?   
     Entonces, el entusiasmo de una voz vibrante rompió y no rompió aquel nirvana ferroviario. “Buenos días, disculpen que así me presente, me llamo Jimmy y soy músico, y bueno, me encanta tocar, peleo por abrirme camino en el mundo de la música y grabar un disco, sólo que no tengo contactos, y, bueno, éste es también un escenario fantástico para poder presentarles yo mi obra”. Tenía Jimmy que forzar la voz al hablar, claro, para superponerse al trepidar del vagón que, como atacado de celos, pareció incrementar justo entonces sus dodecafónicos decibelios y la convulsión de sus retortijones. En vano, porque los viajeros apuntaron todos la mirada hacia Jimmy, de pie y oscilante por las andanadas del viaje, que lo lanzaban una y otra vez  contra la puerta.

lunes, 2 de enero de 2012

Error, inmenso error de Tele 5 en las Uvas


     
    ¿Qué pintaba Jorge Javier, ese horusco molusco, entre la Mamma Pantoja, doliente viuda del Maestro por siempre, y el Niño Paquirrín, tan chiquirriquitín,  convaleciente de desamores Buenos, dándonos las uvas? ¡El único que por derecho hubiera colmado de Densidad y Sentido simbólicos ese hueco único entre ambos –símbolo a la vez ante toda España, claro- sólo podría haber sido… Little Carmona, con algo de San José despistado en la carpintería de sus innúmeros saberes en el aire que le envuelve, tan barnizado en fracasos como esa madre sufriente y ese chiquirritín estelares y tan de vuelta de todo a la vez. ¡Qué mejor estampa que la de ese trío para de su mano y de su brindis atravesar el rito de paso de un año a otro! ¡Sabor a chocolate, sabor a canela… Sabor a mosto, ahora!
     Bueno, y si las exigencias del share y del star system lo hubieran desaconsejado, que todo puede comprenderse,  poner entonces en el puesto de Little Carmona… a Punset, tan mediático, inteligente y dinámico él, con el Viaje al Optimismo que ahora nos vende, como inmejorable sutura al annus horribilis que se nos anuncia. Sí, casi mejor, Punset, al lado de la Mamma y su chiquirriquitín, dándonos las uvas, las uvas de la ira indignada también, por qué no.   

domingo, 1 de enero de 2012

poessía primero (Poessía veinte)


Ahora que todos bostezan
ahora que nadie te mira
puedes recorrer a trancos la Ciudad
cianótica y vacía
desolado leviatán de postrimerías.

Perseguir la ráfaga de sus pasos
saltar justo en las baldosas que ella pisa
jugar la rayuela rauda de su vida
que a su ímpetu se encabrita
y sólo de ilusiones se maquilla.
Por rotondas, por chaflanes y avenidas
repasar esa estela que tú admiras,
la diadema que ella enfila cada día
de su casa a la oficina,
rubio turbión de prisa y urgencia
del gimnasio a la cafetería.

Llenar así de invisibles besos
de rojas guirnaldas de tu vaho
el aire que la coreografía
el espacio que ella desafía.
Abroncar también a los semáforos
que tras el disfraz la espían,
que al verla silbotean en verde
los hilos en vuelo de su simetría.
Dibujar con dedos torpes
las líneas que dibuja el mediodía
esas que siempre forman en lo alto
el increíble rostro de esa chica
que nunca hacia ti se gira.

Ahora que está la ciudad vacía.


sábado, 31 de diciembre de 2011

Las uvas, la suerte, contigo (Poessía diecinueve)


Cuando llegue la hora propicia
y por sorpresa, sí, házlo,
vélame los ojos con tus besos
ciégalos de tu ternura,
así inerme, vendado,
házme respirar sólo
la desnuda penumbra de tu aura,
que te adivine yo
presente como nunca.

Deja entonces de tu mano
una a una
y sólo muy  lentamente
sobre el magma de mi boca
en la brasa viva de la lengua
las uvas y mi suerte,
el racimo de tus yemas
que a la vez embadurno,
rebozo y bebo,
confundidos los frutos
las salivas enredadas
el jugo de tus dedos
con las moras de tu pecho
más la selva de tu pelo.


Que en ese silencio ardiente
en esta íntima liturgia
de uvas prendidas en amores,
de rituales no del todo escarchados,
oh, discreto júbilo de néctares,
la prima hora del año nuevo
para mi suerte
a ti y a mi nos encuentre.





  

viernes, 30 de diciembre de 2011

Móviles de Rubalcaba y la Derecha Boba


     
     “Me dice nuestra informadora en el Ayuntamiento de Madrid que Gallardón va a Defensa”, le voilá el soplo en la pantalla del móvil con que fue descubierto el Big Faisán durante la investidura de Rajoy. ¿Sabremos alguna vez si la publicación del soplo obligó a Rajoy a un penúltimo regate ministerial? ¿Qué habríamos pensado de haberse conocido el soplo con posterioridad al efectivo nombramiento de Gallardón en Defensa? ¿Un Faisangate?
      Téngase en cuenta que hasta hace sólo unos meses era Rubalcaba, maniatado y silenciado por él mismo el nominal Presidente, el Vicepresidente plenipotenciario del gobierno y que contaba por tanto con todos los resortes del Poder en las manos. Sin embargo, en el momento de recibir este queo, derrotado en las elecciones, era ya Rubalcaba oficialmente nada, a pesar de lo que continuó oficiando, como se ve, de destinatario de la más privilegiada información sobre el partido de la oposición.
     Recuerda además el asunto a numerosísimos antecedentes en los que se revelaron en poder del PSOE la posesión de muy estratégica información reservada acerca del principal partido opositor: desde los lejanos tiempos en que chuleábase Guerra en público de tener los discursos que iba más tarde Fraga a largar, pasando por el “caso de las escuchas a los partidos”, las otras escuchas al propio Rey y a destacadas figuras sociales del CESID de Serra, las filtraciones de los textos de Barea en la Oficina presupuestaria de Moncloa, los indicios de controlar información de primera mano, por delante de la que recibía el mismo gobierno, durante las terribles jornadas de los atentados del 15-M, entre otros.   
     No se olvide que el mismo Luis Roldán, socialista ex-director de la Guardia Civil, aportó, en los tiempos en que amagaba con tirar de la manta, la sobresaliente declaración de que tenía el PSOE miembros “durmientes”, es decir, espías e informadores secretos, incrustados en las principales instituciones de nuestro país. Podrá alegarse, como siempre, que el PP hace lo mismo, salvo que no se conocen, que yo sepa, casos así. Y si así fuese, no por ello dejaría de ser motivo de general censura. ¿Quién es esa “nuestra informadora”, esa garganta profunda –oh, Mónica Lewinsky again- que le pasa claves datos a quien a su vez telefonea a Rubalcaba?
     Por eso resulta del todo punto insólita la nula reacción pública del PP ante el soplo que tanto les deja en evidencia. ¿No deberían al menos haber pedido una explicación? ¡Ha consistido la idiota reacción, vía Celia Villalobos, en amenazar a los fotógrafos del Congreso, como si lo revelado fuera una comunicación de la intimidad rubalcaba!
     Por no hablar, con el historial rubalcabo a cuestas, con las ostentosas mentiras a los ciudadanos acerca de la negociación etarra, con el vergonzoso chivatazo del caso Faisán en los tribunales, -recientísima la exclusiva de la nocturna visita de Garzón a Moncloa horas antes del mismo- con las despreciables acusaciones de connivencia con la EXTREMA DERECHA con que Rubalcaba una y otra vez apuñaló simbólicamente a la Derecha,  del alucinante elogio que en la toma de posesión de Interior a la concurrencia espetó Fernández Díaz: “Se ha hecho un trabajo ejemplar, que lo sepa todo el mundo”. Nada menos.
     Sí, sí, sí, que lo sepa todo el mundo: se va el Faisán, se va el Faisán… y llega el Badulaque.